Una escala de gritos adormecidos: la poesía de Ida Vallerugo
- - Saturday, 01 Aug 2026 21:44
I
da Vallerugo vive en “esa escala de gritos adormecidos” que es para ella el pueblo de Meduno (Pordenone), donde nació en 1946 y donde trabajó como maestra de escuela primaria. Debutó con una colección de poemas en italiano, La porta dipinta (Pan Editrice, Milán 1968), seguida en 1972 por Interrogatorio (Quaderni del Collettivo R., Florencia 1972). Pero no fue sino hasta 1979, tras la muerte de su abuela, cuando eligió el idioma friulano para su poesía. Así nacieron las colecciones Maa Onda (1997), Figurae (2001) y Mistral (2010). En 2004, Franco Loi propuso una pequeña pero importante antología de poemas de Vallerugo en Nuovi poeti italiani (Einaudi, Turín). En 2013 se publicó Stanza di confine (en italiano), con prefacio de Pierluigi Cappello.
La poesía de Ida Vallerugo habla de encantamientos, sueños, memoria, mito, pérdidas, pasiones, travesuras y más: sus guaridas profundas parecen moradas oscuras, y sin embargo manan luz. Su pueblo natal y de toda la vida es Meduno, en el Friuli que colinda con Austria y Eslovenia, y que tiene no un dialecto, sino un idioma propio, el friulano (diferencia más política que lingüística, ya que los dialectos son idiomas sin pasaporte, por decirlo así). El friulano es una lengua romance, vale decir derivada del latín, que tiene un sustrato celta, aportaciones eslavas, vénetas y alemanas, y pertenece al mismo grupo del ladino dolomítico y del romanche suizo de los Grisones (grupo retorrománico o retoromancio): en ese idioma escribieron también poetas del calibre de Pier Paolo Pasolini, Amedeo Giacomini y Pierluigi Cappello.
Ida Vallerugo usa tanto el italiano como el friulano, pero en este segundo idioma –que para ella es el primero, ya que se trata del materno, o mejor aún del idioma de su abuela, una figura muy importante en su trabajo creativo– ha logrado resultados de excelencia. Como se puede apreciar también en los textos que proponemos aquí, no sólo no hay costumbrismo o lamento por un presunto idilio campestre añorado o perdido, por ejemplo, sino que la poeta fuerza los límites del lenguaje hacia un dictado intenso y expresionista, acumula palabras que a veces no tienen relación sintáctica entre ellas (pero sí emotiva), inventa visiones que surgen de la observación directa y paciente de la naturaleza, pero llegan hasta ese fondo misterioso que llamamos “alma”. Es así que la voz poética de una mujer que vive aislada en un pueblito de montaña del norte de Italia logra bajar de los Alpes para volverse potencialmente cosmopolita.
Stefano Strazzabosco
La noticia
Corría en el sueño.
Llevaba a la ciudad en espera la noticia de la batalla.
Yo corría en el pecho de todos.
Repentina la caída. El extravío.
“Basta un respiro”, me dice la sombra radiante
inclinada sobre mí, familiar. “Sigue ahora.”
No recuerdo si vencimos o perdimos.
“Es ésta la noticia por llevar.”
Cerezo
Después de muchos, muchos años,
me ha encantado largamente un cerezo.
Y me maravillo de mí, de esta infancia, andando.
Trato de imaginar ese estupor.
No lo logro. No lo logro.
Y sin embargo él también vive de aire.
Ha pasado el viento.
Nieve
Quieto dormitorio al lado de la nada.
Un lugar, el mundo,
sirven también para salir de ellos.
Pero tú, muerta, me fuerzas
a continuar desgarrando el infierno
con una azada de vidrio
y una trompeta barroca,
y sin embargo creer, creer,
creer aún en esa cosa
sepultada que se llama poesía.
Por ti yo vuelvo a escribir en mayo
una poesía acerca de la nieve
que allanará pronto los lineamientos
de Meduno, del mundo,
su memoria suave salvaje.
Escucha, comienza así.
la nieve,
sus huesos de luz, la forma perfecta, la fuerza esplendor
la nieve sólo tiene nuestros ojos
para verse.
La poesía
Duerme, me digo. A ella la sientes llamar
aun en el sueño. Sale de ti, luego se finge en la puerta.
Luego de años de ausencia vuelve de repente,
pregunta dónde dejó la bufanda
y que la siga sin muchas preguntas.
Vivir no es esto. Pero sin ella no hay vida.
Y quiere ser esperada.
“¿Como dios?”, me pregunta el vendedor árabe
del cuadro, hoy no ha vendido nada, ha apagado la lámpara
en la entrada de la tienda. Los animales duermen.
Se dispone a escrutar las estrellas, él, y a postrarse.
“¿Como dios?”, insiste desde su silencio grande.
Ella vive y muere en esta corteza.
Coloquio
No miro Meduno en el sueño
tu chaqueta, prado, por ti mi sitio,
o si apremia algún posible día
¿cómo decirte? Es un sentir alejarse,
regresar en las cosas y aquí en la puerta decir que nos precedemos
tanto nosotros que nos esperamos más allá de cada noche,
cada oscurecimiento, si aquí tu luz está encendida
si aprietas tu sentido de la vida.
Ser mirada. No sentir.
Toda mi oscuridad tú ocupas ahora.
Alzas lento la cabeza, por mí tú la levantas,
aquí y en el antitiempo la levantas, la tórtola no la dobla
más en el pecho. Tú, que estás aquí y eres universo,
que eres sólo añoranza, padre, también del dolor.
Ser nadie pero en esta puerta. Y sólo cuando la vida
se vuelve estupor. Esta pobreza mía
que te aleja, ¿por qué no veo el salto?
Te miras en mí, espejo que no se deforma,
posibilidad de otro día
y el mundo me tiembla en los ojos.
Está aquí, y no sin nosotros, el día.
Frente al mundo
Otra vez cara a cara mundo
y quería llevarte una fruta de invernadero
mas tú también tienes las manos vacías.
Pero tal vez no tengo los regalos justos para ti mundo
y tal vez de mí nada esperas. ¿Y cuándo esperas
lo inútil tú? ¿Y cuándo lo inútil por esto
se desespera? Yo te amo, mundo, pero de ti no me cuido.
Y nos abrazaremos, nosotros, y no entre los cables
de la ciudad hundida o en la memoria
de un largo místico invierno
y no con palabras muertas charlaremos,
que cuando un amante habla, el otro todo
comprende y ama y eso y sólo eso quiere oír.
Y no me miro en la piel de la muda
sobre el escalón del templo abandonado.
Ni en aquellas blancas gravas bajo la luna.
Ánforas
Has vuelto a casa con dos vasos comprados en el kiosko.
Parecen ánforas pero truncadas
donde más se distiende el grano, el vino.
Parecen las ánforas unos cuadros
que pintaste de muchacho. En silencio las pusiste
sobre la mesa, con calma, seguridad. Un gesto definitivo.
“Voy a dormir”, dijiste.
Y seguí tu cabeza desaparecer en la curva de las escaleras,
presagio de aquella curva del tiempo
donde el tiempo se distiende y no hay resaca, sonido.
Sólo el correr confuso de amor en las riberas.
Versiones de Marco Antonio Campos y Stefano Strazzabosco.