Bemol sostenido / JazzUV, fábrica de autores
- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 08 Aug 2026 22:48
El Centro de Estudios de Jazz de la Universidad Veracruzana nació en Xalapa, en febrero de 2008. Nadie en aquel momento imaginó que casi dos décadas después estaría liderando el mapa creativo de la música mexicana. Su propósito de inicio era claro: ofrecer formación profesional en un género que, pese a su enorme influencia en los sonidos populares, ha estado en los márgenes de nuestra educación superior. En otras palabras, el jazz no debía sentarse en un repertorio congelado sino abrirse a una nueva forma de escuchar, improvisar y dialogar con la cultura propia. Tal idea, impulsada originalmente por Edgar Dorantes ‒fortalecida con la participación de músicos como Agustín Bernal y Gabriel Puentes‒, se convirtió en un movimiento cultural cuya influencia hoy rebasa las fronteras de Xalapa, Veracruz y México.
Modelo infrecuente en Latinoamérica, además de su licenciatura especializada, JazzUV organizó festivales, residencias, clases magistrales y un cuerpo docente de prestigio. Su mayor logro, empero, fue formar músicos capaces de pensar con libertad. En sus aulas conviven el bebop y el son, la música contemporánea y la canción popular, la improvisación y las tradiciones regionales. Ello produjo algo que ya resulta evidente: la escuela de jazz pasó a ser un laboratorio esencial de nuestro paisaje sonoro. ¿Ejemplo de sus frutos? Lectora, lector, busque por favor a estas egresadas para comprender el nivel de semejante impulso.
Silvana Estrada, cuya técnica vocal se elevó sin perder raíz, hasta convertirse en una de las cantautoras jarochas con mayor reconocimiento internacional. Fuensanta Méndez, hoy avecindada en Ámsterdam, cuya búsqueda poética y sonora diluye fronteras entre jazz, música de cámara y canción. Lucía Gutiérrez, quien desde Nueva York propone un puente entre los grandes repertorios del Real Book y del son. Valentina Marentes, quien vincula lo tradicional con el pop y el rock, en otra vertiente de esa misma generación, la de quienes sueñan canciones sin renunciar al riesgo, respetando el pasado pero priorizando su voz.
Así, no es casual que tantos músicos surgidos de JazzUV terminaran escribiendo piezas originales. La institución les enseñó a improvisar, pero también a pensar con identidad. Un fenómeno que puede observarse, verbigracia, en el caso de Ik’ Balam, quien modificó el requinto jarocho para navegar el lenguaje del jazz a través de una investigación académica que abrió caminos inéditos en la herencia veracruzana.
Allí la aportación mayúscula de JazzUV: demostrar que ni el jazz ni la música clásica obligan a abandonar raíces y que, por el contrario, pueden ampliar posibilidades expresivas. Dicho ello, más que fabricar jazzistas ortodoxos, esta institución ha formado profesionales con capacidad autoral, dejando ver que los colegios de arte pueden ser espacios donde la tradición no se memorice desde su quietud solemne, sino desde un rigor imaginante y cotidiano.
Para concluir ‒e invitarle a esas escuchas relevantes‒, no piense en la estadística convencional de años, festivales o actividades pedagógicas, sino en la cantidad de músicos que gracias a JazzUV escriben actualmente música instrumental o canciones con seguridad y autonomía. Acuerde con nosotros, entonces, que en tiempos de fórmulas repetidas esa es una de las contribuciones culturales más valiosas que cualquier escuela pueda hacer por la música mexicana. ¿Le parece? Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.