Cinexcusas / Crisis vitales y otros aspiracionales
- Luis Tovar @luistovars - Saturday, 08 Aug 2026 22:36
Con ocho largoficciones dirigidos en dos décadas y fracción –cuatro de ellos coescritos con alguien más–, desde 2004 a la fecha el argentino Juan Taratuto (Buenos Aires, 1971) se ha construido una fama bien ganada de realizador comercialmente exitoso, por un lado, y por otro que casi por definición va asociado al referido éxito, la fama también muy merecida de cineasta poco o nulamente dado a nada que se aproxime siquiera a profundidad, complejidad y otras dades.
No hay nada entre los dos (2026), su más reciente producto –este último vocablo deliberadamente utilizado–, demuestra sobradamente lo antedicho porque la cinta, todo lo más, es un breve y por lo tanto no concluyente catálogo de cuanto lugar común sea dable concebir en torno a eso que algunos llaman “la crisis de la mediana edad”, es decir la vivida por quienes frisan o de plano transitan cuatro décadas de vida. En esta No hay nada…, que por alguna razón incomprensible para este juntapalabras sus productores y promocionantes han querido definir como comedia romántica, cuando en realidad lo único que se puede ver es la segunda parte del binomio, quienes están a cargo de encarnar la tal crisis son la uruguaya-argentina Natalia Oreiro y el mexicano Gael García Bernal, en los respectivos personajes de Mechi y Guillermo. Éstos, a su vez, fueron perfilados con unas tijeras asaz utilizadas en la confección fílmica de cualquier parte del mundo pero, a juzgar por una buena cantidad de filmes recientes, sobre todo en Latinoamérica y, de ella, México en especial.
Las mencionadas tijeras manifiestan la clara limitación de que obviando variantes insustanciales de tan mínimas, todos los personajes le salen igualitos: han de pertenecer a una clase media sin asomo alguno de apremios económicos; han de ejercer oficios y puestos laborales que no sólo les brindan estabilidad y de repente uno que otro lujo y privilegio, sino igualmente cierto prestigio social; han de ser morfológica y fenotípicamente agraciados, entendiéndose lo último como el ajustamiento al molde occidenteneoliberal de belleza física, y last but not least, por consecuencia diríase “natural” han de funcionar como espejo del segmento social con tanta eficacia encarnado, o bien como peldaño deseable para los segmentos sociales inmediatos inferiores, en virtud de eso que la técnica publicitaria llama “aspiracional”, por cierto, algo de lo cual Taratuto sabe un buen rato, dedicado y premiado desde sus inicios profesionales en el ámbito de la publicidad.
Así pues, Mechi y Guillermo son dos cuarentones más bien poco avejentados, bien acomodados a sus rutinas cotidianas, aburridos más de sí mismos que de su entorno social y afectivo –ella, esposo e hija medio antípodas a ella por soñadores, anarquizantes, desordenados y poco productivos, todo entre comillas; él, paterfamilias con esposa e hijo más para la foto y el evento familiosocial que para el afecto–, que por noimportalarrazón sino que suceda, viven un intersticio inesperado que los mueve, en la parte más predecible de la trama, a la infidelidad sexual primero y a la emocional inmediatamente después pero poquito, pues en ningún momento hay posibilidades, ni siquiera deseadas y menos aún planteadas, de darle un verdadero vuelco a sus respectivas vidasrutina: cuando el encierro involuntario por un viaje laboral termine, aunque se divorcie –cosa que ya tenía planeada de antemano–, ella ha de regresar a su Buenos Aires de marido feo y sin dinero pero querendón e hija chocanteadolescente pero tolerable, y él volverá a su Ciudad de México que es su redil de suegro todolopuede, esposa
que ni se las huele e hijo ayuniorado que ni fu ni fa.
No hay nada… sí, pero más bien nada como ir al original en términos conceptuales, que en este caso y de manera palmaria sería Los puentes de Madison, donde el amorío fugaz, subrepticio y subterfúgico es bastante más intenso, denso en el buen sentido y de muy mayor alcance que esta convencional mirada a la tal crisis de la mediana edad.