La otra escena / Teatro y radio, viejos amigos eternos

- Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx - Sunday, 13 Sep 2026 01:58 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

En cuarenta años de dramaturgia, de textos que ahora se agitan en papel, aparece la convicción de que la escena es el motor fundamental del trabajo creador de David Olguín. Lo suyo no es el texto como pretexto que muchos directores garabatean para poner en la escena jirones de imágenes, de músculos sin huesos, inarticulados como ocurrencias que carecen de organicidad.

Olguín se inclina ante los actores y le propone al escenógrafo e iluminador (Gabriel Pascal) una visión autoral para trenzarse con la misma intensidad y abolir la noción de decorado e ilustración, y hacer del espacio un generador de la escena y de la escena un generador del espacio. He podido percibir esta distinción porque he tenido la oportunidad de echarle un vistazo al texto inédito y sentir su peso al interior del montaje. La experiencia es semejante a la escucha de una canción en otro idioma mientras se leen los versos y la palabra cobra la legibilidad que le dan las voces, y ese conjunto de interpretaciones que no le deben todo ni al texto ni al tema.

Hay algo que aquí me faltaría espacio para describir con amplitud y que me inquieta sobremanera, y es la cercanía y la delicadez con la que Olguín trata a la radio. Sabemos que hay una delicadeza primordial en el siglo XX que se caracterizó por su capacidad de experimentar que fue la de Samuel Beckett, en la compilación que publicó Tusquets bajo el título de Pavessas, uno de los libros sobre lo escénico más hermosos, conmovedores y provocadores del siglo XX. En Amor y rabia (Olguín, 2025) hay dos piezas, una que realizó magistralmente Olga Durón para Radio Educación, La mujer sin memoria. Acoso en cinco actos. Radioteatro (Clave de serie L230MUJ.s.), y otra inédita, ahí desafiante: Noche de perros, guión radiofónico (julio de 2020). Se trata de dos piezas que son una convocatoria para que el lector indague en sus propias condiciones de escucha. Pasará al territorio escénico del silencio que compone de manera esencial el horizonte radiofónico como un contrapunto de los cuerpos vocales que se relacionan con la ceremoniosidad inmanente, que consiste en estar ahí para hablar pero también bajo la certeza al modo de Pinter, donde el dramaturgo pasaba por ahí y creó la condición literaria precisa para aquello a lo que le prestó oídos. Es un ejercicio de metarrealidad: el espectador­-escucha escuchará que escucha radio incluso al interior de la pieza como una especie de radiofonía con ecos que muestran un sustrato profundo de nuestra cultura que escuchó la radio como un objeto simbólico, al tiempo que era un aparato ordinario pero central en el paisaje doméstico.

Olga Durón Viveros dirigió La mujer sin memoria en 2006 para Radio Educación y el texto permite ahora escuchar de nuevo ese trabajo que cumplió veinte años, para entender la lección de quien puede sorprender y crear un suspenso fuera de los marcos de la explotación sentimental de la radio y la televisión comerciales con sus lagunosas y soporíferas telenovelas, y así observar a un Olguín poco más de veinte años más joven, poseedor de una formación asentada en las lecciones de la gran radio inglesa, una radio más de dramaturgos que de guionistas.

En el caso de Noche de perros, guión radiofónico, desdice mi argumento anterior para colocar la dramaturgia, inédita para el montaje, bajo un formato de guión que es en realidad una indicación para la producción que tiene que vestir una historia con ladridos, gruñidos, lluvia, pasos, escenas ambientales donde fluyen los diálogos de María y Víctor.

En los temas, tramas, personajes, hay muchos guiños extraordinarios que se cotejan con la dramaturgia periférica. Hay un tema pendiente: la infancia, un territorio que Olguín toca con pinzas, con delicadeza extrema y con la profunda devoción por lo humano con el que está escrito el material de Amor y rabia.

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