Constantino Cavafis y las Ítacas de la traducción

- Leopoldo Cervantes-Ortiz - Sunday, 13 Sep 2026 01:41 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
De Constantino CaVaFis (1863-1933), el Viejo poeta de Alejandría, como lo llama Lawrence Durrell en El cuarteto de Alejandría, se ha dicho mucho y más se dirá todavía por más de una razón, como en este artículo que comenta algunos de sus poemas más famosos y el carácter a la vez histórico y existencial que logró el alejandrino en su poesía.

Pocos poetas tan traducidos al castellano como el griego Constantino Cavafis (1863-1933). Miguel Castillo Didier, Pedro Bádenas de la Peña, Juan Carvajal, Cayetano Cantú, Luis Alberto de Cuenca, Francisco Rivera, Juan Manuel Macías, Lázaro Santana, Ana Potthitou, Rafael Herrera y otros traductores están en la larga lista. “Ítaca” figura siempre en primer lugar porque, de hecho, el universo homérico y todo el ámbito de su cultura estuvo en el centro de la obra de este magnífico autor. El lenguaje, los personajes, el aliento que contienen producen sensaciones y atmósferas que remiten a ello todo el tiempo. Entrar a esa poesía es sumergirse en un ambiente marítimo, legendario, que lleva a la mente por esos senderos antiguos guiada por una voz que atrapa y seduce inevitablemente.

En palabras de F. José Férez Kuri: “Bajo los signos establecidos de la mitología y a pesar de ellos, Cavafis escucha otro mensaje, más profundo, que recuerda el tiempo en que las palabras brillaban universalmente porque enunciaban las cosas: borra de su lenguaje la distinción de los signos y logra lo que tan difícil resulta para quien escribe: hacer soberano lo que es, tal como es.”

Bádenas de la Peña, por su parte, subraya el desinterés del poeta por la Grecia de su tiempo y cómo instaló sus textos en esa franja histórica personal que eligió a sus héroes y antihéroes: “Lo que a Cavafis le interesa es la historia griega y en especial la del Oriente helenístico, a través del relato de los cronistas. Bastará para comprobar esto la lectura de las notas, donde se podrá apreciar el profundo y continuo uso de las fuentes historiográficas antiguas que hizo Cavafis como inspiración y base de sus poemas de tema antiguo”.

De Ítaca extrajo Cavafis la historia, la imaginería y una serie de lecciones vitales que se reflejan claramente en esos versos diáfanos y directos. El poema así titulado, de 1911, contiene ya todos los elementos tomados de la épica mayor que se transfigura y transmite la imaginación del alma frente a los sucesos vividos: “Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,/ ruega que tu camino sea largo/ y rico en aventuras y descubrimientos./ No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;/ no los encontrarás en tu camino/ si mantienes en alto tu ideal,/ si tu cuerpo y alma se conservan puros./ Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,/ si de ti no provienen,/ si tu alma no los imagina.”

El viaje interior se entreteje con lo que representa ese lugar mítico, no solamente sinónimo del retorno imposible sino también fuente de posibilidades casi infinitas. La voz poética logra entrar en la conciencia del viajero y se entromete en su experiencia para aconsejarlo a la distancia retomando los espacios que se vuelven cercanos: “Ruega que tu camino sea largo,/ que sean muchas las mañanas de verano,/ cuando, con placer, llegues a puertos/ que descubras por primera vez./ Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:/ madreperla, coral, ámbar, ébano/ y voluptuosos perfumes de todas clases./ Compra todos los aromas sensuales que puedas;/ ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.”

Y aquí viene la petición más urgente para el personaje antiguo/presente, una especie de “espuela para demorar el viaje” (E. Lumbreras) que lo invita a alentar el regreso, a hacerlo durar porque la riqueza no está en el viaje sino más bien en el terruño, gracias al cual se ha merecido ese trayecto. Ítaca ya pertenece al reino de la idealización afectiva: “Siempre ten a Ítaca en tu mente;/ llegar allí es tu meta; pero no apresures el viaje./ Es mejor que dure mucho,/ mejor anclar cuando estés viejo./ Pleno con la experiencia del viaje/ no esperes la riqueza de Ítaca./ Ítaca te ha dado un bello viaje./ Sin ella nunca lo hubieras emprendido;/ pero no tiene más que ofrecerte,/ y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.”

Ese lugar se ha multiplicado por lo que, ahora, ya es símbolo de muchos otros lugares similares, dignos o no de regresar a ellos, pero con una experiencia enriquecida por la sabiduría que ofrecen los hechos extraordinarios transcurridos: “Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia,/ habrás comprendido lo que las ítacas significan.” (Versión de Cayetano Cantú)

Pero hay otros poemas alusivos a la Odisea, como “ La ciudad” (1910), también muy famoso, con el que inicia su obra y que remite al universo de la partida y al hecho psicológico de volver al lugar de lugares y cargar siempre con la ciudad originaria: “No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares./ La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas/ calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;/ y entre las mismas paredes irás encaneciendo. […]/ Como arruinaste aquí tu vida,/ en este pequeño rincón, así/ en toda la tierra la echaste a perder.” (Versión de Pedro Bádenas de la Peña)

Otros poemas se refieren a Homero, como “Troyanos” (1905): “Pero la caída es segura. Allá arriba,/ en las murallas, han comenzado ya los lamentos./ Lloran la memoria y los sentimientos de nuestros días./ Amargamente nos lloran Príamo y Hécuba.” (Versión de Francisco Rivera)

Pero quizá “Los caballos de Aquiles” (1897) sea el que mejor retrata ese mundo de dioses, héroes y animales grandiosos, como es el caso, filtrados por una mirada que los observa en la bruma del mito y los instala en la memoria del tiempo: “Cuando vieron a Patroclo muerto,/ tan fuerte, joven y gallardo,/ prorrumpieron en llanto los caballos de Aquiles.// Su naturaleza inmortal se conmovió/ al ver la obra de la muerte;/ movieron las cabezas, agitaron las crines en el aire/ y golpearon la tierra con sus patas./ Lloraban a Patroclo al darse cuenta que estaba sin vida,/ su carne inerte,/ su alma perdida, sin aliento, salida a la gran nada.// Zeus vio las lágrimas de los inmortales caballos/ y se entristeció: ‘No debí actuar impulsivamente/ en la boda de Peleo. No debí regalarlos./

Tristes caballos./ ¿Qué tenían que hacer allá,/ entre los desdichados humanos, juguetes del destino?/ Ustedes, para quienes no existe la muerte ni la vejez,/ si algún problema humano los alcanza/ caerán también en la desdicha.’// Sin embargo, los caballos continúan llorando/ por el interminable desastre que es la muerte.” (Versión de Cayetano Cantú)

La nota explicativa dice: “Los dos inmortales caballos (engendrados por Céfiro –viento del Oeste– y la arpía Podarge) se llamaban Balio y Janto. El poema es adaptado de la Ilíada: XVI (149-154) y XVII (426-447)”. Bádenas de la Peña comenta: “Nueva adaptación del pasaje homérico correspondiente al canto 17 de la Ilíada (vv. 427 y ss.). Algunos versos son pura traducción de los de la Ilíada. Cavafis establece un paralelismo entre la fidelidad de los nobles corceles de Aquiles con el desdén por parte de Zeus, hacia el infortunio humano. Cf. el interesante artículo de Luis Alberto de Cuenca, ‘Sobre P 426-455 y un poema de Kavafis’, Estudios Clásicos, 66, 1972, 263 y ss., donde se estudian en detalle los paralelismos entre Homero y nuestro poeta a propósito de este poema”. El poema explora en profundidad, desde un tema colateral, esa indiferencia terrible de los dioses hacia la vida humana. Ciertamente Zeus se entristece, pero el dolor de los caballos inmortales es inigualable: “Lloraban a Patroclo al darse cuenta que estaba sin vida,/ su carne inerte,/ su alma perdida, sin aliento, salida a la gran nada”.

De Cuenca acerca los dos poemas: “Para Constantino Kavafis, la figura épica de Patroclo es un pretexto: es un muchacho cualquiera, audaz, fuerte y joven, quien yace en el polvo. El rabioso vitalismo de Kavafis […] le lleva a la más decidida rebelión, todo lo sapiencial que se quiera, pero rebelión al cabo, ante la muerte, ante la Nada inmensa”. Y justifica el uso de esta traducción de José Ferraté (Veinticinco poemas de Cavafis, Barcelona, 1971). Para luego citar los versos estrujantes y conmovedores de Homero y los de Cavafis, lado a lado, para demostrar su dicho:

Kavafis 13-20: “Cuando la boda de Peleo”,/ dijo, “no debí haber obrado con tan poca prudencia:/ mejor no haberos regalado, desdichados/ caballos míos! ¡Qué hacéis ahí, en la tierra,/ entre la pobre Humanidad que es el juguete del destino!/ A vosotros, a quienes la muerte y la vejez no acechan,/ las miserias temporales os trastornan. En sus cuitas/ el hombre os ha enredado.”

P 443-446: “¡Ah, infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo,/ a un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte?/ ¿Acaso para que tuviéseis penas entre los míseros mortales?/ Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre [entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra].”

Y luego, establece la obligada comparación:

A continuación, en el relato homérico (VV. 447455) el Cronida desciende al más práctico designio de impedir que Héctor Priámida se apodere del carro del Eácida poniendo a salvo de los Teucros a Automedonte, hijo de Diores y auriga de Aquiles. En cambio, en el poema kavafiano no importa ya el futuro de vencedores y vencidos: sólo interesa el llanto, el llanto, el llanto, como en el entrañable poema de nuestro León Felipe. Y en perfecta “Ringkomposition” Kavafis vuelve al punto de partida (vv. 20- 22).

Para agregar una nota biográfica y analítica sin paralelo:

Diríase que el propio escritor, cuando, en junio de 1932, se resistía a aceptar el cáncer de laringe que le diagnosticaran los médicos y que terminaría con su vida, recordaba estos últimos versos, verdadera síntesis de emociones contenidas, cláusula final que, bajo esa envoltura de frialdad objetiva que acaricia las piezas “eruditas” de Kavafis, hierve de sentimiento y de dolor ante la atroz presencia de la muerte, Ítaca de las Ítacas: ‘ Όμως τα δάκρυά των/ για του θανάτου την παντοτινή/ την συμφοράν εχύνανε τα δυο τα ζώα τα ευγενή’.”

Se concluye aquí con otra traducción, de la uruguaya Circe Maia (1932):

“Cuando lo vieron a Patroclo, muerto,/ que era tan valiente, fuerte y joven,/ los caballos de Aquiles comenzaron a llorar./ Siendo inmortales por naturaleza/
se indignaban al ver de esa manera/ la obra de la muerte, al contemplarla./
Movían la cabeza, sacudiendo sus crines,/ y golpeando la tierra con sus patas/
se lamentaban, al ver así a Patroclo:/ aniquilado, exánime, sólo abyecta materia,/
su espíritu perdido, sin defensa ni aliento.// Vio Zeus las lágrimas de sus caballos/ y se apenó: ‘En la fiesta de bodas/ de Peleo –dijo–, no debí actuar así/
de modo irreflexivo. ¡Era mejor/ no habernos entregado, caballos míos!/
¡Desdichados! ¿Qué buscar ahí abajo,/ en la doliente humanidad, juguete del destino?/ ¡A vosotros, libres de muerte y de vejez,/ os atormentan míseras desgracias!/ ¿En sus torturas ahora estáis mezclados!”/ Sin embargo/
continuaban llorando los nobles animales/ por la desgracia sin fin de la muerte.”

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