García Lorca, patrono cuir

- Gonzalo Valdés Medellín - Saturday, 15 Aug 2026 22:36 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Mucho antes de que la lucha por la liberación homosexual fuera un hecho, quizá desde la misma desaparición de Federico García Lorca tras su vil asesinato, ya el poeta era considerado emblema gay; las generaciones que le sobrevivieron lo erigieron en estandarte de rebelión y ejemplo. Lorca se convirtió en Patrono de la causa de la diversidad sexual, en el más estricto sentido católico-cristiano, como el que ungió en santa a la guerrillera transgénero Juana de Arco.

Federico García Lorca, homosexual y opositor a Franco, quedó grabado en el subconsciente colectivo diverso que ya identificaba la efigie de la santificación gay en el mártir San Sebastián, toda vez representado en una imagen por demás falocrática: torturado, semidesnudo, atado a un tronco y penetrado por flechas.

García Lorca, educado en el catolicismo, fue un mártir cristiano, asesinado despiadadamente, más por su condición homosexual que por su rebeldía ideológica, compartida ésta por muchos de sus contemporáneos que pudieron huir de las garras del Generalísimo, caso de su confidente Cipriano Rivas Cherif, quien no sólo da a conocer las obras de Lorca sino que revelará por vez primera que, en efecto, el gran Federico era gay, desvelando el secreto a voces. Pero, ¿quién recuerda hoy a Rivas Cherif, notabilísimo director y autor teatral, puntual memorialista, vivo cronista, prosista de cepa? Nadie. Aunque Cherif vivió en exilio en México más de veinte años, tampoco nadie se acercó a él con la curiosidad de escarbar en las andanzas homoeróticas de Lorca; claro, eran tiempos donde, ante el tema, la rígida “discreción” se imponía con ineludible pudibundez.

Lorca ya era Lorca cuando fue ultimado. Glorificado a través del tiempo continuó vivo ocupando un lugar preponderante en la literatura universal y un sitio de honor entre los grandes protagonistas de la cultura de la diversidad, hoy denominada LGBTTTI+: la Cultura Gay, cultura marica –le dicen sin empacho en España–, jochis –la etiquetan hoy en México–, pero que, volviendo a los orígenes de la palabra inglesa gay (feliz), desde finales del siglo XX y hasta hoy se le identifica popularmente con otro anglicismo: queer (raro) simplificada en español como cuir.

Lorca es un patrono cuir, más desde su propia vida que de la primera etapa de su misma obra, hermética a los temas homoeróticos, y a la que hay que escarbarle para encontrar las claves y códigos secretos, escindidos, como escondidos estuvieron los Sonetos del amor oscuro dados a conocer póstumamente, donde el autor de Romancero gitano y Poeta en Nueva York comenzaba a abrirse al asunto, cosa nada fácil para un hombre inserto en una sociedad que condenaba la homosexualidad. Pero la poesía lorquiana, lejos del libro póstumo, poco revela de su condición, salvo los sensuales ritmos flamencos, las subyugantes y eróticas musicalidades gitanas que podrían revelar, tal vez… Pero sólo “tal vez”, a riesgo de verse inmolado el poeta, como Óscar Wilde a finales del XIX.

Lorca se encuentra en los inicios del XX, en España, en medio de la guerra civil, donde las cosas pueden ser peores que para Wilde, pues asumirse homosexual era tener firmada la sentencia de muerte. Incluso, observamos un parangón de comportamiento en ambos escritores ante la apremiante necesidad de huir, de salvar el pellejo. A Wilde no son pocos los escritores que lo instan a expatriarse en Francia, entre ellos André Gide; Wilde no acepta, se entrega al martirologio. A Federico también se le ofrece Francia, deniega. Para Wilde, como para Lorca, ante todo está el defender el orgullo, ¿el orgullo homosexual? Cherif sí huye a Francia, poco después de la muerte de Federico, avalado por los contactos políticos de su cuñado Manuel Azaña, último presidente español antes de la dictadura, pero es detenido y condenado a muerte; Eleanor Roosevelt le salva la vida y es cuando viene a México a promover por primera vez en nuestro país el teatro de Lorca, con las compañías teatrales de Virginia Fábregas y María Tereza Montoya, y a robustecer la leyenda de su entrañable amigo.

La única obra teatral en que Lorca tocará deliberado el tema gay, El público, 1930, revestirá la impronta del surrealismo con una rabia inusitada por abrirse de capa y no ceder ya a concesiones que acallaran la homosexualidad, ni aguantar más al público homófobo; de asumirse como creador homosexual con absoluta valentía.

El público es la obra más ambiciosa, subversiva e importante del catálogo lorquiano, por tan personal; y el dramaturgo supo que no sería empresa fácil montarla y publicarla. Al leerla a amigos sintió el rechazo. Murió seis años después de escribirla y mantenerla oculta, antes de que personalmente y como creador pudiera librar batallas en pos de la dignificación del amor homosexual al que en El público canta, retador, sin pena y también, en ese momento, sin gloria, pues la muerte llegó infausta, ironías… Pero en el corazón de la gente gay, Federico García Lorca quedó convertido en santo Patrono.

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