La voz descarnada de Ériko Stark

- Gonzalo Valdés Medellín - Sunday, 06 Sep 2026 00:44 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Mi nombre no es Ícaro, Ériko Stark, Ediciones Amatlioque, México, 2025.

Con su poemario Mi nombre no es Ícaro (Premio Publica tu Libro de Ediciones Amatlioque, 2025), el joven poeta, crítico, investigador literario y fotógrafo Ériko Stark (1988) quiere provocar la desnudez de su propio discurso poético. Su verso es libérrimo. Para Stark no hay metáforas que envuelvan sus ideas e imágenes; hay solamente un lenguaje rudo, descarnado a veces. Asfalto inundado de lodazales que sorprenden al cristiano inocente transeúnte al recibir las salpicaduras, la poesía de Ériko Stark (pseudónimo de Eric Meneses), sin embargo, tiene un ritmo: el del dolor y la angustia; y un color: el de las lagunas verdosas de Chapultepec y/o Xochimilco; así como una sola atmósfera, la de la noche y la madrugada urbanas en Ciudad de México: inquietantes, solitarias, peligrosas, amenazantes, mórbidas, sugestivas. Poesía áspera escrita con obsidiana filosa, podría decirse que la del joven poeta mexicano Stark sigue la estirpe de los grandes poetas del siglo XX que cantaron a la noche y sus peligros, el Villaurrutia de “Nocturno en que nada se oye”: “En medio de un silencio desierto/ como la calle antes del crimen...”, el Novo de lengua procaz, desinhibida y sexosa: “…y todo esto me pasa, dueño mío,/ porque hace una semana que no cojo”, el Efraín Huerta de “Declaración de odio”: “Amplia y dolorosa ciudad donde/ caben los perros,/ la miseria y los homosexuales,/ las prostitutas y la famosa/ melancolía de los poetas,/ los rezos y las oraciones de los/ cristianos […] Te declaramos nuestro odio,/ magnífica ciudad…” La poesía de Stark se escribe en las banquetas y paredes descarapeladas del Tepito que lo vio nacer, en sus hoyos negros; en sus luminosidades de tianguis bullente. Y en su alabanza y rechazo a Tepito, el joven poeta hace una radiografía de la violencia: “Lenguas y razas poblaron Tepito”: “Las mujeres, grandes amantes de los hombres/ desvaídos, acogieron a los locos entre sus/ brazos. Procrearon hijos enfermos de violencia/ locura y esquizofrenia./ Es entendible que en Tepito nacieran los/ chacales, sicarios, narcotraficantes y asesinos/ seriales. Todo es causa y efecto, un origen/ de las especies, una forma de ampliar la/ biodiversidad mexicana.”

También Stark cuestiona al Octavio Paz de El laberinto de la soledad: “Octavio […] ¿Alguna vez tuviste el deseo de ser libre?”, desde su propia laberíntica soledad insomne e insolente de joven milenial desarraigado, marginado y automarginado, sumido en contextos de agresión, drogas, sexo compulsivo e impersonal, pero también plasmando la profunda necesidad de amar y ser amado, de entender el porqué de su existencia en un mundo sin escrúpulos ni esperanzas, pero asido a la cadencia de la vida “que sigue”. En Mi nombre no es Ícaro hay poemas en prosa que incomodarán a muchos lectores, como el dedicado a Paz: “Incluso, si Octavio Paz tuviera razón […] En cada mexicano reside una raíz de resistencia.” Stark, como buen joven, quiere provocar y puede que llegue a lograrlo con algunos lectores.

En el poemario hallamos también la existencia de un posible suicidio del narrador-poeta, más que horrorizado, asqueado de su paso por un entorno dantesco y ridículo al que, sin alas, el protagonista de Mi nombre no es Ícaro ha caído como en las fauces del Destino. Pero el amor está siempre latente; el amor por su Tepito, por sus muchachos amados en imágenes y palabras que mucho traen a la mente al Pasolini amante de los efebos del lumpenproletariado de entre quienes saldrían sus verdugos. En su poema “No amarás”, Stark condena: “No amarás,/ ya no lo harás/ lo tienes prohibido,/ este será tu castigo/ y nadie te ayudará.” Stark es un nuevo poeta beatnik suburbano de México; su rasposa tonalidad recuerda al más virulento Burroughs; el clamor incontenible de sus versos no puede sino evocar al ensordecedor y penetrante “Aullido” de Ginsberg. Pero también asiste en él un tono de sabia parsimonia como si estuviésemos escuchando al Cavafis de “He dado al arte”: “Me siento y reflexiono./ He dado al arte/ deseos, sensaciones […] la indistinta memoria/ de amores incompletos […] El arte de saber cómo/ dar forma a la belleza./ Su toque imperceptible/ completando la vida,/ combinando impresiones, combinando los días.”

Tal vez Stark no haya pensado en todo el cúmulo de convergencias-divergencias con los poetas que he relacionado aquí como emparentamientos tonales engarzados a una tradición de poesía y ruptura, pero ahí están, en Mi nombre no es Ícaro, cual si el poeta hubiese chupado como esponja todo el dolor de la poesía contestataria del siglo XX, porque también nos recuerda a poetas homosexuales mexicanos como Arturo Ramírez Juárez, Uriel Nájera, Abigael Bohórquez, Darío Galicia… todos enfrentados a la muerte prematura, a la amenaza de la extinción, a la lucha incesante por defender la dignidad de la condición homosexual en un contexto social homófobo y condenatorio como en el que vivieron. Pero Stark representa la otra cara, la nueva expresión de la poesía LGBTTI+ mexicana en el siglo XXI.

La imagen de Ícaro ha sido tocada por poetas como Vicente Aleixandre y Luis Antonio de Villena, dos españoles de diferentes generaciones para quienes Ícaro es la representación pura de su consecuencia trágica. Pero Ériko Stark en Mi nombre no es Ícaro se revela como un Lucifer que reta a la peripecia que puede ser la vida y al caer de pie, advierte: “Para volver a volar tuve/

que arrancarme las alas,/ raspar las limaduras de mi espalda/ […] / arrojarme al vacío/ y cuando mis ojos vieron el abismo,/ nuevamente pude volar.” l

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