Marguerite Yourcenar y el viaje de la traducción
- Vilma Fuentes - Sunday, 06 Sep 2026 01:12
Marguerite Yourcenar vivió en una propiedad en el estado de Maine, en Estados Unidos, entre 1950 y 1987, con la estadunidense Grace Frick. Probablemente las unió un amor que fue más allá de la atracción física, un amor espiritual que sobrevivió a la edad, a la vejez, a la vida cotidiana y a la muerte misma.
Grace Frick fue la traductora de la obra de Yourcenar. Traductora que se introdujo en cada frase y cada palabra de la obra de Marguerite, en busca de los significados más secretos y, a la vez, más amplios. La unión de estos dos espíritus superiores fue fundamental para la realización de una obra refulgente y, al mismo tiempo, cargada de secretos y enigmas.
El misterio destella entre las palabras y las frases que hacen de los libros de Marguerite Yourcenar las obras maestras que son. Cada uno de ellos guarda el secreto de la siempre inminente revelación, la cual ocurre a cada instante, en una llamarada de luz que es un parpadeo y una serie de apariciones y desapariciones, fugas que no son huidas sino encuentros.
La traducción es una parte de la obra difícil y prometedora, pues está cargada de secretos que no se revelan fácilmente al lector. La persona que se entrega a esta labor de interpretación y búsqueda de los arcanos de las palabras, intuye con fruición y miedos lo que le espera.
No se traduce impunemente. Hay actos que tienen un precio, el cual debe pagarse si se desea escapar a la muerte o de algo aún peor: lo desconocido.
Traducir, sobre todo cuando se trata de obras maestras, es arriesgarse a cruzar umbrales que, una vez atravesados, no ofrecen un regreso posible. A Dante se le negó la esperanza desde la entrada al infierno, a donde lo acompañaba y protegía su maestro Virgilio. ¿De qué vivimos si no de esa esperanza que da sus alas de ángel a la imaginación y permite lanzarse en el vuelo a las estrellas con que todos y cada uno hemos soñado alguna vez? “¿Qué es la vida?/ Un frenesí,/ Una sombra,/ Una ficción./ Toda la vida es sueño/ Y los sueños, sueños son.” (Calderón de la Barca.)
Debe haber sido en 1972 o 1974, antes de mi vida en París, esa segunda vida bajo la cual desapareció hasta el más diminuto signo de la primera. Comenzaba, en ese entonces hoy tan lejano, mis estudios universitarios en la facultad de Filosofía y Letras. Aún veía el mundo y la vida con la mirada reveladora que sabe todavía descubrir secretos y enigmas en todo cuanto sus ojos ven y sus oídos escuchan.
La Facultad era en esa época un remolino de voces y miradas. A cada quien se le revelaba el misterio de la existencia en cuanta cosa sus ojos se detenían con curiosidad. A mí se me presentaba la vida como una sucesión de lecturas. Lecturas de novela, de poesía, de ensayos, de periódicos. Espejismo milagroso, donde mis ojos podían seguir las narraciones más disímbolas, tales como las aventuras marítimas del Corsario Negro o las palaciegas de D’Artagnan, Porthos, Athos y Aramis. Desde ese entonces, la existencia era un abanico de presencias y de ausencias, donde los desaparecidos seguían vivos en nuestra memoria y en nuestra imaginación. Bastaba con abrir un libro para volver a encontrar a mis héroes favoritos, amados u odiados, y resucitarlos a una existencia que desconocían.
La lectura ha sido, a lo largo de los años, una compañía y un guía. Desde que aprendí a leer, me inoculé el vicio de ese paseo que es leer. Seguir con los ojos y la mente las palabras que van apareciendo en esas letras que se unen buscando su significado y revelándonos los secretos de la existencia.
Desde pequeño, el niño escucha con atención y curiosidad las palabras que pronuncian sus padres y otros adultos. Va, así, descubriendo en cada palabra, en el lenguaje que escucha, el universo que es su morada. Puede, entonces, soñar en otros mundos e imaginarse viajar en el espacio interestelar o, simplemente, subido en un tren desde cuyas ventanillas puede descubrir el universo entero. O al menos soñar en ese descubrimiento que, sin percatarse, ya lo ha hecho con sus sueños, y en sus sueños.
Traducir es un placer que invita al viaje. Viajar no es sólo recorrer kilómetros, es descubrir en nuestra mente otros lugares, los de lo desconocido. ¿Qué placer más grato si no ese silencio que reina cuando se viaja a otros mundos? Cuando se descubre un continente cuya existencia ni siquiera imaginábamos, un continente que nos esperaba desde siglos atrás, destinado a ser nuestro lugar en este universo que nos lo entrega como un regalo que ofrece la vida.
Hay una traducción al español, realizada por Julio Cortázar, de la novela de Marguerite Yourcenar Mémoires d’Hadrien: Memorias de Adriano. Si no es posible dejar de pensar en las obras maestras que son los libros de Yourcenar, la traducción de Cortázar es también una obra maestra, pues a su maestría de una lengua, el francés, que conoció desde su infancia, se agrega su absoluto dominio del español, lengua con cuyas palabras juega como un marionetista con sus títeres.
Doble placer la lectura de Yourcenar bajo la traducción de Cortázar: como para preguntarse qué lengua, qué idioma se goza con más fruición y deleite: ¿el español o el francés? O ambas lenguas, sin duda alguna.