Tomar la palabra / La peor envidia (I de II)

- Agustín Ramos - Saturday, 08 Aug 2026 22:43 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

 

 

Yo, picador, macho herrado, macho galopeado,

me confieso al dios barbadero…

Quevedo

1. Si acaso soy envidioso, lo soy de clóset… Hablaba “de mujeres y traiciones”, cuando apareció don Francisco de Quevedo: “Esta confesión, que por ser tan tarde hago no sin vergüenza”, se me escapó como conejo intuitivo de la chistera involuntaria. La pregunta, aparentemente, era otr: ¿has sentido envidia? Por fortuna, a estas alturas mantengo mi clóset más o menos ordenado.

En el cajón de las culpas ‒intactas hasta que se demuestre lo contrario‒ no apareció la envidia. Creí olfatearla en el cajón de los calcetines mugrosos de la crítica, pero no, porque cuando expreso mis juicios lo hago después de asegurar que no proceden de la envidia. Esto lo pensé después, a solas, recordando que Bergson considera la intuición como un conocimiento más abarcador que la inteligencia y que el instinto.

¿O quizá la había metido en la lavadora del examen de conciencia, para luego subirla al tendedero de las respuestas cómodas? Porque, si aparte de intuitivo soy un sentimental, ¿cómo podría ignorar mi envidia, ese no sé qué que se siente? Pero hurgando bien, descubrí en mi espejito-espejito vergonzosas ignorancias. Y la de mis malos sentimientos no era la menor, por más que le hubiera bordado verónicas y gaoneras de oreja y rabo. Así que salí del clóset reconociendo, a toro pasado, un sentimiento gemelo de la envidia, los celos.

En sus Confesiones, mi tocayo se recuerda como niño de pecho celando, envidiando. Y yo recuerdo que, en todas mis relaciones sentimentales, mientras más quería, más temía perder. Más exactamente, temía ser despojado, vencido “sin duda por otro más hombre que yo”. ¿Fueron mis celos una forma de la envidia? Supongo que sí. Porque el amor era mi guerra y los celos me atormentaban con algo desconocido e improbable pero posible (si en la paz todo es posible, cuantimás en
la guerra).

Algo, un fantasma que las más de las veces nunca terminó de aparecer ni, mucho menos, fue el monstruo soñado por mi razón. Mis celos y la envidia nacían juntos, en el parto de las comparaciones odiosas. Y resultaron más dañinos mientras menos localizaban a mi presunto adversario. Tantito peor, al celar envidiaba a cualquiera, y así, al recelar de todos, me despreciaba a mí mismo.

Todos los hombres, o casi todos, podían despojarme de
mi bien. Y yo carecía de ese poder porque era el poseedor de tal bien. “Qué absurda la razón de mi pasión.”

2.- Los mexicanos nos envidian ‒dijo en el Mundial de Futbol un porteño típico. ¿Existe el porteño típico? Aunque dicho Mundial nos surtió de abundantes ejemplos para reafirmarlo, en realidad ni los mexicanos envidiamos a los argentinos ni todos ellos son maromeros que giran 359 grados a su muy baja autoestima convirtiéndola en ínfulas de superioridad.

El 12 de julio de este año, en La Jornada, Fernando Buen Abad analiza la frase del argentino apellidado Feinmann con la que empecé este segundo round conmigo mismo: “En ese odio xenófobo, intoxicado de rasgos supremacistas (“nos envidian”) habita la descalificación contra un pueblo entero, lo que constituye una generalización nada ingenua. ¿Quiénes son esos “nosotros” de su enunciado y qué es aquello que “nos envidian”, en qué realidad verificable?”

Primera conclusión: la envidia, cuando la hay, es individual. Los pueblos no envidian ni son envidiados. Quienes envidian son los individuos y supongo que, mientras más cerradamente individualista sea uno, más envidias lo corroerán. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con los celos? (Continuará.)

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