Buenas esposas: escritoras detrás de la fama
- Evelina Gil - Saturday, 15 Aug 2026 22:39
Ser cónyuge de un escritor; esposa, más concretamente, puede llegar a ser conflictivo si a dicho oficio, más allá de los reflectores, se supedita la economía familiar. Difícilmente se tratará de una familia, llamémosle tradicional, normal o normativa. Lo será en mucha menor medida que una familia cuyo patriarca ejerza de médico, zapatero o albañil. Aquí nos centraremos en un prototipo de escritor varón exitoso, cuya principal fuente de ingresos proviene de su escritura, de su pródiga imaginación; alcanzada una considerable celebridad. Las escritoras en estas mismas condiciones están de antemano excluidas. El arquetipo de “autora célebre” lo constituiría la Elizabeth Costello de J. M. Coetzee, ligeramente inspirada, a decir del propio Coetzee, en Doris Lessing, y quien carece de comprensión y simpatía por parte de su familia, principalmente de su hijo que le guarda un vivo rencor por priorizar la escritura sobre la maternidad. El perpetuo lloriqueo del edípico Johnny nos hace ver hasta qué punto las mujeres, más que ganarnos el famoso cuarto, lo hemos tenido que sitiar. Hablo, concretamente, de un cuarto propio para la escritora que, además, es madre y esposa.
La contraparte masculina de Elizabeth Costello sería Joe Castleman, esposo de Joan Castleman, narradora de La buena esposa, de la estadunidense Meg Wolitzer, novela adaptada al cine (The Wife) por Jane Anderson, bajo la dirección del sueco Bjorn Runge y admirablemente interpretada por Glenn Close y Jonathan Pryce. Joe es justo la clase de escritor que nos ocupa, uno no sólo popular para el público lector sino incluso poderoso, que se ha hecho rico e internacionalmente conocido con sus libros, y se traslada a Finlandia, en compañía de su esposa por casi cuarenta años, Joan, a recoger un premio muy parecido al Nobel, con idénticos ritos (en el filme se alude directamente al Nobel sueco). A través de esta estancia iremos retirando las múltiples capas de una historia que va más allá de ejemplificar la paciencia y tolerancia de una esposa hacia los raptos de un esposo considerado genio y, por ende, perseguido por hombres y mujeres, más por ellas, por lo que Joan debe, además, fingir demencia ante sus inevitables aventuras sexuales. Joe considera, y todos con él, que su papel como padre de tres hijos (dos chicas mayores y un chico problemático) y esposo se cumple con creces a través del alto rendimiento económico que les permite una vida más que desahogada, aunque con la casi ausencia del padre y otro tanto de la madre que, detecta el hijo menor, ha de recluirse junto a aquél cuando se encuentra trabajando otra de las novelas con las que incrementará su fama y fortuna. Joan, pues, cumple una doble función, además de procurar el sosiego del genial escritor: Joe no sería capaz de escribir sus magistrales obras sin la intervención directa de su abnegada esposa, quien en otro tiempo fuera su más destacada alumna y, posteriormente, su amante:
Yo llevaba un pañuelo en la cabeza y unas gafas de sol enormes, imagen favorita de las esposas de aquellas épocas. Había unas cuantas mujeres más y todas íbamos juntas, salvo una, una periodista que se había pasado al grupo de los hombres y caminaba entre ellos y hablaba con mucha animación, aunque yo no alcanzaba a oír lo que decía [...] Se llamaba Lee y era una escritora seria e inteligente a quien no parecía importar su condición minoritaria en aquel mundo de hombres [...] Era como si yo conservara una caja bajo la cama y sólo la sacara de vez en cuando; en esa caja se apelotonaban Mary McCarthy, Lillian Hellman y Carson McCullers y, ahora también, Lee, la periodista. Si levantaba la tapa, aparecían las cabezas, como las de aquellos payasos que saltaban por sorpresa de una caja con muelle, y se burlaban de mí, me recordaban que ellas sí existían, que las mujeres podían de vez en cuando convertirse en escritoras importantes con carreras formidables y que, tal vez, de haberlo intentado, yo lo habría logrado [...] ¡Yo no debería estar aquí! –quería gritar–. ¡No soy como las demás!
Esta novela, además, reflexiona portentosamente acerca de las diferencias entre escritura masculina y escritura femenina, que pueden llegar a ser profundas, incluso dolorosas. Con “escritura” me refiero no sólo al contenido sino al acto mismo de escribir y lo que conlleva: las condiciones (anímicas, económicas, ambientales, sociopolíticas) del escritor(a) al momento de hacerlo, el nivel de compromiso, su posición frente al mundo al que pertenece y, en algunos casos, su coraje para asumir la reacción (o la no reacción) del público al que se dirige. La posibilidad/dificultad de publicar es algo con lo que se lidia en esta novela, a través del personaje de Elaine Mozell, una escritora por completo desencantada que impresiona vivamente a la colegiala Joan, orillándola a preferir la alternativa de contribuir a la fama de su esposo que intentarlo por su cuenta, bajo el riesgo de engrosar un lúgubre mausoleo, señalado por un cenotafio de escritoras talentosas pero pasadas de largo, olvidadas:
Los hombres añorarían la escritura acorazada, protegida, esa escritura musculosa que nunca deja de flexionarse [...] El mundo que separa los géneros, el que nos impide a cada uno conocer la experiencia del otro. Todo el mundo ha de enfrentarse a eso en mayor o menor medida, aunque algunos de los mejores escritores parecen haber encontrado un modo inteligente de evitarlo.
Ser esposa de un prohombre implica una serie de características que no cualquier mujer toleraría. La primera esposa de Joe Castleman, por ejemplo, puso tierra de por medio tras descubrir su infidelidad con una alumna, Joan en este caso. Ella en cambio se queda y soporta mucho más que eso. Es, en el fondo, una mujer ambiciosa, decidida a brillar a través de su hombre, aunque ese brillo termine por opacarla y hacer de ella el apéndice del autor laureado. Sí, una buena dosis de ambición personal es necesaria para convertirse en “una” con Él, el Escritor, y vivir en función de éste. Respirar a través suyo, de ser necesario. Renunciar definitivamente a una identidad propia.
En un precioso y emotivo texto, la narradora y ensayista Nayeli García, a manera de homenaje a su madre, secretaria de oficio, escribe: “En 2017 Bruce Holsinger [...] propuso el hashtag “ThanksForTyping” para recopilar imágenes de los agradecimientos que solían aparecer en libros firmados por hombres para reconocer el empeño que una mujer cercana a ellos puso en la escritura de la obra: esposas, hermanas, hijas, secretarias, ayudantes [...] El ejercicio mostró que la tarea “menor” de teclear un manuscrito por medio de una máquina es tan fundamental que, sin ellas, no existe [...] Pronto se hizo obvio que teclear, transcribir, copiar, corregir, cotejar, pasar en limpio, meter cambios (en otras palabras, editar) eran labores que nada tenían de género menor [...] José Emilio Pacheco dedicó la entrada del 18 de septiembre de 1978 a celebrar el centenario de la máquina de escribir: “En 1878 [...] nació la Remington 2 y su éxito fue tan avasallador que, sin exageración, cambió el mundo. Tal vez sin ese resortito (que permitía distinguir entre mayúsculas y minúsculas) las mujeres hubieran tardado mucho más en abandonar la esclavitud doméstica e industrial.”
Post-its de buenas esposas
Una de las quejas de Joan Castleman es que la gente se le acerca sólo para llegar hasta Joe, cosa que replica el libro Conversación con mujeres de escritores, del periodista y poeta argentino José Tcherkaski. Elisabeth Mary Shine vivió con Roberto Arlt los últimos dos años de la vida de éste y nunca se interesa mayor cosa en su faceta como escritor, como tampoco en sus procesos creativos. Lo considera un poco loco. Tampoco es que le gusten demasiado sus libros. “Fascinante”: es la palabra con que María Kodama define su vida al lado de Borges más de dos veces. Leyendo su testimonio no queda más remedio que creerle: “Los fines de semana siempre estudiábamos lo que nos gustaba, por ejemplo, ¿cómo hubiera sido el mundo de no haber vencido los romanos? Uno de los dos tomaba la defensa de los griegos sobre los romanos y sobre eso armábamos una especie de debates medievales muy divertidos y fascinantes.” Marta Scavac, esposa de Haroldo Conti, habla de cómo, prácticamente, enfermó de súbito amor por Conti, luego de tenerlo como profesor durante años sin reparar en sus encantos, tras leer su novela, En vida, ganadora del Premio Seix Barral. Casi la misma historia de Joan Castleman, excepto porque no replica su talento como escritora. Pasaba a máquina lo que él escribía a mano, cosa que la hacía feliz, especialmente cuando trabajaban “a dos máquinas”. La palabra que mejor define al gran historietista y guionista Héctor Germán Oesterheld, autor del legendario cómic de ciencia ficción El Eternauta, a decir de Elsa Sánchez, que no exagera. Él odiaba la máquina de escribir. “Aprendí dactilografía precisamente cuando me iba a casar con él, para empezar a pasarle sus guiones.” Dorotea Muhr de Onetti porfía en hablar sobre ella misma. Violinista. El entrevistador le saca la vuelta cuando alude a su profesión artística. Ella no le interesa en absoluto; empero, ha transcrito íntegras las entrevistas y tiene que aparecer, por fuerza, el tímido intento de la música de brillar por sí misma. También Dolly, como cariñosamente se le conoce, pasó en limpio las notas del marido. Sacó punta a todos sus lápices. A (Idea) Vilariño no la pronuncia. Una más de “las tipas”, como las llama. Aunque “tipas” son también unos bonitos, amarillentos árboles, tipuana tipu, que se dan mucho en la Argentina, en Sudamérica en general. Pero en Dorotea no hay poesía. “La Vida breve la hizo todos los viernes, empezaba temprano: tomaba un poco de Actemin (anfetamina), mezclaba mitad vino y mitad agua –porque él necesitaba tomar mientras escribía, y fumar; fumaba como una bestia también– y escribía hasta el alba.”