Ética y diversidad
- Jesús Zúñiga García - Saturday, 08 Aug 2026 22:25
Hay que construir un mundo que albergue muchos mundos.
Fernando Buen Abad
El fenómeno ético sucede principalmente en la conciencia humana. Y la conciencia humana ha tenido en el transcurso histórico y en el espacio geográfico muy diversas maneras de manifestarse. Para comprobar esto basta con ver toda la diversidad de pueblos y culturas que ha habido y hay en el mundo. Gran parte de ellas son peculiares maneras de ser y entregarse humanamente a la existencia, porque cada forma de existencia humana tiene el deseo y la impronta de renovar la vida en el universo o, en otras palabras, de expresar y madurar su propio ethos.
Hacia este punto confluye también la ética como disciplina filosófica: “La ética absoluta, rectamente comprendida, es precisamente la que exige imperiosamente esa diversidad, ese perspectivismo emocional estimativo en los pueblos y las épocas” (Max Scheler). La universalidad que distingue la ética de la moral no se cifra, por cierto, en la homogeneidad de todos los pueblos.
El ethos humano, hemos insinuado líneas atrás, es un fenómeno fundado en la conciencia y la conciencia es intencionalidad, es decir, la conciencia está constituida por vivencias intencionales. Usada en este contexto, la palabra intencional no tiene nada que ver con la intención moral, sino que se emplea para describir lo que la conciencia es:
Todo el ser de las cosas se funda en su mutua y recíproca exclusión y entra en relación a partir de ciertos límites. Las relaciones les sobrevienen y les son de alguna manera exteriores. La conciencia, en cambio, no tiene realidad alguna fuera de la relación que
establece. Todo su ser se agota en el hecho de ponerse en relación con algo que no es ella misma
(Joaquín Xirau).
Esto significa que la conciencia está siempre fuera de sí; salé de sí y aprehende un objeto y en eso consiste su ser. Cuando veo, veo algo; cuando pienso, pienso algo; cuando amo, amo algo. Todas éstas son vivencias intencionales y, sin ese algo que aprehenden, no tienen lugar y la conciencia no es posible. La conciencia es, en realidad, “la vida en presencia del ser” (J. Xirau).
Esta es la primera característica del ethos humano: abrirse a la realidad, salir de sí. Pero no de cualquier modo. Toda vivencia intencional tiene una tesis y un sentido. Ese algo aprehendido puede ser percibido; puede ser pensado; puede ser amado. Cada una de estas formas distintas de aprehenderlo constituye la tesis de la intencionalidad: el modo distinto en que el objeto es capturado por la conciencia. Por otra parte, esta aprehensión se da desde cierta perspectiva: “Una flor puede ser considerada como órgano sexual de una planta, como materia prima para la fabricación de perfumes, como obsequio de amor…” (J. Xirau). Esto constituye el sentido de la intencionalidad, a saber, la perspectiva desde la cual se aprehende
el objeto.
La forma y la perspectiva de la intencionalidad transfiguran el ser del objeto, pero no lo vuelven una invención de la conciencia; se destaca simplemente en ellas algún valor que orienta la aprehensión. Si se mira la flor como materia prima, es algo útil; como órgano sexual, es algo vivo; como obsequio de amor, algo simbólico. Y, en efecto, todas estas cosas, y muchas más, puede ser la flor. Ella es una; no obstante, la forma y perspectiva desde la cual es aprehendida transfigura su ser para quien la mira.
En esto consiste en un primer momento el ethos humano: en la tesis y el sentido desde las cuales se aprehenden los objetos. Esto trasforma el significado y el sentido del entorno que habita un ser humano; y lo transforma a tal punto que puede afirmarse que seres humanos con distintos ethos habitan, en realidad, mundos distintos. ¡Qué distinta es la forma en que se ve, por ejemplo, desde la utilidad el agua de aquella que la aprehende desde la belleza y la vida! En una, es recurso y mercancía, impulso de una actividad crematística; en la otra, encanto y lazo cósmico y vital, como se manifiesta en estas palabras de Efrén Hernández
¡Oh, el agua humilde, útil, preciosa y casta! Su quietud me suspende; si corre y se estremece en quiebres pequeños, me amariposa y llena de vivacidad; su hondura me desmaya; su olor, mitiga mi sed, casi tanto como la enlutada muerte. Pero la innumerable gama y muchedumbre de formas con que canta, me endereza y trueca, no sé si en caña al viento, o batuta abismada, silvestre y sideral.
Pero estos mundos no son necesariamente contradictorios, ni siquiera contrarios entre sí; más bien son complementarios y pueden pulirse mutuamente. Esto es lo que nos hace ver en un primer momento la humana ética universal: el reconocimiento del otro y su perspectiva de valor: su mundo como perspectiva enriquecedora del nuestro y viceversa. Lo contrario, precisamente, al encierro en sí mismo del narcisista, la actitud antiética por antonomasia.
Esta cuestión es sobremanera importante, porque cada mundo tiene también su propio espejo: el punto de vista desde el cual un ser humano observa la realidad lo modifica también a él mismo. “La misma mujer puede ser musa para el poeta; compañera hacendosa para el buen burgués; animal de placer para el canalla” (J. Xirau). Y precisamente porque el poeta ve a la mujer como musa, por eso es poeta; porque el burgués la ve como ama de casa, por eso es burgués; porque el canalla la ve como animal de placer, por eso es canalla. El modo como el ser humano concibe la realidad modifica también su forma de ser; su mundo define su ser personal. Esta es la ecuación entre mundo y persona, la cual se llama ethos. La complejidad y riqueza de mi mundo se corresponde con la hondura y complejidad de mi ser personal. Pero lo mismo en el sentido inverso: la pobreza del mundo en que habito refleja la unidimensionalidad de mi persona.
La ética procura que nuestra relación con el mundo sea lo más amplia, profunda y rica posible, o en otras palabras, que el ser personal de cada uno crezca. Por eso la ética es propiamente la formación de la persona: su meta es ahondar y ampliar nuestra relación con el mundo: ver la realidad “en toda su inquietante grandeza” (J. Vasconcelos). Y para ello solamente existe una vía: el conocimiento y consideración del otro.
La fuerza cognitiva que logra esto se llama simpatía. Ésta nos permite conocer el ethos ajeno desde sí mismo, esto es, saltar de nuestra propia sombra, acceder a vivencias intencionales que son imposibles desde nosotros mismos, desde nuestra perspectiva. Solamente mediante la comprensión del otro es posible experimentar lo que él vive y ampliar nuestra relación con el mundo, es decir, experimentar vivencias nuevas que amplían nuestro horizonte vital y la hondura y plenitud, por tanto, de nuestra persona. Y esto a condición de que el otro alcance la plenitud de su singularidad.
Este es el camino que construye el ethos de la humanidad: la visión total, el ethos cosmopolita o universal que integre todas las formas de humanidad, tanto en el espacio geográfico como histórico. Solamente esta visión integradora ilumina el ser, el ethos, de la humanidad. El otro es la posibilidad de autocrecimiento, de ampliación y renovación de nuestros lazos con el universo. Y, por eso, resulta tan necesario oponer la gran Siria de Buber al “gran” Israel de Mileikovsky.