Crónica / Miradas al vuelo sobre Estambul Eduardo Mosches

- Eduardo Mosches - Saturday, 15 Aug 2026 22:38 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Después de catorce horas de vuelo llegamos a Estambul. Nos recibió amistosamente, con intensa lluvia, fue el bautizo húmedo sobre nuestros cuerpos. Empezamos el día con un desayuno a la turca: aceitunas verdes y negras, rebanadas delgadas de berenjenas y calabacitas fritas, un guisado de jitomate levemente picoso, yogurt espeso natural, un omelet tierno y cerramos con un aromático té negro. Cargadas las baterías humanas, nos dispusimos a adentrarnos en la ciudad.

Caminar es un imperativo indispensable para conocer lo desconocido. Para dar algunos pasos sobre los adoquines de las calles, de una ciudad de colinas. Es una ciudad de empedrados.

Primera caminata

Tras una media hora de andar, con el asombro de descubrir lo desconocido, llegamos a la muy citada Mezquita azul, que más bien debería llamarse gris, pues es el color en que están pintadas las cóncavas cúpulas, una decena de tamaños variados, como hongos, que acompañan a la más grande junto a la cual, embistiendo al cielo, la larga aguja torre, desde la cual la oración cantada se hace escuchar. Entramos a la mezquita, con el indispensable acto de descalzarse y así poder ingresar. Encontramos un espacio muy amplio, con enormes y muy coloridos vitrales, con trabajos sobre piedras como si fueran collares engarzados. Pero me fue difícil admirar con tranquilidad, debido a la gran cantidad de turistas que se encontraban dando vueltas y fotografiando. Me parece que estas mezquitas famosas se convierten en rehenes de los visitantes y no de los creyentes.

Hay una vivencia auditiva que se vive cinco veces al día: son las oraciones desde las torres de las mezquitas. Son cantadas melodiosamente, alargando las palabras, como una especie de collar envolvente. Las bocinas expanden con claridad lo que el muecín dice. Es la práctica de la religión hacia la gente.

Compramos botellas de agua, indispensables para seguir la caminata y enfrentar al cansancio y al calor. Seguimos andando. Nos acercamos a la que creo que es la mezquita más imponente, la de Soleimán. Es de una gran amplitud, coronada por decenas de cúpulas redondeadas y dos elevadas y espigadas torres. Saliendo del interior nos encontramos con un panorama de vista al mar y a los edificios de la ciudad. Mientras descansaba, se dio un encuentro inesperado y muy agradable con un hombre de unos sesenta años, de larga barba blanca. Cruzamos miradas de reconocimiento y sonreímos mutuamente. Comenzó a darse una breve charla, con mi hijo Gabriel en inglés, sobre creencia en dios, existencia humana y valores. Dialogué con él con mi raído alemán, fue un bello momento, un encuentro fortuito y muy humano. Después comenzó a lloviznar por corto tiempo. Caminamos entre cuestas y bajadas muy marcadas. Las noto en la vehemencia quejumbrosa de mi respiración. Encontramos un lugar y nos sentamos a tomar té y descansar. Lo necesitaba.

Segunda caminata

Para armonizar mi respiración tomamos un transporte público, un moderno y cómodo tren ligero conformado por cuatro vagones con amplios ventanales y capacidad para sesenta personas sentadas y otras tantas de pie. Es posible observar en las mujeres un porcentaje que cubre sus cabezas con pañoletas de diversos colores, y una cantidad igual de mujeres con cabeza descubierta, y otra mínima de las que usan vestidos largos negros, que cubre toda su cara, menos los ojos. A simple vista es una sociedad que admite con cierta tranquilidad las diferencias. Es una sociedad incluyente. Veo a los hombres cargar a los bebés.

Siguiendo la guía de transporte, tomamos el ferry, un medio de traslado cotidiano que va desde la costa occidental a la denominada oriental. Dos continentes a encontrarse a través del Mármara. Esta parte oriental tiene un tono más cosmopolita, cafés y librerías, afiches con carteles de películas de Pasolini, Visconti, Orson Welles y muchos más. Caminamos y con hambre comimos en un restaurancito con mesas en las calles, el clásico doner kabab, un taco a la turca.

Terminada la comida con el caliente té negro, nos encaminamos e hicimos cola para tomar el barco de regreso, en medio de dos centenares de personas; nos sentamos en las bancas que estaban en cubierta y así poder mirar el mar, el sobrevolar de las gaviotas, la costa de Estambul plena de edificios. Llegamos a a la costa, desembarcamos y
nos encaminamos al hotel tomando un tren ligero, en un vagón cargado de gente, apretados como si estuviéramos a las seis de la tarde en el Metro Pino Suárez. Otra media horita de caminata. Llegamos.

Jornada de hispanistas

Gracias a la intervención del director del Instituto Cervantes en Estambul, Fernando Vara de Rey, pude participar leyendo mis poemas en el primer encuentro de hispanistas de Estambul y Azerbaiyán. Las consabidas bienvenidas de los directivos de la Universidad de Mármara y del Instituto Cervantes, todo esto en presencia de unos cuarenta estudiantes. Después siguió una presentación musical de un trío momentáneo formado por un guitarrista de origen argentino, Rodrigo Moyano, con treinta años de vida en Turquía; un excelente acordeonista azerbaiyano, Aziz Ali, que realizó un recorrido musical de ritmos de diferentes países, y cerraba el trío un joven guitarrista turco, Turan Roteouoglu. Un especie de internacional musical.

El joven guitarrista me contó que su padre estuvo preso doce años, en los setenta, por pertenecer a un grupo armado marxista. Las otras historias sociales y políticas, mas allá de Erdogan.

Tercera caminata

Encontrarse con los gatos y la actitud cariñosa y protectora de los turcos es toda una experiencia. En las esquinas se observan montañitas de comida, recipientes con agua fresca, casas de cartón, algunas con todo y almohadas; los gatos son acariciados y se acercan gustosamente a las caricias y expresan sensualmente su ronroneo. Hay cientos deambulando por las calles, subiendo a las mesas y sillas de los restaurantes, dormitando frente a los negocios; una presencia
constante en la ciudad.

Tuvimos una larga marcha en la búsqueda del espacio cultural dedicado a la cultura sufi y a la danza de los derviches. Compramos la entrada y nos sumergimos en la intensidad vibrante mística de la danza, en su círculo penetrante con el intenso girar de los cinco danzantes, un girar vertiginoso en una sola dirección. Un acto de ofrenda religioso.

El cierre del día fue muy impactante para la memoria y el recuerdo. Localizamos un lugar,
al cual fuimos varias veces por la tarde, que es cobijo de artesanos y asimismo una cafetería, en medio de un jardín muy floreado, con árboles frutales, y la presencia de tres gallinas y el consabido gallo, más los dos gatos de relleno social. El espacio está situado frente a una mezquita, pequeña, de los tiempos del emperador Justiniano. Notamos la presencia de mucha gente, una mesa larga con comida distribuida a los presentes; nos tocó un platillo de arroz con garbanzo.

Comenzó a formarse un círculo amplio de personas con instrumentos musicales. Tambores de diversos tamaños, como quince, tres flautistas de largas cañas, un salterio y un violín, con hombres y mujeres sonrientes y hablantines. Las voces eran de suma importancia en su intervención, tanto grupal como individual. Se desarrolló una primera parte, como de cincuenta minutos, con diferentes intensidades, de cierta lentitud una parte, para después desembocar en un tono más alegre y juguetón. Terminada esta primera parte, alguien comienza a narrar lo que creo un cuento, como de cinco minutos. Silencio. Y comienza nuevamente la música, finaliza, y se hace como un llamado; los participantes, hombres y mujeres, alzan las palmas de las manos y quedan en silencio. Fue una experiencia mística musical.

Viñeta de Estambul

Esta ciudad puede llegar a ser la preferida de los fumadores. Puedes fumar en cafés, restaurantes, espacios públicos, menos en el transporte y las mezquitas. Sensación de libertad para fumadores y buen negocio para la industria tabacalera.

La política de fortalecimiento del nacionalismo se expresa concretamente en la presencia multitudinaria de la bandera nacional; esa luna y la estrella casi iluminan los retratos que se encuentran por doquier del líder político y revolucionario laico Ataturk y los no tan masivos retratos de fotos de Erdogan.

Indispensable decir que junto a los gatos, las gaviotas y las palomas, se nos presentan los cuervos. Revolotean sobre la ciudad.

Se cierra el telón del viaje en Estambul. Nos vamos hacia Esmirna, pero ese viaje es otra crónica l

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