Tomar la palabra / Es el mercado, amiguis

- Agustín Ramos - Sunday, 06 Sep 2026 01:07 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Deja que te cuente. La tiendita, un negocio familiar, me quedaba enfrente. La mayoría de sus dulces eran caseros y despachaban los refrescos al tiempo, el frijol y el arroz por cuarterones y el azúcar y la manteca en cucuruchos de papel estraza. En las ocasiones especiales, había que andar hasta las tiendas de abarrotes a surtirse de aceitunas en salmuera, aceite de oliva virgen, azúcar glas, levadura, cacao, chile seco... El mandado semanal, el de canasta grande, se hacía los días de plaza.

Cada tiendita de la cuadra tenía atractivos propios. En mi más cercana había rompope hecho en la casa de al lado, chiles en vinagre preparados ahí mismo y quesos que un ranchero traía cada mes. Toda esa mercancía era tan buena que hasta de otras calles venían a comprarla y, viceversa, uno iba a las tienditas de esquinas ajenas por la sidra, la nata, las charamuscas.

De pronto, todo eso se fue yendo a la tristeza. En el principio fueron “El lazo mercantil”, “La Covadonga” y “La puerta del sol”, abarroteras que en mala fecha tuvieron estanterías chimuelas y dieron galletas rancias. Cada temporada atendían menos dependientes y después, antes de bajar definitivamente las cortinas, nomás despachaba un empleado o el dueño, ya siempre de malas, que tecleaba y meneaba la manivela de una caja registradora medio muda.

Las chicas igual sufrían. Aunque se defendieran ofreciendo palanquetas, jamoncillos y cocoles de anís, empezaron por parecerse todas. Iguales colores y anuncios en la fachada. Mismas bebidas, mismo pan industrial y misma fritanga chatarra empaquetada, porque el de los quesos se fue al otro lado, el del rompope murió de cien años y la tendera ya no quiso o ya no pudo encurtir verduras ni rellenar barquillos con cajeta. En cuanto al mercado municipal, sea o no sea día de plaza, ofrece más plásticos que comestibles.

Pero no sólo es el paso del tiempo. Ni las misceláneas ni las tiendas con mostrador infinito y empleados de bata filipina, pueden emparejarse con la metástasis forastera de tiendas “de conveniencia”, departamentales y/o de autoservicio, cuya capacidad financiera permite volúmenes de compra-venta más ventajosos y surtido y precios astutamente “competitivos”.

Por su parte, la clientela parece disfrutar la decadencia de sus gustos e ignorar la manipulación de la que es objeto. Prefiere la gula visual de estanterías repletas y la apetencia, aspiracional y consumista, de autoservirse, autocobrarse y autoempacar. Y si sólo empacara lo necesario, pero no, ahí va eche y eche en el carrito toda o casi toda la mercancía que se le cruza en los pasillos: mientras más cara y suntuaria, más visible; mientras más barata y útil, más oculta.

Y así pasa con todo. A aquella etapa le siguió otra peor, la de Mercado Libre y Amazon… Pero, hablando de monopolios…

*

A principios de los años ochenta, comía semanalmente con Joaquín Diaz Canedo, “el español, el bueno”… En una sobremesa me consoló, sonriente y lúgubre, diciendo que nada en la vida era irremediable, excepto el pase de su empresa, Joaquín Mortiz, a Editorial Planeta. Después, desde el momento en que Planeta y Penguin Random House monopolizaron el mercado editorial mexicano realmente-existente, la sentencia de Ediciones Era estuvo más que cantada.

Y así como la ejemplar Editorial Joaquín Mortiz se vio obligada a escoger entre la quiebra o su absorción por un consorcio, así también Era debe elegir entre cerrar o ceder su línea editorial a Penguin o a Planeta…

Ojalá haya suficiente conciencia y voluntad para una tercera opción, la cooperativa.

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