Evocación de Tomás Segovia

- José María Espinasa - Saturday, 01 Aug 2026 21:46 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La obra de Tomás Segovia (1927-2011) es extensa y versátil: escribió poesía, ensayo, narrativa y teatro, y fue un destacado traductor. Dejó una huella profunda y es referente ineludible en las letras mexicanas del siglo pasado. Este texto, en tono personal pero no por ello menos certero, evoca rasgos de su personalidad y algunas de sus preocupaciones fundamentales sobre su labor con las palabras, ese apalabrarse, que definía como “ponerse de acuerdo con las palabras en un compromiso que va más allá del acuerdo y tiene connotaciones éticas”.

 

Es inevitable que la desaparición física de un escritor provoque ciertos desplazamientos. Pienso, por ejemplo, en que la publicación de Apalabrarse, el libro que reúne las entrevistas concedidas por Tomás Segovia, cuando se editó tuvo una intención muy clara: conservar entre nosotros el eco de su conversación con una selección de las muchas que se le hicieron. En el prólogo señalé una de esas contradicciones en que, creo, le gustaba caer al escritor, más como una muestra de esa vida en la paradoja que por desconcertar al público. Desconfiaba mucho de las entrevistas y sin embargo aceptaba siempre que alguien le pedía una. Igualmente, cuando le propusimos hacer el libro participó en la selección, aunque ya no lo vio publicado. Los editores –Ediciones Sin Nombre– estuvieron todo el tiempo acariciando la idea de acompañar el libro con un DVD con las conversaciones grabadas o filmadas con que se contaba. La falta de recursos impidió que eso sucediera. Luego la publicación de sus cuadernos, sobre todo el tercero, que él ya no preparó para la imprenta, tuvo entre los que participaron en la edición –entre ellos de manera preponderante Daniel González Dueñas, uno de los mejores conocedores de su obra– un efecto curioso: familiarizarlos con su escritura más personal.

La voz y la escritura a mano

Los amigos de Tomás conocían su voz y su literatura, pero muy pocos su grafía y la revisión de sus cuadernos manuscritos nos la hizo presente –hay que esperar que con el tiempo aparezcan los epistolarios que hay en su archivo. De pronto, al trabajar sobre El tiempo en los brazos, ahí estaba su letra: una gestualidad que ahora nos parece casi prehistórica. Él escogía con cuidado los cuadernos en que escribía y lo hacía con pluma fuente, pero cuando alguien llegaba a los cafés en que solía escribir, cerraba sus cuadernos y guardaba su parafernalia, para dejar paso a la palabra: en la letra manuscrita, lo sabemos, está mucho más presente la persona que en la tipografía de imprenta o en los caracteres de máquina de escribir o de computadora. Ese guardar los cuadernos era un gesto de reserva que rozaba el pudor. Sumergirse en su letra, elegante, bien trazada, propia de una época escolar hoy perdida, tenía algo a la vez de intromisión y de escucha de una voz distinta. Los años le fueron cascando la voz, pero nunca, ni en su juventud, tuvo ni quiso una “gutural modulación del bajo”, como diría su admirado López Velarde.

También declaró en muchas ocasiones que él escribía poesía en la cabeza, en el cuaderno de su memoria, que iba diciendo el poema mientras caminaba, y que cuando llegaba al café lo pasaba en limpio, con pocas tachaduras y borrones. De su voz apagada más que de la expresión popular que expresa algo así como “a su libre arbitrio o a su capricho”, viene el título de su seminario ya mencionado: de su ronco pecho. Esa condición de la voz como una manera de pensar y de escribir era, desde luego, una memoria de la oralidad antigua, perdida con la escritura y sobre todo con la imprenta, pero también una manera de escribir con el cuerpo, no sólo con las manos. Y por eso, en los años finales, cuando el tiempo le apremiaba para decir lo que quería decir, aceptó que se grabaran algunos de sus cursos –tal vez algún día vea la luz el que dio sobre La Araucana– con miras a una transcripción futura ya como texto escrito y no dicho. Si oír no es ver, como sabemos, escribir es una manera de hacerse oír, aunque sea a través de la lectura. Por eso, y no sólo como metáfora, podemos decir que al leer a Platón oímos su voz, o –mejor dicho– la de Sócrates. Así su presencia vence a la ausencia y hace que ésta no sea una condición silenciosa.

No obstante, el silencio es algo constitutivo de su escritura. No sólo en la poesía, sino en el ensayo y en la narrativa. Menciono esto porque Tomás pasa en este momento por un perÍodo de silencio público. Menciono de pasada varios rasgos de este silencio. Segovia fue un asiduo escritor de cartas y, sin embargo, hasta ahora no se han trabajado sus epistolarios, varios de ellos depositados en el su archivo en El Colegio de México. Yo he tenido en las manos dos de ellos, de singular importancia reflexiva, con sus amigos Antonio Alatorre y Luis Fernando Lara: el poeta dialoga con el filólogo y el lingüista. Se conocen las cartas que le dirigió Octavio Paz pero no se sabe si las respuestas existen en el archivo del autor de Piedra de sol, aún cerrado a los investigadores y lectores. O si se han perdido. También se sabe que existen cartas con Albert Camus, Jacques Lacan y algunos otros creadores. Es una veta aún por trabajarse. Igual, pienso, la correspondencia familiar, amistosa y amorosa. Esa desatención a los epistolarios combina una abulia intelectual con un desinterés editorial.

No obstante, apuntemos tal vez otra razón. Paz dijo de Pessoa que los poetas no tenían biografía sino obra. Ya sabemos que la intensa sugerencia intuitiva de la frase, una verdadera lección de cómo leer, no es necesariamente cierta. Hay varias biografías del portugués y también de Octavio Paz. Pero en Segovia tal vez adquiera otra connotación, que podríamos describir con la siguiente verdad de Pero Grullo: lo personal es personal, y la literatura es un puente entre lo personal y lo público o colectivo. Eso se muestra en lo extenso de su obra: tres mil páginas de ensayos, mil de poesía y un equivalente de narrativa a lo que se suman los tres tomos de El tiempo en los brazos. Específicamente esta es tal vez la más ligada a su biografía. Es que los poetas saben que sólo se puede escribir de lo vivido. Por eso hace falta una verdadera biografía de Segovia –yo he escrito apenas un esquema, porque no soy buen investigador ni biógrafo.

Ponerse de acuerdo con las palabras

No es fácil, pues, abordar la obra tan compleja de Segovia hoy. Por un lado esa condición reivindicada por él de escribir desde los márgenes, le impide tener el protagonismo público y político que tuvo su amigo y maestro Paz, o sus contemporáneos Rosario Castellanos y Jaime Sabines, a pesar de tener una posición política muy crítica, necesaria en estos aciagos días que nos está tocando vivir. Por eso vuelvo ahora a su voz. Cuando leía en público sus cuentos o poemas fraseaba con cuidado, buscando en ambos casos comunicar a sus escuchas el ritmo de lo escrito, la respiración del propio texto. Se suele decir que los poetas no suelen ser buenos lectores de su obra en voz alta, pero también es cierto que la manera en que lo hacen, más allá del juicio que nos merezca, son un material inmensamente emotivo que nos ayuda a entender su obra. Por ejemplo, la claridad.

Poetas como Segovia nos muestran que incluso en la oscuridad el texto busca la luz. Esos poetas malditos, místicos negativos, algunos de los cuales tradujo –ese es otro pendiente, la recuperación de sus traducciones de poesía–, buscan la luz y, como señala Octavio Paz en un multicitado juicio sobre Tomás en Poesía en movimiento, el autor de Anagnórisis la encuentra. La palabra “encuentra” tiene su miga: no es un hallazgo o descubrimiento, es un encuentro. Voy hacia ello pero eso también viene hacia mí; la creación es, como el amor, un encuentro. Por eso vuelvo al asunto de Apalabrarse: Tomás era un gran conversador, y cuando sus amigos lo llamaban con humor, “el rollo que no cesa”, lo hacían sabiendo la importancia que le daba al diálogo. Por eso la ambigüedad poliédrica de algunas de sus “actitudes”, por ejemplo su “desconfianza” ante las entrevistas, que simbolizaba un problema crónico entre los escritores, la oscilación entre oralidad y escritura. Por un lado sabemos, lo sabía él, que escribir no es lo mismo que hablar; por otro el acto de hablar y el del escribir están íntimamente comunicados. En su período más experimental, el que va de Trizadero a Terceto, Segovia escribe un poema “dictado a la grabadora”.

A eso achaco yo que el universo de la web y los blogs lo entusiasmara y lo practicara en los últimos años de su vida. Intuía en él lo que ahora ya es muy evidente: una nueva oralidad. Lo real lo vincula con un aspecto mitológico: el oráculo. De la oralidad a lo oracular no hay sólo un sentido diferente de la escucha, sino también del tiempo en que ésta se da. Al principio mencioné esa práctica de Segovia: escribir caminando: pensaba en su cabeza el poema y cuando llegaba al café y lo ponía sobre el papel estaba ya “escrito”. ¿Cómo entender entonces lo escrito? Bueno, escuchemos al propio Segovia: se trata de apalabrarse, es decir de ponerse de acuerdo con las palabras en un compromiso que va más allá del acuerdo y tiene connotaciones éticas. Concluyo: sus cuadernos los titula El tiempo en los brazos. Aunque en otras ocasiones he puesto el subrayado sobre el tiempo, hoy lo pondré sobre los brazos: una actitud física, corporal. Si el tiempo lo recibimos en los brazos es porque el cuerpo es receptáculo del tiempo, temporalidad pura, física, y la voz en su condición volátil; es también una manifestación, tal vez para el poeta, la más corporal del cuerpo.

Versión PDF