Anécdotas / García Lorca, Vasconcelos y María Antonieta: poesía, desilusión y muerte
- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 29 Aug 2026 22:47
Querida Clofis: este año y mes el mundo recuerda o debiera recordar el siniestro fusilamiento de Federico García Lorca, el 18 de agosto de 1936, en plena Guerra Civil española. El general Francisco Franco ocultó, junto con sus secuaces, el paradero del cadáver de tan insigne vate granadino y es la hora que sus restos no han sido identificados. Además de las motivaciones políticas, a los fascistas les parecía criminal su abierta homosexualidad.
Pero antes de que este “delito” del poeta fuese sabido, en la década de los años veinte algunas mujeres desearon que el corazón de Federico fuese suyo. Era atractivo, además de inteligente y vivaz. En las fotografías que he visto destaca su crespo cabello, su lúbrica mirada, las pobladas cejas divididas como hemistiquio poético y suele posar como mimo, como genésico o coqueto.
Inundada yo de aquella época de insurgencia y perfidia, recordé que en México había consternación por el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón y por la Guerra Cristera, en tanto que Plutarco Elías Calles declaraba la existencia del “Maximato”, esto es, que vendrían presidentes a modo mientras este último gobernaba a la sombra. Por su parte, en España se debilitaba la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, que daría paso a la Segunda República de ese país a partir de 1931.
El anterior era el panorama cuando don Federico decidió radicar en Nueva York, contando con treinta y un años, adonde llegó el 25 de junio de 1929. Se inscribió para estudiar inglés en la Universidad de Columbia. Se rodeaba de amigos y paisanos, pero también de extranjeros bohemios e intelectuales inquietos. En ese ambiente docto, diverso y vanguardista, conoció a la mexicana María Antonieta Valeria Rivas Mercado Castellanos. Cuentan que ella suspiró por meses tan luego lo conoció. Tenía veintinueve años y estaba casada desde los dieciocho con el estadunidense Albert Blair, matrimonio del cual nació su hijo Donald. Pero ella no era nada convencional. Había abrazado el pensamiento revolucionario (de hecho, Albert era amigo del presidente Francisco I. Madero) y se separaron por divergencias varias, lo cual implicó perder la custodia de su hijito. Pero con la fortuna de su acaudalado padre, hecha durante el régimen de Porfirio Díaz, prodigaba mecenazgos a los nuevos artistas. Era respetada por su inteligencia y bendecida por sus aportes en numerario a la nunca perdida causa de las artes, las humanidades y la poesía.
Estaba en la ciudad de los rascacielos empeñada en apoyar el teatro de García Lorca: se traducirían algunas de sus obras al inglés y su puesta en escena para el público estadunidense. Quizá le decepcionó saber que Federico no le correspondería. Pero el impaciente corazón de María Antonieta seguía recorriendo las veredas del tormento, acercándose acaso a éste con esa amargura diletante y aherrojada que justificara el fracaso siguiente. Pronto cayó en los viriles brazos de don José Vasconcelos como candidato presidencial en 1929. Todo salió mal y don José abandonó a la amante. Trastornada por el desaire a su corazón caleidoscópico (y eso que no le he contado de otras pasiones que vivió, amiga mía), marchó a París. Decidió el más aciago de los fines en una puesta en escena dramático-religiosa: en la catedral de Nuestra Señora de París, el 10 de febrero de 1931, se pegó un tiro en el corazón.
García Lorca, durante los años siguientes, quiso saber detalles y razones sobre la providencia de su desventurada amiga. No poco tiempo después, él acabaría cubierto de pólvora, pero a manos de un pelotón de fusilamiento franquista. En agosto de 1929, cuando radicaba en Nueva York había escrito “Fábula y rueda de los tres amigos” y su presagio en la última estrofa: “Cuando se hundieron las formas puras/ bajo el cri cri de las margaritas, comprendí que me habían asesinado.” Nos siguen debiendo sus restos mortales.