Embalsamar un cadáver: la imagen del descanso eterno

- José Rivera Guadarrama - Saturday, 08 Aug 2026 22:26 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Tratar un cadáver, prepararlo para presentarlo a sus deudos, requiere de una técnica muy especializada y de un carácter peculiar. En esta entrevista, Deira H. H., experta tanatopractor, da cuenta de algunos de esos tratamientos, mismos que lleva a cabo con rigor, empatía y absoluto respeto.

Para un embalsamador, la expresión final de un cadáver es fundamental. Ese cuerpo sin vida debe tener una última expresión tranquila, sin muestras de dolor, de tristeza o de preocupación. No debe dar la impresión de que es un difunto. Más bien debe reflejar la imagen de alguien que está teniendo un descanso profundo, eterno.

Ese último adiós debe ser digno, estético, con una despedida integral de la imagen de esa persona a la que nunca más se volverá a ver con vida. Por lo tanto, el proceso de conservarlo de la mejor manera posible es para “darle un aspecto de cuando estuvo vivo”, que conserve una expresión lo más natural que se pueda, cuenta en entrevista Deira H. H., experta tanatopractor.

El procedimiento

Mientras explica los procedimientos, utiliza los dedos de las manos para indicar cómo lavar un cadáver en su totalidad, empleando jabones germicidas, así como la forma de trocar un cuerpo, que consiste en perforar una cavidad corporal para insertar una cánula por donde se inyecta el formol, y también explica el procedimiento para drenar el cuerpo y así evitar su pronta descomposición.

Un embalsamador, como también se le nombra de manera coloquial a los tanatopractor, no sólo es la persona encargada de maquillar un cadáver, más bien es un profesional que con sensibilidad ayuda a los familiares en duelo para que puedan darle una despedida solemne a sus seres queridos.

Son personas especializadas en la preparación y conservación de cadáveres para su velatorio y posterior inhumación o cremación, asegurándose de que tengan un semblante tranquilo y natural, porque esto también proporciona consuelo a las familias que perdieron a esa persona que fue importante en sus vidas.

Todos vamos a morir, de distintas y de diversas maneras, pero a todos nos llegará ese último momento, y esto no significa que un cuerpo inerte pueda ser tratado con indiferencia. Al contrario, para Deira, “el respeto debe prevalecer en todo momento, sin malas prácticas”. Al estar ejerciendo su profesión, al momento de comenzar a trabajar, Deira habla con los cadáveres; “es como un mantra que tengo, les digo: no te voy a hacer nada malo, lo que voy a hacer es para poder entregar tu cuerpo a tus familiares, así que ayúdame en este proceso para que todo salga bien”.

Ese tipo de conversaciones le ayudan a relajarse y a obtener mejores resultados porque “el respeto debe prevalecer en todo momento, esa persona que está ahí tendida tuvo vida, fue como nosotros, además de que tiene familiares que la están esperando, que la van a extrañar, que están en duelo”, y su labor es ayudar en ese proceso, a que la última despedida sea llevadera.

La tanatopraxia consiste en una serie de técnicas de preservación del cuerpo humano. Este proceso es importante porque retarda el proceso de descomposición de los órganos; de esta manera es como “nosotros logramos conservarlo, y nuestro mejor aliado es el formol, ya que nos ayuda a preparar a la persona mediante diversos procesos químicos y herramientas médicas para mantenerla en las mejores condiciones el mayor tiempo posible”, indica.

Otra parte importante de esta fase es asegurarse de que no haya tejidos que pudieran contaminar el cuerpo y, una vez que está todo en orden, el siguiente paso es corregir algún tipo de lesión del cuerpo, alguna desfiguración en el rostro o en otra parte, sobre todo para minimizar el impacto negativo o de sorpresa desagradable que pudiera generar en los familiares o amigos de la persona fallecida.

Al final, “también nos encargamos de vestir
y de mejorar la apariencia estética de ese cuerpo, dejándolo presentable, para que el recuerdo sea agradable y que los deudos tengan una pronta recuperación”.

Toda esa labor de cuidados se debe realizar con absoluto respeto, sobre todo para brindarle confianza a los familiares, “porque cuando nosotros lo estamos preparando, ellos no saben lo que se le hace al cuerpo”, enfatiza Deira, resaltando la parte ética de su profesión porque, además, nadie tiene derecho a vulnerar la integridad de otro ser humano, no importa si está vivo o muerto, el trato debe ser siempre el más digno.

El respeto

Ejercer esta profesión no te hace inhumano; al contrario, Deira asegura que “te vuelves más sensible al dolor ajeno, más receptiva y empática”. Lo que sí descarta es todo lo que se dice sobre creencias paranormales, esos temas no le asustan, porque los “cadáveres no se mueven, no se levantan, ya no caminan, no gritan,
no hablan”.

Esos movimientos, indica, “son parte natural del proceso de descomposición, ya que un cuerpo sin vida comienza a perder masa muscular, también los tendones pierden tensión y es cuando parecieran tener movimientos, además de que se acumulan gases y comienzan a salir por diferentes partes del cuerpo, pero eso no quiere decir que se estén moviendo de manera consciente”. Por eso ya no se asusta cuando ocurren esos episodios. Lo toma como algo normal, sin salir corriendo o gritar impresionada por lo que presenció.

La única vez que lloró haciendo su labor fue de emoción, “por lo bien de mi trabajo”: recuerda que fue después de entregar el cuerpo de una persona adulta mayor, a quien sus familiares le llevaron una especie de diadema con una flor. Al terminar se la colocó en la cabeza y quedó muy linda; “esa señora tenía una expresión de felicidad, de mucha paz en su último momento, estaba sonriendo”.

Al ver el cuerpo de esa persona, Deira notó que ya no estaba sufriendo. “Sentí que le gustó mi trabajo. Fue una expresión muy distinta, esa señora llegó muy triste porque murió muy rápido a causa de una enfermedad terminal y, a pesar de que no la conocía, estoy segura de que de ahí se fue contenta”.

Por otro lado, uno de los momentos más tristes al realizar su labor fue cuando preparó el cuerpo de un bebé, que nació sin vida por posible negligencia médica, aunque no está segura de que haya sido esa la causa de su muerte prematura. En ese caso, el cuerpo aún no tenía el pigmento bien definido en la piel; “era pequeño, muy
delgado. Además de que los familiares estaban muy tristes”.

En esa ocasión el proceso fue más delicado, porque las arterias y el cuerpo tienden a estar muy flácidos. Tuvo que usar herramientas más pequeñas y así evitar daños considerables. A pesar de eso, el proceso lo realizó con respeto, siendo empática con la situación, sin importar las causas del fallecimiento.

Lo que más disfruta es cuando está realizando los últimos preparativos, es decir, peinando el cabello, colocándoles la ropa, abrochándoles los botones de ser necesario, junto con el proceso de amortajamiento, que consiste en tapar todos los orificios para evitar la salida de cualquier tipo
de líquido.

A pesar de sus años de servicio, ver un cuerpo sin vida en distintas formas todavía le resulta impactante, el olor de un cadáver es muy particular. Son aspectos que no le quitan la sensibilidad ante el dolor humano. Por ello, desde su profesión, actúa siempre con respeto al cuerpo, sin ejercer malas prácticas, porque detrás de todo ello hay personas sufriendo, hay familiares que esperan afligidas y que la están pasando muy mal. En ese sentido, para un tanatopractor, el aspecto digno de un cuerpo muerto es una despedida, sin expresiones de dolor, de sufrimiento. La última imagen de un cadáver debe ser de absoluto reposo, de eterna solemnidad, reflejando en la muerte un proceso natural, de consuelo para sus deudos.

Versión PDF