Anécdotas / Las fiestas del centenario 1910
- Beatriz Gutiérrez Müller - Sunday, 13 Sep 2026 01:51
En 1911 se publicó la obra Crónica oficial de las fiestas del primer centenario de la Independencia de México, dirigida por Genaro García (México: Secretaría de Instrucción Pública, 1911). Los libros antiguos me atraen mucho; eso usted, amiga mía, ya lo sabe. Pero he notado en los años recientes que a mucha gente también, sean o no aficionados a la lectura o las materias que contienen. Observan la tipografía o la letra manuscrita; las ilustraciones, fotos (si las hay), el tamaño de los volúmenes y se admiran. Este libro de 1911, al observarlo, todavía es de aquellos donde los folios estaban unidos unos a otros mediante la costura a mano (lomo). Es un libro de gran formato, editado de manera impecable.
Genaro García presumió en la “advertencia” que la obra constaría de tres partes: primera, un estudio sobre el progreso de México desde 1810; segunda, una descripción de las fiestas del Centenario en la capital y tercera, en los estados. Sin embargo, ya incumplía don Genaro al comenzar porque tan luego un lector pasa a la primera página, lo que se topa es con la segunda parte: sobre los delegados, enviados e invitados especiales de gobiernos y colonias de extranjeros en la conmemoración. Como no había sufi cientes cuartos de hotel en la capital o bien éstos no alcanzarían los estándares de lujo y dignidad de “sus eminencias”, la oligarquía capitalina prestó sus residencias y son estas fotografías las más destacadas, así como las de estudio de tan insignes invitados, con uniformes de gala, vestidos de fiesta. Por ejemplo, en la Crónica se admira la mansión de Ignacio de la Torre y Mier que dio la bienvenida al marqués de Bugnano, Alfredo Capece Minutolo y señora. Así pues, entre los retratos y albergues de lujo para tan distinguidos invitados, así como los obsequios que trajeron consigo, este florilegio de 308 páginas acapara casi la tercera parte; es decir, 94 páginas.
Porfirio Díaz echó, como dicen, la casa por la ventana. Quizá sólo le gane en fastuosidad la celebración que hizo el sha de Irán por los 2 mil 500 años de Persia en 1971.
En verdad, doña Clofis, el libro encargado a don Genaro es una joya visual y a la vez un retrato de una manera de pensar de la clase gobernante: comidas, inauguraciones de calles (como la de “Isabel la Católica”), funciones teatrales como la del Arbeu donde el programa incluyó las obras Cavalleria rusticana e I Pagliacci, ceremonias y discursos. Lo bueno es que a partir de la página 109, cuando ya un lector contemporáneo se ha saciado de tanta pompa y circunstancia, lujo, formalidad, perfección, limpieza, preciosidad y fanfarria, el propio Genaro García comienza escribiendo que “como las fiestas del Centenario no estuvieron exclusivamente dedicadas a las clases altas de la sociedad, que en cualquiera ocasión pueden tener solaces y diversiones, tanto el gobierno como muchas personas particulares comprendieron cuán necesario era regocijar a los humildes y favorecer a los menesterosos”. Vaya, vaya… O sea: los festejos del Centenario, según uno de sus queridos intelectuales, no celebraban la Independencia de todos los mexicanos sino de “las clases altas” convidando algo a los pobres. Y sorpréndase con lo que sigue, distinguida dama mía: si después de leer un tercio del volumen una espera que se hable de las fiestas populares, ¡error! ¡error! Lo que sigue son las obras para beneficio de los pobres, comenzando por un manicomio: La Castañeda. ¡Órale! El inmueble inaugurado tenía pabellones diferentes: para “enfermos distinguidos”; “alcohólicos”, “tranquilos”, “imbéciles”, “epilépticos” o “peligrosos”. Le debo saber cuál era la diferencia entre distinguidos o imbéciles; entre peligrosos o tranquilos. Lo de alcohólico, no sabía que antes fuese tenida como una enfermedad de locos.