Anécdotas / Leona Vicario, patriota y madre

- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 19 Sep 2026 21:50 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Mire doña Clofis: si todavía para los años cuarenta del siglo XX la mayor parte de la sociedad mexicana no veía con buenos ojos que las mujeres pudiésemos votar, me imagino la cara de ofendido e indignado que puso el historiador don Lucas Alamán cuando doña Leona Vicario le respondió en 1831 por escrito a una serie de desacreditaciones que había proferido en su contra, para ridiculizarla, abajarla y desacreditarla por su participación en la lucha independentista.

Remarco que esto ocurrió en los albores del siglo XIX, porque si nos colocamos en ese año, en México, la mujer en términos sociales era un cero a la izquierda. Sus funciones se contaban con los dedos de las manos: ser madre, esposa y cuidadora de alguien (una tía, un marido borracho, un sobrino vago, etcétera) y, acaso, dependiendo del nivel socioeconómico, sabía leer y escribir, bordar y tejer, a lo mejor hacer sus pinitos en óleo. Si su condición era mejor, podía tocar el piano o cantar. Claro, todo esto en casa y ante la familia.

Leona Vicario era una señora “de sociedad”, como se les llamaba en los comienzos del México independiente. En la guerra insurgente tuvo un papel activo; es decir, no sólo como la esposa que secunda los ideales del marido (don Andrés Quintana Roo) en las actividades subversivas, lo cual, por supuesto que llevó a cabo, sino que fue diligente y clave en la guerra. Tomó parte decidida contactando a líderes insurgentes en varios lugares de la República, fue espía y correo. Reunía dinero para enviarlo a una fundidora en Tlalpujahua, Michoacán, para elaborar municiones. Incluso, en una de estas juntas secretas que llevaba a cabo para recaudar fondos o enviar cartas o recados, fue acusada por José María Calleja, por entonces virrey de Nueva España, de ser espía y quedó detenida. Fue encarcelada. Ella y su marido eran muy cercanos al cura José María Morelos y Pavón, el caudillo que relevó a Miguel Hidalgo y Costilla cuando lo ejecutaron.

Le tocó festejar el triunfo de la Independencia en 1821 y, como ella misma anunció, se dedicó mucho más a lo que entonces llamaban “responsabilidades del bello sexo”; esto es, a sus hijas, lo cual, en mi consideración es una responsabilidad hermosa, porque además de que los vástagos son nuestro amor, tenemos la proclividad a protegerlos, esmerarnos en que sean buenas personas y, pienso, buenos mexicanos. Dedicar tiempo a la maternidad que no es un año ni dos es fundamental para una mujer. Acepto toda discrepancia y crítica a lo anterior, pero esta amiga que le escribe cartas de vez en cuando hoy ha tenido el deseo de revelar ideas íntimas y no sólo entretenidos hallazgos históricos o piezas literarias. No. También hay que expresar o repetir, como lo hago en este caso, que la maternidad engrandece y afanarnos en hacer el mejor papel para con los hijos, por su bien, no sólo es instinto sino un verdadero honor.

Le hablaba de Leona en su rol de patriota, de madre, de mexicana. Y comentaba que uno de esos misóginos que siempre aparecen con la intención de aguar la fiesta lanzó una crítica pública a la señora. Entre lo menos que criticó es que ella se había unido a la independencia de la patria por sometimiento al marido. ¡Cretino que era don Lucas Alamán! Por escrito desahogó su fiereza: “Confiese usted, señor Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres; que ellas son capaces de todos los entusiasmos y que los deseos de la gloria y la libertad de la patria no les son unos sentimientos extraños. […] En todas las naciones del mundo ha sido apreciado el patriotismo de las mujeres, ¿por qué mis paisanos, aunque no lo sean todos, han querido ridiculizarlo como si fuera un sentimiento impropio en ellas? […] ¿Qué tiene de extraño ni ridículo el que una mujer ame a su patria y le preste los servicios que pueda, para que a éstos se les dé por burla el título de heroísmo romancesco?” .

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