Historia, memoria y nuevas formas de dominación. Entrevista con Mario Rufer
- Mario Bravo - Saturday, 01 Aug 2026 21:48
Occidente patentó la idea del pasado como una temporalidad finalizada e irrepetible. Aquello que alguna vez fue –nos dice la Historia– debe ser buscado y hallado con la mirada puesta en el espejo retrovisor. Tramposamente, en nuestros primeros años escolares nos inculcan que la historia es útil sólo para comprender de dónde provenimos como sociedades. Nunca se dice palabra alguna sobre la presencia viva, en el hoy, de eso que supuestamente pertenece al pretérito. En este hemisferio del planeta, la Historia funge más como obituario o amarillenta enciclopedia, obviando su potencial para convertirse en mapa que señale senderos actuales.
El politólogo Benedict Anderson argumentó que la nación es “una comunidad política imaginada […] porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”. La Historia como disciplina abona en la producción de esa identidad presuntamente homogénea, borrando del relato aquello que no merece figurar en la narración del país. Esos faltantes encarnan el papel de outsiders, enemigos o extranjeros… sujetos desechables de
la patria.
¿Quién cuenta la historia de nuestro pasado nacional? ¿Qué se borra en ese relato? Las memorias indígenas transmitidas mediante la oralidad, la letra de una canción popular o las festividades rurales, ¿acaso no construyen también la Historia misma? Estas interrogantes guían la siguiente conversación.
Cuerpos racializados
‒En el México actual, la Conquista no es algo clausurado ni una mera etapa exclusiva del siglo XVI. Mario Rufer afirma que, hoy en día, existe una estructura de conquistualidad perviviendo como una herida aparentemente cicatrizada, que vuelve a abrirse sin dificultad ante repeticiones de un pasado aparentemente superado.
–Esa noción es de la antropóloga Rita Segato –precisa Rufer–. Hace años, en un desayuno, hablábamos de lo complicado que era permanecer en la categoría colonialidad. En un momento, ella dijo: “Quizás tengamos que pensar en que lo perdurable no es la colonia como matriz, sino la conquista como acción sobre los cuerpos y los territorios”, y agregó: “Más que colonialidad, estamos ante un fenómeno de conquistualidad.”
‒¿Cómo entender ese término que nos hace dudar acerca de la separación entre pasado y presente? Rufer explica de qué manera la conquistualidad habita en nuestros días arrebatándole territorios a ciertas comunidades, tal como en el siglo XVI:
–Existen formas de repetición diferida o iteraciones de fórmulas específicas de despojo sobre ciertos cuerpos racializados, no blancos, cuerpos de mujer o feminizados. Eso actúa sobre un lugar preciso en el cual no rige el derecho, la ley ni tampoco lo que hemos aprehendido como república. En comunidades indígenas, donde existen recursos naturales como el litio o el gas, los Estados-nación posibilitan que el derecho sea dúctil, y se pase por encima de esas tierras y sobre los derechos adquiridos.
Cuerpos obedientes
Stuart Hall, teórico cultural jamaiquino, alguna vez señaló que “las naciones no sólo surgen, también se forman. Más aún, las identidades nacionales no son atributos con los que nacemos, sino que se forman y transforman dentro de los discursos y de otros sistemas de representación”. Pensar los nacionalismos permite preguntarnos cómo ciertas poblaciones han sido incluidas en el relato social. Los pueblos originarios, por ejemplo, son admitidos dentro de la nación si el indígena en cuestión posee rasgos de mansedumbre e ingenuidad. Mario Rufer explica esta peculiar manera en que el racismo, emanado de la Conquista, se actualiza en pleno siglo XXI:
–El orden multicultural introdujo una idea aparentemente inocua y sencilla: existen órdenes culturales que deben ser respetados, tolerados, admitidos y, a veces, admirados. El problema es que la forma de dominación contemporánea unió dos aspectos. En los mismos cuerpos y espacios en donde hallamos la posibilidad de ser reconocidos y admirados culturalmente, allí también se implanta una necesidad: ¡Esos mismos espacios y cuerpos deben ser obedientes! Cuando esos sujetos plantean “¡queremos avanzar sobre aquello que el Estado nación nos quitó!”, procede entonces su radical e inmediato cambio: ya no son los sujetos reconocibles en el espacio de la cultura, sino que son vistos como terroristas y violentos.
El profesor Rufer aporta un ejemplo de su natal Argentina, específicamente sobre los mapuches:
–En la frontera con el Lago Mascardi, en 2017, se les reconocieron derechos culturales en la Legislatura Provincial. Hubo una ceremonia, pero, a los quince días la Gendarmería Nacional ingresó en el territorio de esa misma comunidad, los reprimió brutalmente y los expulsó de tierras ancestrales por violación a la propiedad privada. Patricia Bullrich, secretaria de Seguridad bajo el gobierno de Mauricio Macri, dijo a la prensa: “Una cosa son los derechos culturales, y otra cosa son los fundamentos de nuestra República que tanta sangre nos costaron.”
Hoy, el problema es que la conquistualidad se rige en ese dispositivo: “te reconocemos y eres parte de la nación, siempre y cuando se cumpla el guion de tu pacificación”, reflexiona Rufer al argumentar cómo la Conquista se repite, en clave de despojo, en el presente.
Desapariciones forzadas
El catedrático evoca al francés Michel de Certeau: “La Historia piensa que el pasado está al lado del presente”. Y agrega:
–En cambio, para el psicoanálisis, el pasado está en el presente. Debemos entender esa copresencia. La historia no ha podido pensar la repetición diferida, por ejemplo: el fenómeno de la desaparición forzada en México, Argentina, Guatemala o Perú. Eso no puede pensarse como un fenómeno aislado y discreto, inventado en un momento específico excepcional. En historia, una cosa es la especificidad y otra la excepcionalidad. Si quisiéramos analizar las desapariciones forzadas en el sexenio de Felipe Calderón, hallaríamos entonces ciertas especificidades. Hemos sido incapaces de pensar que las matrices de nuestros Estados nacionales son desaparecedoras.
Rufer invita a conectar sucesos como la Campaña del Desierto en Argentina –acción militar que posibilitó los asesinatos de miles de indígenas en la segunda mitad del siglo XIX– con las desapariciones durante la dictadura militar padecida de 1976 a 1983 en Argentina: “No es que un suceso y otro sean idénticos ni estamos hablando del mismo acontecimiento, sino que necesitan
ser conectados para entender nuestra condición histórica.”
No solemnizar a la memoria
–Según sus reflexiones, en América Latina existe un monopolio de quiénes y con qué fines edifican el pasado. Si la historiografía no desanudará tal conflicto, ¿la memoria sería la encargada de deshacer ese entuerto?
–Creo que sí. La memoria no es un mandato ni una pedagogía, sino una decisión política cuando hablamos de memoria pública, colectiva y social. La producción historiográfica es sólo una forma de producción de historia. Todos estamos mediados por dicha disciplina, todos la estudiamos en la escuela y eso no es casual: la historia sostiene el discurso de la soberanía del Estado.
Acerca de construir memorias que alimenten diversas narrativas históricas en México, Rufer mira un riesgo en tan urgente labor:
–Celebro infinitamente la fortaleza que comienzan a tener la agenda, los discursos y los estudios de la memoria, siempre y cuando no caigamos en el error de solemnizarla. Cuando uno dice que la memoria correcta es una y no más… ¡Ahí todo se va al carajo! Eso es lo que pasa en Argentina. No sólo se trata de que un loco accedió a la presidencia de la República y niega a los desaparecidos [dice refiriéndose a Javier Milei]. También ocurrió que hubo una fuerte condensación sobre la existencia de una memoria a privilegiarse.
Pregunta incómoda
–Artefactos culturales como el filme Argentina 1985, ¿qué abonan en la disputa entre conquistualidad y memorias?
–Esa película la necesitábamos. Para muchos jóvenes fue una oportunidad para conocer que sí ocurrió un juicio a los militares. Lamentablemente, estos discursos quedan en una franja específica de la población. En las últimas décadas nos equivocamos en una cosa al operar los dispositivos culturales de memoria: evangelizamos a quienes ya estaban evangelizados. Como dice una amiga: “Nos dedicamos a dar la misa de espaldas y en latín.”
–La desmemoria trabaja rápido…
–Sí. Para contrarrestarla necesitas interrogantes políticas de verdad, no que sean preguntas evangelizadoras donde te explicaré qué fue la dictadura. Es un deber colectivo de escucha, pero la memoria necesita de la pregunta incómoda… de eso que, a veces, no estamos dispuestos a oír. Pensemos de qué modo hacemos que el Estado complejice su noción de soberanía. Ese es el juego político de la memoria. No creo que siempre debamos hacer memoria por fuera del Estado.
Tiempo y política
–¿Hay oportunidad para que la memoria triunfe?
–La memoria no tiene que triunfar. Su vocación es incomodar y desobedecer. Joseph Conrad decía que la geografía triunfante fue lo peor que nos pudo pasar: la idea de que conocimos y colonizamos todo el mundo y que ese era el triunfo de los seres humanos sobre la condición planetaria. ¿Eso a qué nos condujo? ¡A la destrucción! La memoria no tiene que pasar por encima de la historia y triunfar como el régimen discursivo que nos permita la libertad. Su vocación debe ser más modesta y austera: molestar y recordar que el texto sobre el tiempo, en el cual sucedemos nuestras vidas como colectivo, es un texto de la disputa política. Siempre abierto.
–Como una comezón irrefrenable…
–Algo así. Me gusta la imagen.