Mapas interiores de Coral Revueltas Valle José Ángel Leyva
- - Sunday, 06 Sep 2026 00:39
Uno
De tu reciente exposición, clausurada este pasado 18 de julio: Cartografía de la vehemencia y un soneto, en Casa Tabasco, en Ciudad de México, me surge una serie de imágenes suscitadas por tus treinta y cinco propuestas gráficas y el poema de Pellicer que encarna la visión del Valle de México. Debo, en primer lugar, agradecer el recorrido por ese noble caserón en la colonia Cuauhtémoc y tu conversación, que generosa se desplegó por la intimidad de tu trabajo artístico y las inevitables evocaciones familiares, de tus territorios afectivos y estéticos, que van de la referencia genealógica a la voluntad de búsqueda y experimentación, de la certeza de identidad y pertenencia a tus propios pasos, que no necesariamente siguen la ruta de las huellas y los mapas.
Tus mezzotintas y fotolitografías basadas en los mapas del vaso de Texcoco, casi todas impresas en la Trampa Gráfica Contemporánea, desvelan la huella y el registro de los desplazamientos, de los cambios demográficos. Me llama la atención de manera particular ese cuadro en el que haces aparecer una chancla sobre la frontera norte, y que bien podría ser también una explanada o un edificio. Encuentro una fuerte intención arquitectónica y me confiesas que, antes de ser artista, estudiaste arquitectura. Me sorprende tu trayectoria profesional y tu formación plástica. En todo ello veo la genealogía, los orígenes de tus abuelos maternos y paternos: María Pérez y Erasto Valle, padres de tu madre; Ignacia Estrada y Fermín Revueltas, progenitores de Silvestre, tu papá. Ellos, me confiesas, son los referentes geográficos y las rutas que confluyeron en encuentros definitivos: Tuxtla, Guerrero, Zitácuaro, Santiago Papasquiaro, Durango y Ciudad de México, protagonistas de la educación y el arte postrevolucionario, participantes en las misiones culturales y en el impulso de las escuelas rurales del país. Migrantes en esta ciudad capital.
El soneto de Pellicer le da sentido a tu propuesta. No sólo porque nos despierta una visión plástica del valle del Anáhuac, que asociamos a los paisajes de José María Velasco, y en particular del Dr. Atl y sus fotografías aéreas de los volcanes, sus cuadros magmáticos, sus series volcánicas. Imposible dejar de lado a artistas como Luis Nishizawa, Joaquín Clausell y por supuesto a tu abuelo Fermín Revueltas, que nos dejó un mapeo fotográfico y plástico de la cuenca. Los versos de Pellicer sugieren una perspectiva terrenal y aérea, suenan justo como coordenadas y líneas en tus planos, en tus palimpsestos geográficos, estampados onirográficos.
Me intriga cuánto de ese mapa familiar ha dejado su impronta en tu curiosidad, en tu talento, en tus búsquedas, en tu discurso. Me respondes que esa trascendencia es ineludible. Sin dejar de lado las imágenes creadas y heredadas del abuelo Fermín, has desarrollado una voz propia. Reconoces una narrativa nacionalista, sí, pero con un enfoque y una perspectiva estética del siglo XXI.
Fermín Revueltas, quien vio la luz en 1901, murió en 1935. Silvestre, tu padre, nacido en 1923, tenía doce años cuando quedó huérfano. Le sobrevivió su madre, Ignacia, a quien conocí y tuve la oportunidad de entrevistar allá por 1993 –tu padre ya había fallecido–, gracias a la generosidad de tu mamá, la antropóloga Perla Valle. Me advirtió con escepticismo la posibilidad de obtener información poco confiable, pues la abuela tenía lagunas de memoria. Ignacia y yo al centro y ustedes, sus nietos y su nuera como público, viendo cómo se iluminaban los recuerdos de la abuela, cómo extraía de manera ordenada y cronológica, sutil y precisa, cada momento vivido al lado de aquel hombre echado para adelante, comprometido con sus causas y sus sueños, joven y hermoso, un talento que comenzaba a resplandecer al lado de los grandes de la pintura mexicana, pero acechado por la muerte temprana. Ignacia era un surtidor biográfico del artista, su compañero de vida. Fue la última vez que la vi, ya era muy mayor.
Dos
Tiene razón Luis Ignacio Sáinz cuando afirma que protagonizas un nuevo alumbramiento con tu Atlas de la vehemencia, al evocar nuestro futuro anterior, lo que dejó de ser: La nueva España; impronta rescatada por Alexander von Humboldt antes de su desaparición como colonia. Porque la historia es una sucesión de cambios de fronteras, de apropiación de tierras y recursos naturales, de grandes movilizaciones humanas. Tus mezzotintas echan luz desde la oscuridad, tus fotolitografías plasman remotas sensaciones en mensajes recién descubiertos.
La línea es lo tuyo. Tramas de líneas constituyen tus mapas afectivos, tus planisferios estéticos. Incluso en tu pintura rige la gráfica y la determinación del no color o ese color que emerge en medio de una base de grises. Cuando expusiste al Sistema Nacional de Creadores tus proyectos para retomar las técnicas tradicionales del grabado, recuperaste esas fuentes, pero enseguida volviste a combinar técnicas. En tus mapas exhibidos en la Casa de Tabasco se nota el empleo de recursos digitales. Pero al final de cuentas, me explicas, lo digital desemboca en la litografía en aluminio. Y aunque ésta no sea precisamente una técnica tradicional, su principio es la litografía. La impresión es manual, con rodillo, y se revisan todos los lienzos, uno por uno.
“Como le digo a mis alumnos, la fotolitografía tiene más de cien años; esta técnica, de contemporánea no tiene nada –precisas para hacer énfasis en tu fundamento gráfico. Pero el proceso sí; la mezcla entre lo digital y lo material es lo que lo hace moderno. Además, la gráfica se hace en colectivo, tiene un sentido comunitario. Por otro lado, las líneas son diferentes en una u otra superficie: en algunas planchas funcionan como contenedores de tinta y en otras son bordes o vacíos. Estas características permiten especular sobre el sistema de impresión (relieve, hueco o plano) y la carga de tinta sobre el papel, a lo que se suman las variantes de color o el abanico de posibilidades de la monocromía. Los materiales también significan en relación con la forma de las imágenes, y de ahí surge mi selección o preferencia. En algunos casos me interesan las huellas de la veta de la madera, los planos lisos con alto contraste o las texturas degradadas. Normalmente, mis imágenes están impresas en papel europeo, pero para el límite del islote de Tenochtitlán, en la pieza de los setecientos años, sólo era posible estamparla sobre papel amate.”
Tres
Antes de entrar a La Esmerada hiciste la licenciatura en arquitectura en la ENEP Acatlán. Terminaste la carrera, pero no te titulaste porque sentías la urgencia de ingresar a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado. Luego obtendrías incluso la maestría y el doctorado en Imagen, Arte, Cultura y Sociedad en otras instituciones.
Durante tu época de formación artística, tu madre te pidió que la ayudaras en sus trabajos de investigación de los códices prehispánicos y de la Colonia.
“Mi labor consistía en la reproducción de los elementos gráficos del códice –me cuentas en un WhatsApp–. Dibujé personajes, glifos, topónimos y antropónimos, desglosándolos en sus partes más simples: dientes, frijoles, aves. Gracias a esto, me apropié de la imagen de algunos animales del documento, los cuales adapté e imprimí en serigrafía en los talleres de la escuela. Por eso, cuando hice mi servicio social, lo dediqué a la elaboración de dibujos para otros investigadores, como Keiko Yoneda, quien estudiaba los Mapas de Cuauhtinchan en la Dirección de Etnohistoria del INAH, que en aquel entonces estaba a cargo del maestro Jesús Monjaraz. Este proceso me permitió conocer con detalle algunos códices, como el Memorial de Tepetlaóztoc o Códice Kingsborough, la Ordenanza del Señor Cuauhtémoc y el Códice de Tlatelolco y, con ellos, sus mapas. Fueron casi veinte años de compartir esta relación visual con el trabajo de mi mamá y otros investigadores, hasta que la tecnología digital terminó desplazando mi labor como tlacuilo, pero ella estaba convencida de la influencia de esa etapa en mi dibujo.”
Cuatro
Desde niña ya había señales del rumbo que tarde o temprano definiría tu vida. No sólo el referente de tu lado Revueltas, sino además el influjo materno por el lado de la antropología y el arte. Mientras ella trabajaba en el Museo de las Culturas, atrás de Palacio Nacional, y estudiaba al mismo tiempo la maestría en etnohistoria, allí mismo, tú y tus hermanos, Gabriela y Emilio, pasaban los veranos tomando cursos de arte. Fue a inicios de los años setenta cuando un artista japonés, enamorado de la antropología y obsesionado con los orígenes de la mexicanidad, Shinzaburo Takeda, impartía lo cursos para niños. Eran sesiones de dos horas en los que les enseñaba a dibujar y trataba de motivarlos a descubrir la pasión de crear, la responsabilidad en el arte. En la casa materna se conservó el catálogo con los grabados que produjeron los niños mexicanos y que Takeda seleccionaba para enviarlos a Japón. Allí aparece tu primer grabado. Piensas que tal vez el maestro Shinzaburo no lo sepa, pero su magisterio fue determinante en tu noción artística.
Reconoces que tu imaginario no se formó a través de los diálogos con perspectiva antropológica de México y del mundo, sino gracias a los vínculos afectivos que propiciaron los momentos compartidos con tu madre en las jornadas de dibujo de los códices en los que estuvo trabajando durante aquellos años. Tu lenguaje estético, estás convencida, se ha ido modificando con las preocupaciones e intereses personales, con la mirada. Cuentas cómo pasaste, por ejemplo, de las topografías de los volcanes a las piedras y a las piedritas. Tal vez sea cierto que disfrutas más el ver que el hacer y no te importa el medio con el que debas y puedas expresarte: grabado, pintura, dibujo, pero es evidente que tu lenguaje más personal está circunscrito a la gráfica, a los procesos de creación, a las líneas. Y vuelvo la mirada a ese cuadro en el que dibujas una trama de líneas para imprimir la imagen de unas sandalias. Una huella del hábitat, del territorio, del camino, del proceso, de la memoria. Un símbolo de la modernidad que nos sugiere al mismo tiempo las marcas de un pasado, el códice afectivo de la artista. l