Cristianismo de la liberación y anticapitalismo radical

- Michael Löwy y Samuel González Contreras* - Saturday, 08 Aug 2026 22:18 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Ante la crisis civilizatoria ya tan evidente en todo el mundo occidental, este artículo recupera algunas de las ideas fundamentales del cristianismo de la liberación en Latinoamérica en general y en México en particular, y afirma: “Existe una valiosa oportunidad de enfrentar esta crisis en la afinidad electiva que liga al cristianismo de la liberación con el anticapitalismo radical.”

 

En memoria de nuestra amada Eleni Varikas

Asistimos a una profunda crisis civilizatoria a nivel global, y una de las pruebas más palpables y punibles es el genocidio palestino. Uno de sus núcleos centrales se encuentra incrustado en una terrible hemorragia ética que experimentan nuestras sociedades: un abismo de valores infernales parece esclavizar nuestra
cotidianidad. La vida se encuentra en el centro
de la afrenta; mientras las mercancías valgan más que las personas, y las vidas de ciertas personas valgan más que otras, no lograremos hacer estallar este terrible campo de exterminio. Existe una valiosa oportunidad de enfrentar esta crisis en la afinidad electiva que liga al cristianismo de la liberación
con el anticapitalismo radical.

Nuestra memoria nos lanza a 1381, cuando miles de campesinos asaltaron la Torre de Londres. Al frente de este alzamiento se encontraba el padre cristiano revolucionario John Ball, celebrado por William Morris como precursor del socialismo moderno. En 1525, miles de campesinos alemanes se levantaron en armas para combatir al Imperio, a los príncipes y a la servidumbre feudal. Su inspirador era un teólogo anabaptista disidente: Thomas Müntzer.

En 1525, Müntzer encabezó un ejército de siete mil campesinos que enfrentó a los príncipes en Frankenhausen. La batalla tuvo lugar el 15 de mayo: mal equipados e inexpertos, las y los campesinos fueron masacrados por un conjunto de ejércitos aristocráticos compuestos por mercenarios. El teólogo fue capturado. Tras ser torturado, fue decapitado en Mühlhausen (Turingia), ante la alta nobleza. Su cabeza fue expuesta en las murallas de la ciudad. Ese final aguardó también para uno de los primeros dirigentes de la Independencia de México, el padre Hidalgo.

Friedrich Engels declara su admiración por el profeta milenarista en su libro La guerra de los campesinos en Alemania, cuyas ideas describe como “casi comunistas” y “religiosas revolucionarias”. Para Thomas Müntzer, escribe Engels, “el reino de Dios no era otra cosa que una sociedad en la que ya no habría diferencias de clases, ni propiedad privada, ni poder estatal ajeno, autónomo, que se opusiera a los miembros de la sociedad”. Las Iglesias cristianas dominantes ‒católicas o protestantes‒ apoyaron a los príncipes en contra de Müntzer incluyendo a Lutero, y continuaron ejerciendo su papel contrarrevolucionario en el futuro. Pero no dejaron de existir, durante estos cinco siglos, herederos y herederas de la teología revolucionaria, por ejemplo, los Diggers en la Revolución Inglesa del siglo XVII, el cura Jacques Roux en la Revolución Francesa… hasta el grupo cristiano La Rosa Blanca de Múnich cuyos miembros, en 1943, se resistieron al nazismo y sufrieron el mismo destino que Müntzer.

Cristianismo de la liberación

En América Latina, durante el siglo XX surgió un movimiento cristiano radical. Se suele hablar de “teología de la liberación”. Esta es sólo la punta visible de un iceberg, una de las dimensiones de un amplio movimiento socio-religioso, surgido diez años antes de los primeros escritos de este hermoso semillero, al cual proponemos designar justamente con el término cristianismo de la liberación. Su origen se puede situar en los inicios de los años sesenta del siglo anterior, cuando surge en Brasil una “izquierda católica” de tipo nuevo, que constituye la primera manifestación de este amplio movimiento que se va extender por toda América Latina en el curso de esa década.

Se trató de un conjunto de prácticas que se tradujeron en el compromiso de cristianos con la lucha de emancipación de las y los pobres, organizados en comunidades eclesiales de base (CEBs), pastorales populares, estructuras de la Acción Católica como la JUC (Juventud Universitaria Cristiana), la JEC (Juventud Estudiantil Cristiana) y la JOC (Juventud Obrera Cristiana) y movimientos de educación de base. La pobreza es una preocupación fundamental para la Iglesia católica, pero ya no se trata de considerar al pobre como objeto de ayuda, protección o caridad, sino como sujeto histórico y actor de su propia liberación.

El cristianismo de la liberación surge en América Latina como resultado de una constelación histórica particular. En 1960 se cruzaron dos procesos históricos, cuyos efectos resultaron convergentes: I) La transformación interna de la Iglesia católica, como la elección del Papa Juan XXIII en 1958 y los primeros pasos en dirección al Concilio Vaticano II, que modificaron sustancialmente la cultura católica; II) El triunfo de la Revolución Cubana (1959) ‒como un programa antiimperialista y, luego, socialista‒ que inaugura un ciclo de luchas sociales, guerrillas e insurrecciones.

El marxismo de las y los cristianos de la liberación, tal como aparece por ejemplo en los documentos de la JUC brasileña en 1960-62, se distingue del entonces predominante Partido Comunista Brasileño, no sólo por su cristianismo, sino por la radicalidad de su anticapitalismo: el capitalismo es rechazado como sistema perverso, como “estructura monstruosa, basada en un conjunto de abusos, explotaciones y crímenes en contra la dignidad humana”. Estos cristianos radicales son herederos de John Ball (1381) quien proclamaba que, al ser todos y todas hijos e hijas de dios, deberíamos ostentar el acceso igualitario a los bienes existentes, echando abajo las jerarquías sociales basadas en la distinción entre siervos y señores.

Los cristianos de la liberación se opusieron
al golpe militar en 1964, que fue apoyado por
la jerarquía de la Iglesia. Pero a partir de 1970 la Iglesia se colocó en oposición a la dictadura. En los años setenta, varias declaraciones de obispos no sólo critican el régimen militar, sino al mismo sistema capitalista. Estos documentos fueron preparados por teólogos, agentes de la pastoral y cientistas sociales cristianos. Dos documentos episcopales regionales de 1973 son particularmente impresionantes. El primero, firmado por los obispos y superiores de las órdenes religiosas de la Región Centro-Occidental de Brasil, tiene por título La marginalización de un pueblo. Desarrolla todo un análisis crítico de la situación de Brasil, en el cuadro del capitalismo dependiente, multiplicando las referencias a Paulo VI y a los Sínodos de la Iglesia, para concluir: “Necesitamos vencer al capitalismo. Él es el mal mayor, el pecado acumulado, la raíz podrida, el árbol que produce estos frutos que conocemos: la pobreza, el hambre, las enfermedades y la muerte de la gran mayoría. Para eso es preciso que la propiedad de los medios de producción (de las fábricas, de la tierra, del comercio, de las bancas, de las fuentes de crédito) sea superada. En cuanto unos pocos son los propietarios de estos sitios y medios de trabajo, la gran mayoría del pueblo seguirá siendo utilizada y no tendrá oportunidad.”

La declaración de los Obispos de la Región Nordeste de Brasil, o los clamores de mi pueblo, reclama: “Las estructuras económicas y sociales en Brasil están edificadas sobre la opresión y la injusticia que resultan de una situación del capitalismo dependiente de los grandes centros internacionales (…) La injusticia generada en esta situación tiene su fundamento en las relaciones capitalistas de producción, que necesariamente dan origen a una sociedad de clases, caracterizada por la discriminación […] La clase dominada no tiene otra salida para liberarse, sino por la larga y difícil caminata, ya en curso, en favor de la propiedad social de los medios de producción.” ¡El documento es firmado por trece obispos y arzobispos!, entre los cuales figuran Helder Cámara, Antonio Batista Fragoso y José María Pires.

“Lo más importante es la liberación, no la teología”

En México, otra fuente sustantiva y vigorosa de este oleaje, la diócesis de Cuernavaca, dirigida por Sergio Méndez Arceo, se solidarizó con los herederos del zapatismo revolucionario. Lo mismo sucedería en Chiapas: don Samuel Ruiz fue el vocero de diversas demandas indígenas que, simultáneamente, dieron lugar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). En una entrevista en que le preguntaron si estaba con la teología de la liberación, contesto: “Sí, por supuesto. Pero para mí lo más importante es la liberación, no la teología” Decenas de miles de personas se formaron en esa noble vocación, cristiana y revolucionaria simultáneamente. Toda América Latina fue sacudida por esta tendencia, que tuvo numerosos mártires, empezando por Camilo Torres.

Algunos teólogos de la liberación, confrontados con el neoliberalismo, orientaron su crítica al terreno de la economía, entre ellos Hugo Assmann y un coreano-brasileño, Jung Mo Sung. Les interesaba la analogía entre el combate bíblico en contra de los ídolos y la crítica marxista del fetichismo de la mercancía. El fondo de este largo recuento es una polémica teológica en contra de la idolatría del dios dinero (Mammón).

La cuestión no es oponer el ateísmo a la religión, sino lograr posicionar a la vida por encima de las mercancías. Eso nos ubica sobre una posición ecuménica, es decir, en la postulación y reconocimiento de una amplia pluralidad religiosa y política, cuya convergencia recaería en una postura ética y política capaz de colocarnos del lado de las luchas sociales que reivindican un nuevo mundo posible. Resulta de suma valía la convergencia entre el cristianismo revolucionario y el anticapitalismo radical en la transformación de nuestras sociedades l

* Michael Löwy es Director de investigación emérito del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). Autor de numerosos libros, entre ellos Ecosocialismo, La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista.

Samuel González Contreras es filósofo, escritor y promotor cultural, autor de diversos artículos y del libro Un abrigo bordado de estrellas, Fundación Rosa Luxemburgo y La Brigada Para Leer en Libertad.

 

 

 

Sergio Méndez Arceo,un intelectual en el púlpito


Probablemente, Sergio Méndez Arceo, durante todo el siglo xx, fue el sacerdote católico que protagonizó uno de los más intensos virajes ideológicos en México: transitó desde el más férreo conservadurismo hasta una innegable militancia progresista. Carlos Sergio Méndez Arceo, el menor de los doce hijos de David Méndez y Dolores Arceo, nació el 28 de octubre de 1907. A sus trece años, aquel adolescente ingresó al Seminario Conciliar de México, institución en donde permaneció hasta 1927, año en que fue enviado al extranjero. En Europa fue estudiante de la Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo el doctorado en Historia Eclesiástica. Allí también aprendió teología y filosofía.

Hasta aquí, su biografía no presagiaba ningún giro inesperado. El 28 de octubre de 1934, aún en Roma, Sergio Méndez Arceo fue ordenado sacerdote. Tras sus años formativos en el Viejo Continente, el 30 de abril de 1952 recibió un nombramiento que marcaría el destino de sus próximas tres décadas de vida: le fue asignada la diócesis de Cuernavaca. Una vez al frente de dicho distrito, el obispo encarnó una profunda transformación no sólo en su praxis sacerdotal, sino también en los modos en que los feligreses experimentarían el contacto con la fe católica. Bajo su conducción, la diócesis de Cuernavaca fue el epicentro de una revolución en la vida intelectual, social y religiosa en Morelos.

Desde la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Méndez Arceo permitió que se mantuvieran con vitalidad los idearios de justicia social de Emiliano Zapata y Rubén Jaramillo. Asimismo, tan sólo unos pocos días antes de la masacre estudiantil perpetrada en Tlatelolco, el 29 de septiembre de 1968, el obispo mexicano criticó el proceder represivo del Estado mexicano. Para entonces, esta figura eclesiástica ya había retornado del Concilio Vaticano II (1962-1965), junta convocada por el papa Juan XXIII, desde la cual emergió un postulado que cimbró al edificio católico: la opción por los pobres. En otras palabras, mismas que materializó el propio Méndez Arceo: aproximar la Iglesia al pueblo.

Si bien no fue uno de sus fundadores, el obispo de Cuernavaca sí impulsó la denominada Teología de la Liberación, movimiento comprometido con la justicia social. Así se entiende el apoyo que Méndez Arceo demostró hacia la Revolución cubana, además de su asistencia, en 1972, al Primer Encuentro Latinoamericano “Cristianos por el socialismo”, organizado en Chile. Finalmente debe mencionarse su diálogo con intelectuales como Pablo González Casanova y los religiosos Ernesto Cardenal e Iván Illich, este último fundador del Centro Intercultural de Documentación, institución de pensamiento y debate crítico instaurada en 1961, precisamente en Cuernavaca.

Hay un par de datos más que permiten ver, de cuerpo entero, la figura ideológica, política y social de Sergio Méndez Arceo: apoyó el abordaje psicoanalítico dentro del convento benedictino de Santa María de la Resurrección, bajo la organización del sacerdote Gregorio Lemercier. Además, permitió que se oxigenara la principal celebración litúrgica de la Iglesia católica: en la conocida como Misa Panamericana, oficiada el domingo 17 de abril de 1966 en Cuernavaca, un mariachi participó en dicho acto. Allí, conjuntamente al innovador elemento ligado a la música popular, Méndez Arceo hizo realidad la renovación litúrgica latinoamericana que tanto buscó implementar a partir de su nombramiento como obispo de Cuernavaca.

Fallecido el 5 de febrero de 1992, los detractores de este hombre de fe acuñaron el apodo que, seguramente sin intuirlo, dotó a Méndez Arceo de un sello indeleble de cara al futuro: el Obispo rojo, aquel cuyas reflexiones y acciones pastorales han marcado un legado no sólo religioso, sino ético ante las diversas injusticias que continúan ocurriendo en el mundo.

 

 

 

Samuel Ruiz, el faro y la brújula


El itinerario intelectual de Samuel Ruiz García comenzó en el Seminario Conciliar de León, Guanajuato. Más tarde estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana, en donde obtuvo el grado de doctor en Teología. En 1949 fue ordenado sacerdote y, una década después, asumió la responsabilidad de encabezar la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Nacido en Irapuato el 3 de noviembre de 1924, al contar con treinta y cinco años alcanzó el estatus de obispo, responsabilidad desde donde atestiguó un giro de 180 grados en su función eclesiástica.

En sus comienzos religiosos, Samuel Ruiz protagonizó un posicionamiento tradicional sobre la evangelización; no obstante, tras vivir diversas experiencias con comunidades indígenas, particularmente tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales, gradualmente fue modificando su postura: transitó de una Iglesia entendida principalmente como administradora de sacramentos, a una Iglesia vinculada a la vida cotidiana de los pueblos indígenas.

Dos eventos fundamentales influyeron en el viraje de su visión religiosa: el Concilio Vaticano II (1962-1965) y las reflexiones emanadas de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Medellín, celebrada en 1968. Ambos pasajes dotaron de argumentos suficientes al obispo para implementar las siguientes acciones en la diócesis a su cargo: formar catequistas indígenas, traducir escritos religiosos a lenguas originarias, conformar comunidades eclesiales de base y una pastoral enfocada en la dignidad de los pueblos indígenas.

A diferencia de la visión predominantemente colonial propia del catolicismo en América Latina, la mirada de Samuel Ruiz enarboló una praxis que reconocía la capacidad de agencia de las comunidades indígenas, pues los consideraba integrantes activos de la Iglesia. En diálogo con la teología de la liberación y la filosofía de la liberación, Tatic (padre, en tzeltal maya), tal como era conocido en las comunidades indígenas chiapanecas, encarnó una genuina preocupación ante la pobreza y frente a la injusticia social.

Mientras él estuvo al frente, la diócesis de San Cristóbal mostró un rostro humano con respecto a las comunidades indígenas que padecían diversos agravios históricos, tales como los altos niveles de pobreza extrema, el saqueo de sus recursos naturales y el despojo de sus territorios, así como conflictos agrarios y procesos de múltiples violencias capitalistas y colonialistas. En respuesta a la profundización de las problemáticas indígenas en Chiapas, Samuel Ruiz fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, en 1989.

En el tramo final de sus funciones como obispo, el levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 irrumpió en la realidad chiapaneca y nacional. Así, el combate emprendido por Samuel Ruiz contra las injusticias padecidas por los pueblos originarios, con el alzamiento armado se transformó en un reclamo ensordecedor proveniente de una guerrilla integrada, mayoritariamente, por indígenas. Aquel “¡Ya basta!” emanado de la Primera Declaración de la Selva Lacandona, suscrita por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, halló resonancias en la praxis del obispo de San Cristóbal de Las Casas.

Cuando la sociedad civil salió a las calles y demandó el fin del enfrentamiento entre el
Ejército mexicano y el EZLN, tanto el gobierno federal como el grupo insurrecto aceptaron al obispo como mediador, pues contaba con autoridad moral y vasto conocimiento sobre la región en conflicto. Así, Samuel Ruiz presidió la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), creada en 1994 con el fin de alcanzar la paz.

Al comenzar el siglo XXI, el obispo presentó su renuncia al cargo episcopal en San Cristóbal de Las Casas al alcanzar la edad canónica de retiro. Falleció el 24 de enero de 2011, pero su legado permanece a manera de faro y brújula para quienes defienden la dignidad y la justicia de los pueblos indígenas en Latinoamérica.

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