Jaime Chabaud: la novela de un dramaturgo

- José María Espinasa - Saturday, 15 Aug 2026 22:45 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Dramaturgos que escriben novelas y, también a veces, narradores que escriben teatro es el punto de partida de esta reflexión. En este caso se trata de Aqueste encantador de serpiente, de Jaime Chabaud Magnus, dramaturgo y guionista que sorprende por la gran soltura de su texto.

 

No son pocos los dramaturgos que han probado suerte con la novela. Y en no pocas ocasiones esa suerte ha sido buena. Emilio Carballido tiene una obra narrativa breve pero de extraordinaria calidad que no desmerece ante su teatro, Jorge Ibargüengoitia quiso ser dramaturgo, lo fue más bien mediano, y terminó en extraordinario narrador, los entendidos dicen que el teatro de Luisa Josefina Hernández es muy bueno pero, como en el caso de Juan Tovar, prefiero su narrativa. Lo interesante es que esos dramaturgos se volvieran en un momento o en otro narradores, como ha ocurrido también con algunos poetas. Yo no soy buen lector de teatro, pero cuando un dramaturgo publica una novela me precipito a leerla. Es lo que me sucedió con la reciente aparición de Aqueste encantador de serpiente de Jaime Chabaud Magnus. Conozco el trabajo como teatrero y guionista de Jaime y admiro su trabajo como editor, en Paso de Gato, revista de teatro, y en Toma, (revista de cine), pero aún así me sorprendió la enorme calidad de su texto narrativo. Enumero la primera de las razones: la soltura narrativa, misma que fingiendo (uso la palabra expresamente) el lenguaje del Virreinato (la novela se sitúa a principios del siglo XVII) no entorpece el flujo de la historia ni se propone un pastiche de época, sino escuchar y transmitir al lector esa oralidad de un grupo de cómicos de origen africano fugados de su condición esclava. No es poco desafío.

Antes de seguir por este rumbo un excurso personal: durante mucho tiempo, en mi adolescencia, cuando quise hacer cine y teatro, pensaba en los cómicos de la legua con una errata auditiva: cómicos de la lengua. Me parecía muy coherente: la lengua era el instrumento de esa comicidad. No se cuándo caí en cuenta de ello y entendí que se trataba de legua, una medida, y que la IA nos dice: “Los cómicos de la legua eran actores nómadas de los siglos XVI y XVII (durante el Siglo de Oro español) que tenían prohibido pernoctar a menos de una legua ‒antigua unidad de longitud y medida itineraria que representa la distancia que una persona o un caballo pueden recorrer en una hora‒ de las ciudades donde actuaban, lo que los obligaba a vivir
y viajar constantemente en condiciones
muy precarias.”

¿Cómo se manifestó el Siglo de Oro español en América? Muy tardíamente, creo, hasta Sigüenza, sor Juana y Sandoval y Zapata, en el XVIII, pero ya antes estaba Fernán González de Eslava, figura tutelar en esta novela. Así que legua y lengua en mi imaginario se mezclan de una manera curiosa. Sabemos también que el teatro de esos años dorados daba por igual autos sacramentales que comedias picantes de extraordinaria calidad literaria, aunque en América estaba bajo el ojo vigilante y represor del Santo Oficio.

En el teatro hay todavía una evidente oralidad y es eso en general lo que atrae a los escritores. Pienso ahora en el prodigioso autor teatral que fue Hugo Hiriart cuando dirigía sus “artefactos escénicos”. Chabaud suma, además, a su condición de dramaturgo y conocedor de la literatura, su gestión en la compañía teatral Amigos del Mulato, con sede en Ticumán, Morelos, espació geográfico en el que ocurre Aqueste encantador de serpientes. Las leyendas fundacionales de la comarca alimentan un imaginario personal con sal y pimienta autobiográfica. Chabaud, al ceder a la tentación de la novela libra con habilidad el triple salto mortal que ello conlleva. Y lo hace a la vez sin perder su vínculo con el teatro y con la oralidad. Dos narradores más o menos contemporáneos suyos, Daniel Sada y David Toscana, han escrito también algo que podríamos llamar novelas teatrales, el primero Lampa vida, el segundo en Santa María del Circo y en cierta manera lo que está detrás de esas narraciones es el imán de la movilidad que el teatro trashumante y el circo tienen en los narradores.

Si bien la novela de Jaime Chabaud da para muchas reflexiones, quiero terminar esta crónica con otro apunte taxonómico personal: hace años leí con entusiasmo al hoy olvidada pieza de museo don Artemio de Valle Arizpe y me fascinó su recreación del virreinato y el siglo XIX. Es un caso curioso: como con Alfonso Reyes, uno no prescinde fácilmente del don, casi equivalente del sir inglés, al referirse al autor de El Canillitas. Sin embargo, son varios los escritores que han practicado ese género extraño de la narrativa neovirreinal en nuestros días, muchas con el Santo Oficio de telón de fondo. Esa recreación de nuestro pasado es una manera de entender muchos problemas del presente, a través de aparatos que mezclan lo represivo con lo corrupto como funcionamiento del poder. En Chabaud, sin embargo, gana el placer de representar entendido en su sentido teatral. Por eso la novela se lee de una sentada y con una continua sonrisa en los labios a pesar de los rasgos crueles inevitables en toda historia que trata de la esclavitud y los sinsabores del mestizaje. Si el teatro da buenas sorpresas cuando aparece en la narrativa son aún mejores. Ojalá Chabaud reincida en la novela l

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