La música del Indio Solari y la sensación de lo eterno
- Cintia Neve - Sunday, 06 Sep 2026 00:41
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na chica mira fijamente, en silencio, el escenario. Su cabello despeinado le cae sobre los hombros, sobre las mangas cortas de una playera negra algo raída con iniciales PR pintadas en rojo. A su lado, otras doscientas mil personas en vilo tienen los ojos fijos en la luz cenital. En las sombras alrededor, los músicos congelados, atentos. Un hombre sobrio, rapado y de lentes negros está saliendo al escenario con una sencilla camisa suelta y pantalones con bolsillos. Su rostro queda saturado en blanco y negro bajo la luz. Con ustedes, el Indio Solari.
Un héroe del whisky
Cuando el Indio entra al escenario, la multitud hace silencio. No es un rockstar. Sonríe con cierto garbo y dientes que no son de publicidad. El gentío se extasía y aumenta el murmullo pero no se grita, se espera. Él parece mirar directamente a los ojos de cada uno y cuando levanta sus brazos, el signo sacramental provoca una exclamación de la multitud. Baja los brazos y escucha a su público, piensa un momento y pide silencio absoluto para comunicar una noticia: está enfermo. Evita abundar en explicaciones.
Así empieza su concierto más grande: el del 12 de marzo de 2016. Más de doscientas mil personas con remeras que dicen “Indio”, fueron a verlo. La mitad de los asistentes a los conciertos Woodstock y algo menos que los dos días de Festival de Avándaro.
“El escenario es el lugar más cómodo que tengo en el mundo para estar”, dice el Indio en el documental Tsunami, un océano de gente. Escucha cada pregunta atento, hundido en una butaca de cuero con el fondo de Tandil y poco más.
“Uno no sabe por qué es elegido. Eso lo decía el Tata, Floreal Ruiz, un cantante de tango que no tenía mucha voz pero es uno de mis preferidos. El tipo cantaba y parecía que alguien pasaba chiflando por la vereda de tu casa”, responde, whisky en mano y con esa voz inconfundible que tiene algunas de las características que halaga en el Tata: su tono de hombre común cuyo fraseo suave hace sentir que lo difícil parezca fácil, una fluidez natural en su voz que transmite la emoción de la canción.
Un tic tac efímero
El Indio nació Carlos Alberto Solari en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, pero a los dos años de edad su familia se mudó a La Plata, ciudad capital de Buenos Aires. Las distintas biografías publicadas coinciden en que los estudios superiores de Solari fueron claves para encontrarse con otros protagonistas de la época. Primero se acercó a un grupo de hippies del underground platense que formaban la Cofradía de la Flor Solar, comunidad y banda de rock psicodélico al mismo tiempo. El periodista Alfredo Rosso, en su artículo para la revista Caras y Caretas, dice que los cófrades fueron el antecedente directo de Los Redondos. En ese entorno de contracultura platense se conocieron el Indio, Skay y Guillermo Beilinson y la Negra Poly, y pronto se unieron personajes como Pepe Fenton, el Mufercho o Vito Nervio, y Basilio y Ricky Rodrigo, Rocambole, Ricardo Cohen, el mítico ilustrador de las portadas de sus discos. Pasaron otros muchos: Semilla Bucciarelli, Andrés Teocharidis, Piojo Ábalos, Willy Crook, Claudio Cornelio, Walter Sidotti y Sergio Dawi.
Para la Guerra de Malvinas, la dictadura argentina prohibió la música en inglés –Inglaterra había tratado de colonizar territorio argentino dos veces antes, en las invasiones de 1806 y 1807– en un intento por impulsar un sentimiento nacionalista.
En su libro Rock y dictadura, el historiador y crítico musical argentino Sergio Pujol lo explica así: “La guerra de Malvinas, que ocultó y desfiguró tantas cosas, terminó permitiendo que el rock nacional se exteriorizara hasta límites antes impensados. Podemos entonces decir, con un poco de ironía, que 1982 fue su annus mirabilis (año de los milagros), marcado a fuego por guerra y las políticas internas que ésta generó, en medio de un clima contradictorio y por momentos absurdo.” La guerra resultó propiciatoria para el rock argentino, incluido el ya iniciado fenómeno ricotero, con el Indio Solari al frente de esa colectividad.
El lujo es vulgaridad
Con el crecimiento de Los Redondos y la profusión de recitales, la figura del Indio creció y se le criticó duramente por las letras que escribía: crípticas, singulares, diferentes, drogadictas, delincuenciales, brutas, entre otros adjetivos que se le adjudicaban. En las escasas ocasiones en las que daba entrevistas, contestaba haciendo una deformación sarcástica de la famosa cita de Bertolt Brecht: el que quiere entender que vaya al baño.
“Escribo canciones en la creencia de que el efecto poético se produce por la capacidad de un texto de continuar generando lecturas diferentes sin ser consumido nunca por completo. La poesía no debe invitar sólo a escuchar, debe invitar fundamentalmente a imaginar. La poesía es subjetiva, se vuelve objetiva cuando sus destinatarios, después, se dejan envolver por ella. La principal regla poética es conmover, todas las demás no se han inventado sino para conseguir eso”, dijo en una entrevista.
En mayo de 1990 fue el último recital de Los Redondos en su ciudad, donde la policía apareció para reprimir como era costumbre, y el Indio, desde el escenario, trataba de desactivar las respuestas violentas porque conocía a la policía Bonaerense. Eran épocas donde el cuerpo policíaco aún tenía el derecho de detener a las personas en la calle, por averiguación de antecedentes, de retener si no portaban el Documento Nacional de Identidad, entre otras prácticas represivas.
“Frente a la penuria de sentido en la sociedad, la censura y la autocensura [...] el fin de la dictadura desató una necesidad colectiva de visibilidad. La calle y los conciertos no eran sólo esparcimiento; eran el lugar de reconstrucción de los lenguajes compartidos que el miedo había destruido”, según el sociólogo Oscar Landi en su estudio Cultura y política en la transición a la democracia.
A pesar del neoliberalismo, el hambre, el endeudamiento y la pobreza, los conciertos de Los Redondos crecieron hasta convertirse ya no en un simple encuentro entre una banda y sus seguidores. Cientos de miles de jóvenes se desplazaban en peregrinación hacia el lugar donde sería el evento días después. La sensación era de formar parte de una comunidad, una grey pagana que asistía con religiosidad a su misa cuyo sacerdote era el Indio.
Todo preso es político
En 1991, cuando el gobierno de Menem y Cavallo aprobaron la Ley de convertibilidad que fijó la paridad entre el peso argentino y el dólar estadunidense, junto a un grupo de medidas económicas de supuesto rescate financiero, la tragedia atravesó a Los Redondos.
El 12 de abril de 1991, afuera del concierto de la banda en el estadio de Obras Sanitarias, la policía se presentó en una de sus acostumbradas razzias (detención masiva y sin orden judicial por averiguación de antecedentes) y se llevó al adolescente de diecisiete años Walter Bulacio. Cinco días después falleció. Se supo que había sido sometido a torturas dentro de la comisaría policial y que luego, trasladado al hospital, murió.
El gobierno argentino fue acusado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos de no ofrecer garantías institucionales a sus ciudadanos, tras lo cual se llevó a cabo una reforma constitucional en un intento de limpiar su imagen. A pesar de ello, Walter quedó para siempre en la memoria y en los cantos del rock y de la cancha: “Yo sabía, yo sabía, a Bulacio, lo mató la policía.”
Una década después, poco antes de aquel célebre diciembre de 2001 de plena crisis, Los Redonditos de Ricota se despidieron en Córdoba en un último concierto, después de diez discos juntos. Las razones fueron varias: algunos dicen que la marcada violencia con que se identificaban sus recitales, otros, que el Indio y su compañero de tantos años, Skay, Beilinson, no encontraban la manera de continuar juntos, entre muchas versiones que nadie quiso confirmar. Lo cierto es que esa leyenda llegó a su fin.
Esa estrella era mi lujo
“La vida es decidir y pretender”, dice el Indio en el documental Tsunami. Tras el final de Los Redondos, formó una nueva banda: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, con quienes se presentó por primera vez hace veintiún años, en La Plata, en el Estadio Único, y con quienes tocó hasta su muerte.
Aquellos jóvenes eran admiradores formados en las grandes ligas de la música, pero principalmente adoradores y fanáticos ricoteros. El Indio siguió proyectando la eterna contradicción que lo convirtió en leyenda: rechazó el estrellato pero generó un culto masivo, evitó la exposición pero llenó cada estadio donde se presentó, escribió letras que nadie entendía pero que todos cantaban y discutían noches enteras como si de hermenéutica sagrada se tratara. Siempre se posicionó a favor de los derechos humanos, aunque en pocas ocasiones manifestó bandera partidista. Fue un ídolo a quien, a diferencia de otros, no se le exigió nunca perfección.
Un día aciago, se dio cuenta de que le costaba trabajo abotonarse la camisa, amarrarse las agujetas. Primero pensó que era artrosis, pero más adelante los estudios revelaron que tenía Parkinson. Fue el principio del fin. “Yo soy adorador de la juventud. La decrepitud es nefasta. No sirvo para viejo”, decía. No le fue tan mal, llegó a los setenta y siete años con dignidad, aunque llevaba varios años ya sin poder pisar los escenarios.
Como cuando se presentaba en vivo, un poco en silencio y otro poco cantando, un millón de personas se formó en fila bajo una lluvia tristona, para despedir al Indio Solari. Al final sólo pudieron acceder alrededor de quinientos mil al Polideportivo José María Gatica donde lo velaron, porque el homenaje popular sólo duró dieciocho horas, tras lo cual se cerraron las puertas.
La huella del Indio vive en todas las personas que alguna vez nos emocionamos con sus canciones. Sus palabras seguirán viajando en y con nosotros, mientras lo escuchamos con ojos cerrados, entregados a esa experiencia de unidad espiritual casi religiosa, el sentimiento oceánico que Romain Rolland definió como la sensación de lo eterno.