Desde Rumanía. Mircea Cartarescu y la exploración de la memoria

- Maria Teresa Carbone y Vanni Santoni - Sunday, 13 Sep 2026 01:33 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
El novelista, poeta y crítico literario rumano Mircea Cartarescu (Bucarest, 1951) es uno de los narradores y poetas contemporáneos más atendidos y leídos en el mundo, autor de títulos como Nostalgia, Melancolía, Theodoros y la trilogía Cegador, las cuales revelan una mezcla de realismo, surrealismo y onirismo a través de la exploración de la memoria. La siguiente entrevista, hasta ahora inédita en español, ocurrió en 2025.

-El Museo de Literatura Rumana de Bucarest exhibe sus manuscritos en las salas dedicadas a la poesía. Sin embargo, si no me equivoco, usted no escribe versos desde hace mucho tiempo.

‒De hecho, antes de escribir prosa publiqué cinco libros de poesía. Pertenecía a un movimiento que buscaba cambiar el rostro de la poesía rumana acercándola a la poesía estadunidense, a nuestros ojos más democrática respecto a los textos europeos que nos habían inspirado hasta entonces. Formar parte de esa generación beat rumana consolidó mi reputación de joven poeta, pero cuando empecé a escribir prosa me enamoré de ella. Fue en ese período cuando un día, como en una apuesta conmigo mismo, decidí que ya no escribiría más poesía. Por treinta años mantuve mi palabra, pero durante la pandemia atravesé una fase tan desesperada que recomencé a escribir versos y publiqué un libro, Nu striga niciodată ajutor (2020), que adoro, porque refleja mi consternación ante una humanidad devastada por la enfermedad, mis oscuras sensaciones sobre el destino del mundo y el lugar que ocupamos en él.

‒Frecuentemente se dice que un poeta escribe buena prosa cuando transita a la narrativa, mientras que un narrador que se muda a la poesía escribe malos poemas. ¿Está de acuerdo?

‒Sí, sin duda. La prosa necesita de un núcleo poético para existir, mientras que lo contrario es falso: quien parte de la prosa y no es poeta, escribirá novelas mediocres y poemas aún peores.

‒En las páginas iniciales de Nostalgia (2012), usted señala que “la literatura es teratología”. ¿Todavía sigue convencido de ello?

‒Escribí Nostalgia cuando era joven: tenía veintiocho o veintinueve años, y era normal tener ideas extremas sobre el arte. Pero si la teratología es el arte de describir monstruos, un monstruo no es forzosamente algo feo o brutal. Etimológicamente, “monstruo” proviene del latín monstrum, “advertir”. Todo lo que atrae la atención, por tanto, es un monstruo, y Kierkegaard ya había destacado la categoría estética de lo atrayente. Para mí resulta inútil hacer arte si no se busca el lado insólito de las cosas. Me interesa lo surrealista, como en los cuadros de De Chirico o Dalí. Melancolía (2019), por ejemplo, es un psicodrama que explora los traumas de la infancia y la adolescencia a través de imágenes de estatuas y maniquíes gigantes. Treinta años después decidí retomar Nostalgia, que hoy es un clásico en Rumanía: se estudia en las escuelas para abordar ese tema con distintos instrumentos, aunque la estructura de ambos libros sea idéntica: un prólogo, tres historias y un epílogo. Ha sido un enfrentamiento con mi yo más joven, y creo que entre ambas versiones tienen algo que decir.

El diario y sus extensiones

‒Alguna vez dijo que todos sus libros, desde Nostalgia hasta Melancolía, son una cartografía de su cerebro y que ahora esa fase ha terminado. ¿Cómo puede estar seguro de ello? ¿Y en qué sentido Theodoros (2022) es distinto?

‒Verá, estoy convencido de que mi obra más importante es mi diario. Esto siento que soy: el autor de un diario entre los más extensos de la historia. En 2023 cumplió cincuenta años y escribirlo cada día es una segunda piel para mí, un acto familiar y, al mismo tiempo, desafiante, hasta el punto de que considero a mis demás libros –novelas, poemas, ensayos– como extensiones de mi diario. Y, dado que mi escritura es subjetiva, me parece normal compararla con una TAC [Tomografía Axial Computarizada] de mi cerebro. Sin embargo, en mis libros existe otra dirección importante, una línea que definiría “oriental”. Los rumanos, se sabe, somos occidentales a medias: por quinientos años padecimos una dominación turca, fuimos incluidos en el Imperio otomano y en nuestro ADN permanece una huella profunda, un patrimonio bellisímo que nos abre a otro mundo. Por eso, algunos de mis libros celebran El Levante (2019), que es el título de mi obra poética más importante, un texto de doscientas páginas cuyo eje central es el archipiélago griego. Theodoros sigue esta línea, es una novela pseudohistórica que se desarrolla principalmente en las islas de Grecia y, posteriormente, en Etiopía.

Una lengua hecha de muchas lenguas

‒¿Podría definir mejor las distintas influencias que caracterizan a su obra y a gran parte de la literatura rumana?

‒Todos mis libros están construidos por capas, como un gran pastel nupcial, y esto se deriva, en primer lugar, de los múltiples niveles de la lengua rumana. Nuestra lengua tiene una historia compleja: en su base está el latín, pero recordemos que, en el territorio correspondiente a la actual Rumanía, muchas personas no procedían de Roma, sino que eran legionarios provenientes del Levante o de África. En resumen, no somos los descendientes de los romanos sino del Imperio, y sobre esta capa que nos ha proporcionado toda nuestra gramática se superpuso otra, la eslava, que constituye el sesenta por ciento de nuestro vocabulario. Así que somos romanos que hablamos ruso o búlgaro, y también griego y turco, y a todo esto se ha superpuesto un fortísimo elemento francés, una nueva latinización del rumano: una mezcla increíble de la cual emerge una lengua extremadamente poética, que puede expresar cosas casi indecibles en otras lenguas. Si juntas una palabra de origen turco y otra de origen francés, emanan una luz particular, cobran vida. No es casualidad que nuestros autores más importantes sean poetas. Tudor Arghezi, la más grande personalidad literaria rumana del siglo pasado, era un maestro de la lengua: buscaba palabras que se adaptaran unas a las otras. Su obra más importante se titula Palabras adecuadas (1927). Y yo también he intentado utilizar todas las capas de la lengua y de la mentalidad rumana, desde las más bajas, las escatológicas o eróticas, y así sucesivamente, hasta el misticismo y la metafísica, sin omitir nada. No quiero hacer comparaciones, pero he intentado con todas mis fuerzas ser universal, como Joyce con el Ulises o Musil con El hombre sin atributos. Quizá suene obvio, pero creo que todos los escritores aspiran a ello.

‒En Nostalgia, usted habló de un lector que “termina un libro y de inmediato comienza otro”. ¿Siguen habiendo lectores para los libros universales?

‒No me interesa: escribo para mí y para quienes se me asemejan. No busco ser leído por millones de personas, como Stephen King. Soy feliz si alguien encuentra en mis libros algo que amar. Prefiero ser un escritor de nicho, que elige a sus lectores. La literatura es frágil, no puede competir con la social network o con la inteligencia artificial, pero es esencial y no desaparecerá.

‒La guía del Museo de la Literatura Rumana muestra con veneración sus manuscritos, destacando que no hay rastro de tachaduras. Pero, ¿es realmente posible escribir novelas de cientos de páginas, en algunos casos –como Theodoros– repletas de referencias a acontecimientos históricos, sin tener dudas ni replanteamientos?

‒Cada vez que hablo de ello temo que me consideren un farsante, porque estoy consciente de que mi método es increíble, y lo es también para mí. En la vida soy la persona más normal del mundo, pero cuando me siento frente al escritorio noto un cambio fortísimo. Es como tener una doble personalidad: cuando comienzo a escribir caigo en una especie de autohipnosis, como si alguien estuviera escribiendo y yo actuara bajo su dictado. No tengo que pensar en lo que hará un personaje en la página siguiente, porque el libro ya se me aparece escrito; tengo la sensación de que las páginas están cubiertas con un barniz blanco y que mi trabajo consiste únicamente en rascar ese barniz.

‒¿Realizó una investigación histórica antes de comenzar Theodoros?

‒Para la parte ambientada en el archipiélago griego me limité a realizar una investigación superficial, mientras que, para las páginas en las que el protagonista se convierte en Teodoro II, rey de Etiopía, me documenté a través de un ensayo dedicado a ese turbulento período de la historia etíope conocido como Zemene Mesafint, que quiere decir “la época de los guerreros”; pero la mayor parte de lo que escribo es fruto de mi imaginación. Sin embargo, cuando entregué el libro, mi editorial rumana lo sometió a la revisión de varios especialistas en los distintos períodos descritos, quienes no encontraron errores.

‒¿También escribió Theodoros a mano, como todos sus libros anteriores?

‒No, hace poco descubrí de que mi letra ya no era tan clara como en otro tiempo, así que lo dejé. Escribí Theodoros en mi computadora, pero mi método siguió siendo el mismo. No tenía un plan concreto, no sabía qué iba a escribir en la página siguiente. No borré nada, no hice edición. Entregué el texto a Lidia Bodea, la directora editorial de Humanitas, y unos días después se publicó el libro. La verdad es que no sé cómo lo hago, pero así es como escribo desde hace casi cincuenta años.

Una mezcla de libros concluidos

‒En la nota final a Theodoros, escribió que el libro lo ha acompañado por años, a tal grado que lo menciona varias veces en sus diarios. La figura cambiante del protagonista, ¿pudo haber influenciado el carácter “introspectivo” de sus novelas?

‒Realmente no diría que la idea de escribir Theodoros me “acompañó” esos años. Era una vaga ensoñación, como tantas otras. Todo escritor tiene cientos de sueños, intuiciones, borradores, deseos de libros, la mayoría de los cuales nunca escribirá. De hecho, escribe un texto único, una mezcla de libros concluidos, libros potenciales, libros inexistentes, entrelazados como cadenas de oro en un cofre de joyas. Su trabajo es un vaivén entre lo que hay en su mente y lo que llega al papel. Nunca he escrito para tener libros terminados sino para vivir dentro del proceso de la escritura como dentro de un hogar familiar. Por eso, aunque no veo una conexión directa entre un Theodoros todavía sin escribir y, digamos, un Solenoide a medio escribir, quizá algunas finísimas pseudovainas que emergen del pensamiento confuso de Theodoros podrían haber interferido en la esencia de Solenoide (2015) o incluso en la trilogía Cegador (1996). En mi mente, todos mis libros comparten el mismo ADN, aunque el fenotipo sea diferente. No son escritos independientes sino parte de mi historia sin fin.

‒En ciertos puntos del libro se está tentado a pensar que la mirada benévola y melancólica del narrador hacia los personajes, sobre todo hacia Teodoro, se asemeja a la de los ángeles de la película de Wim Wenders, Las alas del deseo. ¿Es una comparación arriesgada?

‒No, al contrario, me parece una conexión hermosa y plausible, aunque nunca lo había pensado. Vi la película de Wenders hace mucho tiempo y no la recuerdo bien, pero no descarto que alguna reminiscencia haya llegado a mi mente a través de algún canal subterráneo. El subconsciente de un escritor (como el de todos) es mucho más intricado de lo que solemos creer. Al construir una cúpula teológica sobre el mundo de Theodoros, tenía en mente las obras conocidas en las que una entidad superior interviene en las acciones de los mortales que viven sus destinos en la tierra, desde la Ilíada a la Divina Comedia, al Fausto de Goethe. Pero seguramente cada ángel que he encontrado en los libros que he leído o en la vida real ha rozado mi libro con sus alas fantásticas.

‒Respecto a su diario, ¿su forma de escribirlo ha cambiado con el tiempo? Y usted, al releerlo, ¿se siente diferente?

‒Para mí, el diario es una fuente de energía. Ya sea triste, furioso o feliz, escribo unas líneas sin tachar nada, naturalmente: sería estúpido, porque el primer borrador siempre es el mejor. Comencé el 17 de septiembre de 1973, cuando tenía diecisiete años. Mucho tiempo después, cuando hallé el cuaderno, releí la primera página, y ése era yo, siempre y por completo yo mismo. Desde entonces ya tenía la forma de escribir y de pensar que tengo hoy. Para mí fue sorprendente darme cuenta de ello.

La trilogía de la mariposa

‒Usted es conocido por sus libros en prosa, pero su formación es la de un poeta y frecuentemente afirma que todavía se considera como tal.

‒Nací como poeta, me formé como poeta y sigo considerándome un poeta. La poesía es la cosa que más me interesa en el mundo, y los poetas son las personas que más respeto en el mundo porque conscientemente dedican su vida a hacer algo que nunca rendirá dinero. Lo hacen sólo por el placer de intentar crear algo bello y por la irremediable voluntad de seguir mirando el mundo con los ojos de la infancia, aún no condicionados por las categorías. Es cierto que de los treinta años en adelante pasé a la prosa, pero es sólo una cuestión de forma: por cómo trabajo y por cómo están construidos mis libros –sobre todo porque son más una exploración interior que una historia en el sentido clásico–, sigo considerándome un poeta. Actualmente la definición de novela se ha vuelto tan amplia que puede incluir casi cualquier cosa, pero creo que es más legítimo hablar simplemente de “libro”.

‒¿Sería correcto “trilogía”?

‒Podría ser “trilogía”: aunque se trate de un flujo único, modulado y permutado, es una obra tripartita y concebida para serlo. Las tres partes que componen Cegador corresponden a los tres volúmenes y al esquema simbólico y estructural que he elegido, el de la mariposa, considerada por los griegos el modelo del alma humana por su transformación de oruga terrenal en un ser maravilloso, capaz de anhelar el cielo. De hecho, los títulos de los tres volúmenes son El ala izquierda, El cuerpo y El ala derecha, y también hay diferencias específicas en cuanto al contenido. Aunque forman parte de la misma narración y contienen en su interior una infinidad de personajes, en el primer volumen la figura central es la de la madre del protagonista, que en realidad se trata de mi madre, aunque con muchos elementos fantásticos. En el segundo, cuando cada categoría estalla en la visión, el centro de la narración pasa a ser Mircea, mi alter ego. En la tercera parte, donde de algún modo se retorna a la realidad, con el relato de la revolución rumana del ’89 y la caída de [el expresidente Nicolae] Ceaușescu, el eje central de la historia pasa a ser mi padre, o mejor dicho, su versión transfigurada, ya que en la ficción se convierte en descendiente de un príncipe polaco. Pero el resto es real: sobre todo el hecho de que mi padre había creído de verdad en el comunismo y luego se sintió profundamente desilusionado al ver cómo Ceaușescu lo traicionaba. Era un hombre de origen humilde que, tras haber trabajado en una fábrica, logró convertirse en periodista rural y siempre defendió los ideales del socialismo, hasta que, poco a poco, se dio cuenta de que Ceaușescu había transformado su gobierno en un régimen nacionalista y militarizado, en definitiva, en algo muy parecido al fascismo.

Traducción de Roberto Bernal.

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