Letras canadienses: Mary McLane y el retrato de la artista adolescente
- Evelina Gil - Saturday, 29 Aug 2026 22:31
Diecinueve años. Qué edad maravillosa. Y no tiene que ver con un supuesto fin de la adolescencia: nunca se es más adolescente que a los diecinueve. Es la edad de sentirse a campo abierto con respecto al futuro; la edad de la pasión, de los secretos inconfesables, de correr con la espalda recta y sentir cómo el viento te empuja hacia adelante, arqueándote como si fueras un precioso instrumento musical. Podría cubrir páginas rememorando lo que se siente tener diecinueve años, pero nadie lo ha expresado mejor que Mary McLane, quien dedicó tres imperecederos meses (¡qué lento el tiempo a esa edad!) a realizar una metódica biopsia de su cuerpo, mente y espíritu que ella denomina “Retrato”, y donde ni la más diminuta uña escapa a este fascinante ejercicio que algunos tacharían de narcisista y, no pocos, de inmoral.
Deseo que venga el diablo (originalmente publicada bajo el título La historia de Mary McLane) es una singular joya literaria, muy recientemente traducida al español por Julia Osuna Aguilar, no obstante haberse publicado por primera vez en 1902, un año después de su escritura.
“La más sola”
Nacida en Winnipeg, Canadá, el 1 de mayo de 1881, de padre escocés (origen por el que manifiesta un gran orgullo, pese a la prematura muerte de aquel) y de madre irlandesa, se mudarán a un pueblito de Montana, EU, llamado Butte, de mil 700 habitantes, y para cuya descripción emplea Mary el mismo escalpelo que con su persona. No aparenta ser una chica particularmente feliz sino todo lo contrario. Pero a los diecinueve la propia infelicidad, el aburrimiento o la soledad presentan caras más desafiantes. En el caso de Mary se representan como un ínterin; compás de espera que cubre de rocío su fresca piel. Ella aguarda por algo o por alguien. En efecto, por el personaje aludido en el título, aunque no sea el único. Sería interesante entender cómo una joven criada entre irlandeses católicos, que, por si fuera poco, conoce al dedillo la Biblia, invoca al Diablo con tamaña desenvoltura. Se permite, incluso, describirlo, y le adjudica la misma tonalidad gris pizarra de sus propios ojos, como si estuvieran emparentados. Supongo que, sin importar la época, las jovencitas de diecinueve años tienden a sentirse atraídas por criaturas anómalas y peligrosas. Los vampiros, por ejemplo, regresan cada tanto, ataviados con capa o con pantalón de mezclilla. Más ambiciosa aún, Mary quería al diablo. No estoy tan segura si al mismísimo diablo (recordemos que era una gran lectora de la Biblia, y su diablo de ojos grises se parecía más a Napoleón que a Luzbel). Lo cierto es que los diecinueve es tiempo de obsesiones anómalas; de sentirse atraída por el chico malo. A falta de uno, te lo inventas… y si algo le sobra a Mary McLane es imaginación, “Ojalá nunca me convierta, ¡horror!, en un animal tan anormal y despiadado, en esa monstruosidad deforme: la mujer virtuosa.”
Hay varios huecos en la descripción de la vida familiar de Mary. Transcurrirán muchas páginas antes de que nos revele que no vive sola (aunque pareciera que sí, hace demasiado hincapié tanto en la soledad como en la libertad), y esto ocurrirá de manera bastante peculiar: mientras asea el baño, cuenta los cepillos de dientes que reposan en un vaso: seis. Antes se ha aludido a una hermana de nombre Dolly, “Vaya, es esa Mary McLane, la hermana pequeña de Dolly, es rara.” Ha mencionado también un padrastro y hermanastros. La cuenta de los cepillos de dientes no me sale, a menos que ella mantenga el suyo apartado de los demás. Dolly y ella tienen que ser, por fuerza, hijas del mismo padre (a menos que el escocés haya sido viudo al momento de coincidir con la madre). Salvo esta escena, y las alusiones casuales, ignoramos qué tan feliz o infeliz era Mary con la familia que debió llevar un apellido distinto al suyo. La única certeza es que prefería deambular por el pueblo, que se sentía sola, “la más sola”; que en ese seno familiar nunca encontró impedimentos para llevar a cabo su “Retrato” (me habría encantado que describiera el cuaderno, o las hojas donde daba forma a su extraño mundo) y que cuando apremiaba el hambre había siempre algo delicioso aguardando por ella.
Además del Diablo había alguien más, la Dama de las Anémonas que, al parecer, fue su maestra. No es, en definitiva, un ser imaginario… lo imaginario, en todo caso, era la entrañable amistad que vinculó a Mary con ese personaje, al parecer, fugaz en su existencia. Aunque en principio descarté un enamoramiento lésbico en vista de que su discurso más ardiente está dedicado al diablo-hombre, supuse que sería como el común de las jóvenes pueblerinas. Investigando un poco, me encuentro con que la Mary McLane que, poco después, se trasladaría a Nueva York, donde disfrutaría su soñada vida bohemia, era abiertamente lesbiana. Tuvo una larga y abrupta relación con la autora canadiense Caroline M. Branson (1837-1918), quien antes de emparejarse con Mary fue amante de otra escritora estadunidense, Maria Louise Pool (1841-1898), a quien la joven McLane ya admiraba desde su adolescencia: “Siempre me pregunto qué le gustará comer, y qué hará en una apacible tarde de sábado [… ] y qué ropa se pondrá [… ] Tengo la esperanza de llegar a conocerla algún día.” Mary y Caroline vivieron en una casa de Rockland que Pool dejó a Branson al morir. Al parecer, al tiempo que Mary convivía con Pool, se enamoró de otra poeta y crítica de arte llamada Harriet Monroe (1860-1936) a quién escribió varios poemas y cartas.
Salvajismo y sofisticación
Pero regresemos a la fascinante Mary McLane de diecinueve. La que todavía no usaba aquellos sombreros eduardianos, exuberantes y cargados de ornamentos que dan la sensación de alas, cuernos o cascos floridos. La artista adolescente usaba vestidos ligeros que el viento untaba a su esbelta silueta. Ajena a la modestia que se les inculcaba a aquellas chicas, se sabía dueña de un buen físico, aunque su rostro no la convenciera del todo. Alude a esa exuberante cabellera, que es posible corroborar en sus retratos. Se dice convencida de su genio; criatura única en su especie. No termino de discernir si intenta bromear o si, en efecto, y a diferencia de la gran mayoría de chicas y chicos de diecinueve años, acoge una inusual seguridad en ella misma, si bien resulta imposible encontrarla antipática, pues hasta el más inseguro de los jóvenes acoge ocasionales sueños de grandeza. Ella habla abundantemente sobre sus lecturas, y tiene el atrevimiento de medirse con una que la obsesiona en particular: Marie Bashkirtseff, diarista y pintora ucraniana y reconocida niña prodigio que vivió apenas veinticinco años. Mary gusta de contemplar las copias de dos autorretratos de la joven (a quien, en un futuro, Simone de Beauvoir alabaría por su prosa). Reconoce que es bellísima. En uno de los retratos cuenta dieciocho años, apenas uno menos que Mary, “Tiene una mirada de una voluptuosidad maravillosa para una mujer de dieciocho años.” Y sin embargo era muy crítica con su escritura. Considera que no es tan interesante ni tan intensa como ella misma. Que no era congruente con su amor por Dios como lo es ella con sus sentimientos hacia el Diablo. Deseaba morir tan joven como la propia Marie porque le aterraba la vejez… aunque a los diecinueve no se piensa en llegar a los ochenta: ella se refiere a los cuarenta o a los cincuenta, y supone que a esa edad se es gorda, canosa y lenta. Entre sus autoras no-amadas destaca Charlotte Brontë, aunque cualquiera hubiera supuesto que sería fanática de Emily. Cumbres borrascosas tendría que ser la novela favorita de una chica con el diablo adentro. La realidad es que las palabras de Mary, al referirse a Jane Eyre, traslucen una cierta envidia: “Cuesta siglos de lágrimas, piedad y pesar conmover a este mundo siquiera un ápice/ Eso sí, si prostituyes tus sentimientos y emociones por darle gusto, te prodigarán elogios y aplausos y dinero.”
Hasta para la propia Mary, que tanto valoraba su persona y su talento, debió ser una sorpresa que la primera editorial a la que sometió su Retrato se arriesgara a publicarlo, aunque, eso sí, modificando el título. Esto no impidió que las buenas conciencias soltaran el libro como si les quemara, empezando por el afamado censor Anthony Comstock, secretario de la Sociedad de Nueva York para la Supresión del Vicio (NYSSY). Los artistas jóvenes le incitaban la mayor desconfianza, convencido, según escribió en alguno de sus panfletos moralinos, de que eran los culpables de la degradación de la sociedad. De aquella primera edición se vendieron 100 mil copias (entre jóvenes lectoras, en su mayoría) en apenas un mes, suficientes para abandonar, al menos por una temporada, el aburrido Butte. En Nueva York fascinaría a propios y extraños con ese salvajismo que habría de sofisticarse con el tiempo. Susceptible al aburrimiento, se mudaría a Chicago al cabo de unos años. Al momento de redactar el Epílogo de la novela que la haría famosa (y no sería la única, aunque el resto de su obra se perdería en el tiempo y el escándalo) cuenta el doble de edad que al principio. A los veintiocho ya no quería que se continuara pensando que era una ladrona, ni que, con ese dinero, le compraba flores a una anciana malencarada a la que nadie visitaba. A los veintiocho ríe de sus ambiciones (pese a haberlas realizado). A los veintiocho recuerda con cierta ternura los seis cepillos de dientes y se disculpa por exclamar ¡Maldita sea! tan a menudo… y a los veintiocho se declara orgullosa de tener la misma figura espigada de los diecinueve mientras bebe un Dry Martini. Ah, ¡y qué útil fue el Diablo como personaje!: siempre prefirió a los ángeles.
Mary McLane no murió a tiempo para no ver su cabellera cana, aunque sí en el límite de lo que consideraba la decrepitud (cuarenta y ocho), pero se ignoran condiciones y motivos. Sólo se sabe que fue encontrada en la habitación de un modesto hotel de Chicago. Además de escritora llegó a escribir un guion cinematográfico, Men Who Have Made Love to Me (1918), en la que se interpretaba a sí misma. Que se sepa, no existe una copia de dicha película.