A 90 años de su muerte Dos grandes momentos en la poesía de Federico García Lorca
- Marco Antonio Campos - Saturday, 15 Aug 2026 22:34
I Poeta en Nueva York
Sería fines de 1967. De los pocos libros que había en mi casa –no sé cómo llegarían– eran los tres tomos de las obras completas de Federico García Lorca publicados por Aguilar. En esos años Lorca era muy leído en Latinoamérica. Seguí con vivo interés, de su poesía, el Romancero gitano, donde se alían tradición y modernidad, con sus trágicas historias perfectamente encuadradas, pletóricas de imágenes complejas y sugerentes;1; Poeta en Nueva York, que Octavio Paz consideraba “probablemente el mejor libro de FGL y que contiene algunos de los poemas más intensos de este siglo, como la ‘Oda a Walt Whitman’”2; “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, una de las elegías más hondas y conmovedoras en lengua española, que no conocerá olvido, y de su teatro obras que elevaron su fama, Bodas de sangre (1933), Yerma (1935) y La casa de Bernarda Alba (1935).
Lorca escribió sobre el duende. Quienes lo conocieron han dicho que él mismo lo tenía. Donde llegaba todo se volvía imaginación y alegría, lo cual era el contraste con el contenido de sus mejores poemas donde la muerte y la calamidad campean. El chileno Pablo Neruda llamaba frère a García Lorca y confrère a Rafael Alberti. En una conferencia en París de 1937, Pablo Neruda dijo del hermano recién fallecido: “Era popular como una guitarra, alegre, melancólico, profundo y claro como un niño, como el pueblo” (Para nacer he nacido, 1974); Rafael Alberti, en sus memorias, La arboleda perdida (1959), recuerda cuando conoció a Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid (sería tal vez 1925):
¡Noche inolvidable la de nuestro primer encuentro! Había magia, duende, algo irresistible en todo Federico. ¿Cómo olvidarlo después de haberlo visto o escuchado una vez? Era, en verdad, fascinante: cantando, solo o al piano, recitando, haciendo bromas e incluso diciendo tonterías. Ya estaba lleno de prestigio, repitiéndose sus poemas, sus dichos, sus miles de anecdotillas granadinas –ciertas unas, las otras inventadas– por todas las tertulias de literatos cafeteros y corrillos estudiantiles. […] Pero de aquella primera noche de nuestra amistad sólo recordaré siempre el “Romance sonámbulo”, su misterioso dramatismo, más escalofriante todavía en la penumbra de aquel jardín de la Residencia susurrado de álamos.
Es muy escasa mi afición por la poesía surrealista francesa, pero la influencia del movimiento fue vastísima en Occidente, entre otras causas, por las teorías y experimentaciones de sus creadores, encabezados por André Breton. Ya habían pasado el ultraísmo y el dadaísmo, ya había pasado un vendaval de ismos. Una irradiación mayor en lengua hispana fue Poeta en Nueva York, escrito casi totalmente durante la estancia de Lorca en esa urbe, entre junio de 1929 y marzo de 1930, guardado por él seis años, entregado en Madrid en 1936 a José Bergamín, pero sólo publicado en 1940, primero, en Nueva York,3 y luego en México. El poeta granadino Luis García Montero, en el prólogo a la antología de poemas que hizo de García Lorca (Visor, 2013), matiza sobre la influencia del surrealismo: “Si la ‘Oda a Salvador Dalí’ representa el deslizamiento extremo hacia la razón en la obra lorquiana, con los poemas en prosa y Poeta en Nueva York se abre una apuesta clara hacia la expresividad sentimental, con buscados efectos irracionales cercanos al surrealismo que permite una muy certera lectura vanguardista del Romanticismo y de su conciencia trágica”. Me atrevería a ir más lejos: sin ignorar la influencia o herencia me parece que Trilce y Poeta en Nueva York son dos vanguardias en sí mismas, dos proposiciones únicas.
Lorca llega a Nueva York el 26 de junio de 1929 con una beca de estudiante de inglés en Columbia University. Es el año del crack de la bolsa, cuando Estados Unidos en el mes de octubre pareció caerse a trizas. El inglés de Lorca era limitadísimo y no debe haber aumentado gran cosa. Para su fortuna, como escribe Marcelle Auclair (Infancias y muerte de Federico García Lorca, 1968), forma un círculo de amigos, “una España en miniatura”, con “Antonio Rubio Sacristán, Dámaso Alonso, García Maroto, su primer editor, Sánchez Mejías y la Argentinita, y algunos otros…”4 Lorca permanecería en la gran urbe hasta el 7 de marzo del año siguiente cuando sale para La Habana.
Libro muy complejo, Poeta en Nueva York nos hace bajar a los abismos e infiernos urbanos. Hay momentos en que uno siente con malestar que el poeta se ahoga en esa atmósfera sombría, opresiva, lo cual sería lo contrario de su tierra andaluza con sus ciudades de encanto, donde
el idioma nos alegra con su charla de juego
y música.
No es fuego vital el que se le revela en la urbe, sino un orbe caótico y una vida cotidiana que tiene a menudo visos de pesadilla, o podría él haber dicho también, una “introducción a la muerte”. No es el sueño americano, sino una “salvaje Norteamérica”. Una ciudad que niega a la naturaleza, donde hay un demonio destructivo llamado la Bolsa y en que “los blancos del oro” discriminan sin piedad a los negros, quienes viven una vida al margen de la vida. Frente al mar o en los arrabales Lorca observa pulular negros, marineros, judíos, niños que mira con ternura limpia, mujeres rotas, pero sobre todo le rompe el alma la condición de los pobres de los pobres, de los expulsados de todo paraíso en la tierra y a los que los ávidos especuladores reducen a una piedra en el muelle o a un paquete de cigarrillos tirado en el suelo de un teatro después de la función.
Como en el caso vallejiano de Poemas humanos, que nos hace sentir los otoños finales parisienses con sus oscuridades y su lluvia incesante, en la atmósfera de Poeta en Nueva York, en general, sentimos un otoño y un invierno sombríos, en momentos sobrecogedores como si estuviéramos hundidos entre los rascacielos. A diferencia de Vallejo acerca de París, Lorca nombra un buen número de lugares de la ciudad, como los distritos de Bronx, y Manhattan, el barrio de Harlem, el mar, ríos (Hudson y el East River), la calle teatral de Broadway, Wall Street, vértice del capitalismo, e imágenes que mira desde el puente de Brooklyn o desde lo alto de la torre de Chrysler, al grado de decir que lo dramático y salvaje no es Harlem, sino Wall Street, no los negros sino los millonarios que manipulan la caja de caudales, donde la idea inhumana del progreso es la punta de lanza para que ante todo los magnates millonarios hagan su mundo del mundo. Entre el horror y la presencia de la muerte que le produce la ciudad, el libro es ante todo una denuncia, y denuncia pudo ser un subtítulo del libro.
Algunos de esos poemas vuelvo a leerlos una vez y otra como golpes sucesivos al rostro, como la “Oda al rey de Harlem”, “Danza de la muerte”, y sobre todo, con la emoción crítica de la primera vez, “New York”, subtitulado “Oficina y denuncia”, y “Grito hacia Roma”, subtitulado “Desde la torre del Chrysler Building”. Entre los versos desoladores que denuncian la devastación de la naturaleza y la crueldad con los animales recordemos estos: “Se fueron los camellos de carne desgarrada/ y los valles de luz que los cisnes levantaban con el pico.” O estos: “Los patos y las palomas,/ y los cerdos y los corderos/ ponen sus gotas de sangre/ debajo de las multiplicaciones,/ y los terribles alaridos de las vacas estrujadas/llenan de dolor el valle/ donde el Hudson se emborracha con aceite.”
La experiencia de una ciudad como Nueva York, de “iluminada verticalidad”, a una gente ultrasensible, a un joven de provincias, le produce pavor y fascinación, y sólo con los años se sedimenta y se vuelve fiel en la balanza. Desdichadamente en el caso de Lorca no fueron suficientes; viviría apenas seis años y meses, y vendría la noche definitiva a los treinta y ocho años de su edad. Ni siquiera pudo ver publicados en vida Poeta en Nueva York y el Diván de Tamarit.
LLanto por Ignacio Sánchez Mejías
No se pudo poner mejor palabra en un título: se escribió con llanto y se lee como un llanto, y así lo sentimos aun después de su lectura. En el poema se suceden el horror y el dolor ante el hecho, y al final una honda y resignada tristeza. Rafael Alberti, en el capítulo VI de su Arboleda perdida, recuerda así al sevillano Sánchez Mejías:
¡Qué hombre más extraordinario e inteligente aquel torero! ¡Qué rara sensibilidad para la poesía, sobre todo para la nuestra, que amó y animó con entusiasmo, ya amigo de todos! […] Porque Ignacio, en lo físico y en todo, no era un andaluz de gitanería, sino ese otro, clásico, grave, perfilado y severo de la Sevilla de Trajano. Mas a pesar de su aire pensativo, solía ser divertido, gracioso, burlón y hasta algo pesado en sus frecuentes bromas, un tanto infantiles.
La crítica suele asociar el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías con las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, la otra extraordinaria elegía española. Sin embargo, las Coplas... están escritas con una calculada inteligencia emotiva y el Llanto por Llanto por Ignacio Sánchez Mejías son, pasaje a pasaje, las mismas emociones variadas ante la cornada y la muerte. En las Coplas..., Manrique canta, en versos de pie quebrado, sobre el paso del tiempo, la pérdida de la fuerza corporal, el ayer que suponemos mejor al hoy, los placeres idos, y claro, la igualitaria muerte, la vida cristiana eterna más allá de esta vida y el sin par ejemplo que don Rodrigo Manrique dejó a la familia y a los allegados; en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, con variada versificación, García Lorca se centra en la hora de la cornada, en la sangre derramada en la plaza, en la previa y desesperante enfermería, en el sanatorio madrileño, en la piedra donde yace el torero, en la tumba donde lo imagina, y por otro lado, deja en versos o estrofas quién fue el inigualable amigo. Lorca fue fidelísimo a lo sucedido, pese a que, como observa Marcelle Auclair,4 pareja clandestina del torero desde un año antes, no estuvo –no quiso estar– en los sitios fatales, pero estuvo atentísimo con llamadas incesantes por teléfono los últimos dos días.
“Los escritores de la generación del 27 vieron en el toreo un modo de lucha entre el arte y la muerte, entre la disciplina y las fuerzas naturales”, escribe Luis García Montero en la página 53 del citado prólogo. Por nostalgia o por probar su valentía o por una actividad que le llamaba desde el alma, Sánchez Mejías quiso regresar a los ruedos, algo que parecía una acción suicida a los cuarenta y tres años, y así lo temió García Lorca desde que lo supo. En su segunda corrida del regreso, en la plaza de toros de Manzanares, el 11 de agosto de 1934, un toro llamado Granadino lo corneó en la ingle y el cuerno penetró profundamente en el abdomen.
En la primera de las cuatro partes, “La cogida y la muerte”, la línea “A las cinco de la tarde”, es la repetición que suena como campanada fúnebre y encoge el corazón. Todas las imágenes, o anuncian la muerte (“Un niño traía la blanca sábana”, “A lo lejos ya viene la gangrena”), o la muerte que ya llegó (“Un ataúd con ruedas es la cama”), y el poema cierra con la imagen de un gentío rompiendo las ventanas. Y un último redoble: “¡Ay qué terribles cinco de la tarde!/ ¡Eran las cinco
en todos los relojes!/ ¡Eran las cinco en punto
de la tarde!”
En la segunda parte, “La sangre derramada”, Lorca tiene una triple mirada: en el momento posterior a la cornada, hacia un antes para enaltecer con interjecciones admirativas al inolvidable amigo, y un mañana inmediato, donde el torero “ya duerme sin fin”. Es la parte más intensa de la elegía. Es un grito de dolor y de espanto ante la cornada y el chorro de sangre interminable. “¡Que no quiero verla!”, se repite a lo largo del poema. Hay momentos fantasmalmente ambiguos, cuando, sin nombrar la sangre ni la muerte, crea imágenes estremecedoras: “Por las gradas sube Ignacio/ con toda su muerte a cuestas./ Buscaba el amanecer y el amanecer no era.”
Pero ¿quién era Ignacio para Lorca? En versos exaltadamente hiperbólicos escribe: “No hubo príncipe en Sevilla/ que comparársele pueda,/ ni espada como su espada,/ ni corazón tan de veras./ […] Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza,/ donde su risa era un nardo/ de sal y de inteligencia./ ¡Qué gran torero en la plaza!/ ¡Qué gran serrano en la sierra!/ ¡Qué blando con las espigas!/ ¡Qué duro con las espuelas!/ ¡Qué tierno con el rocío!/ ¡Qué deslumbrante en la feria!/ ¡Qué tremendo con las últimas/ banderillas de tiniebla!” Sin embargo, inmediatamente, en la siguiente estrofa, se distancia y habla de Ignacio en la muerte. “¡Ya los musgos y la hierba/ abren con dedos seguros/ la flor de su calavera!”, e imagina su sangre “como una larga, oscura, triste lengua” que recorre regiones desde la plaza de Manzanares para quedar “junto al Guadalquivir de las estrellas”.
Si en la segunda parte la sangre es la palabra clave, en la tercera, “Cuerpo presente”, es la piedra, la plancha de piedra donde yace el torero. Ya hay la resignación a que la muerte de Sánchez Mejías es y será para siempre. Dice en el último verso: “Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar.” Y en el fragmento IV, la parte final de la elegía, aún con más distancia, con tono sosegado y triste repite la frase: “no te conocen”, y enumera al toro, a la higuera, a caballos y hormigas de su casa, al niño y la tarde, al ataúd “donde se destroza”, a su “recuerdo mudo”, para acabar diciendo con una melancolía sin fondo:“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,/ un andaluz tan claro, tan rico de aventura./ Yo canto su elegancia con palabras que gimen/ y recuerdo una brisa triste por los olivos.”
En su hábil conjunción de estilos, en la admirable variación emotiva, en la grandeza del detalle y el conjunto, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías es uno de los poemas clásicos del siglo XX l
Notas:
1. La mitad de los romances, al menos, siguen la estructura clásica del cuento: presentación, desarrollo, culminación y desenlace.
2. Los hijos del limo, 1972.
3. The Poet in New York and another poems. F. García Lorca. Translated by Rolfe Humphries.
4. Ella lo vería algunas veces. Omite, entre otros, al matrimonio de Ángel y Amelia del Río. Documentos como pasaporte, pasajes trasatlánticos, cartas a la familia, dibujos, borradores de poemas, y sobre todo un puñado de fotografías, se publicaron en un cuadernito precioso, en la colección Zig-Zag, de Tabapress, Madrid, 1990. Hay cuatro fotografías de Lorca con los Del Río, con quienes pasó “veinte días entre agosto y septiembre de 1929 en su casa en Shandaken, Estado de Nueva York”.
5. gnacio Sánchez Mejías estaba casado con la hermana del gran torero Joselito el Gallo (José Gómez Ortega) y era amante de la connotada bailarina y cantaora Encarnación López Júlvez, la Argentinita, muy reconocida internacionalmente, a quien Lorca dedica el Llanto... Joselito el Gallo (1895- 1920) murió astado por un toro en una corrida en Talavera de la Reina, en la que también toreó Sánchez Mejías. Más de un siglo después, Joselito permanece como una de las leyendas e iconos del toreo español, pero no tuvo un Lorca que le escribiera una elegía