Cuento / La periodista y el dictador

- Marco Antonio Campos - Sunday, 13 Sep 2026 01:45 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

I

“Respecto a su pregunta, señorita, de si soy culpable de todas las atrocidades que me inventan y que usted me viene a repetir, debo decir que soy ante todo un hombre de honor, un general estoico, un jefe de Estado bondadoso, un hombre que ha sabido traer la paz a la nación. No en balde tengo quince años al mando del país. Yo he delegado la economía a quienes estudiaron en las mejores universidades estadunidenses y conocen a fondo el neoliberalismo y saben que debe apoyarse ante todo a los ricos, porque cuando los comunistas tienen el poder, todos, ricos y pobres, se vuelven más pobres. ¿Usted dice que todo el que huela mínimamente a progresista lo juzgo un comunista radical? Claro, porque en verdad, detrás de su máscara o de sus muchas máscaras, lo es.

He delegado a mis allegados los múltiples cargos del gobierno, y mis únicas funciones oficiales, que ejerzo cumplidamente, y las cuales los miembros del ejército y del servicio secreto deben acatarlas sin chistar un segundo, es ordenar lo que considero mi más alto deber: a quién se tortura, a quién se hunde en las mazmorras, a quién se exilia, a quién se desaparece, a quién se mata en el extranjero, a qué familia se destroza... Si algunos eran inocentes, diría que pagan los menos por los más. Me envanezco de que en mis años en el poder han muerto 4 mil radicales, empezando con el anterior presidente. Todo lo he hecho con meticulosidad y pulcritud. No hay nada comparable a la Pax Augusta que se vive en este país al fondo del cono sur, ¿no cree?”

La periodista argentina, a quien los Grupos de Tarea de la dictadura de su país habían encarcelado, torturado, violado y desaparecido a su hijo y su hija adolescentes, lo oía con incredulidad y dolor.

II

Once años después la periodista argentina se enteró de que el exdictador iba a ser juzgado en la capital de una isla europea por algunos de sus crímenes. Logró que el medio periodístico de su país en el que trabajaba la mandara al sitio. Llegó al término del otoño.

Durante las semanas que permaneció, la periodista se enteraba, aquí y allá, como de paso, como de sesgo, por comentarios del equipo del dictador, de periodistas, de abogados y del público, de algo sobre la posible extradición a un tercer país que la había solicitado. Nunca olvidó que una semana después del primer juicio en el mes de diciembre, oyó comentar a la traductora del inglés al español del exjefe de Estado, que el día de la sentencia, cuando el hombre de honor y estoico general veía por la televisión en la cama del hospital su propio juicio, después de ser declarado culpable, se echó a llorar.

A los dos días, el general fue trasladado a una casa de arraigo, donde su pasatiempo era ponerse con sus nietos a jugar en el jardín.

“Fui hilando las hebras que encontraba dispersas aquí y allá”, escribió en su reportaje en la publicación argentina.

III

El general se había vuelto un estorbo para los gobiernos de los países que estaban en el caso. La justicia en la isla, en esta ocasión, no importaba. No les ayudaba en nada tenerlo preso y había que recurrir a una injusticia. Después de más de un año, hallaron una argucia legal y el dictador regresó a la nación a la cual creía, con alta fe católica, haberla salvado. Todas las demandas judiciales contra él se oscurecieron en los tribunales de su país como los días de invierno en la Antártida.

IV

Años después, como muchos de su especie, murió tranquilamente en su cama. Ante el asombro mundial el entierro fue apoteósico, salvo algún escupitajo en el vidrio de su ataúd a través del cual se veía su rostro nonagenario, lanzado por un nieto de un general leal a la democracia, al que el dictador mandó matar treinta años antes en una capital sudamericana, y por el llanto de la periodista que lloraba por el triunfo de la injusticia. Se confirmó que los dictadores pueden ser enaltecidos y llorados por la mitad de la población, la cual cree que trajo paz y bienestar a la nación. Como ejemplo de imitación de moralidad paterna, hijos e hijas del general por lustros han peleado por años en tribunales la herencia que su padre dejó.

V

En forma de gato con apellido alemán, el general regresó a gobernar su país, ahora por la vía electoral. Desde hace veinte años la periodista argentina había dejado de escribir.

Dios –decía la periodista argentina– se ha ahuyentado del subcontinente latinoamericano. No hemos dejado de buscarlo y aún tocamos en cada puerta, pero no oímos ninguna respuesta. l

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