Tomar la palabra / Una evocación requerida

- Agustín Ramos - Sunday, 26 Jul 2026 03:08 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

Del 12 octubre de 1994 al 10 de abril de 1999, a contracorriente del cacicazgo en turno, de celebridades aldeanas, del último gobierno de dinosaurios y de las imposiciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el trabajo colectivo del organismo correspondiente a Hidalgo puso en práctica una política cultural alternativa a la hegemonía que apapachaba glorias municipales, despreciaba comunidades y cosificaba a los servidores públicos.

En ese entonces, según las estadísticas, Hidalgo era 70 por ciento rural. En consecuencia, resultaba imposible acatar sin respingo los lineamientos neoliberales dictados extorsivamente por la burocracia culturosa de Salinas de Gortari. Bajo los criterios de ésta, nuestro estado pertenecía al circuito Zona Centro, junto al Edomex, Oaxaca, Tlaxcala, Veracruz, Querétaro, San Luis Potosí, Guerrero y Morelos (con un sic centralista que ponía aparte a Puebla y, por supuesto, al otrora Distrito Federal).

Quien regenteaba la cultura en el Morelos de Carrillo Olea era una buchona; en el Veracruz de Chirinos, un político que elaboró una muy apreciable ley de cultura; en el Querétaro panista, una pareja gay que pagaba con votos su nula aportación monetaria; en San Luis Potosí, un buen hombre acomodaticio. Y así, por el estilo. Y así, también, en medio de nosotros, los virreyezuelos del Conaculta como un dios. Porque el consenso explícito dictaba que “para dirigir consejos e institutos de cultura, nada mejor que un administrador de empresas o un político de carrera” (hay fechas y minutas).

Las reuniones cumbre en esa Zona no eran ríspidas ni laboriosas. Porque se hacían en Caleta, Mocambo, el Tepozteco, Valle de Bravo, Juriquilla y Ciudad Valles. Y porque sólo se discutía dónde celebrar la próxima junta y con cuál menú, y ni por error se mencionaban las asignaciones presupuestales o el contexto de cada estado. Cierta vez, Hidalgo propuso que la junta fuera en Huejutla; pero como ahí no había aeropuerto, Tovar y de Teresa propuso a la Bella Airosa como nueva capital de la huasteca hidalguense.

En Hidalgo, empero, sí se debatían prioridades, criterios y programas. Por un lado, el o la emisaria de Conaculta; por otro, una comisión interinstitucional para el desarrollo de las culturas hidalguenses y sendos representantes de la ciudadanía, de la llamada comunidad artística y de los empresarios. ¿Becar, premiar, destinar transferencias especiales y tener “eventos” con artistas consentidos del circuito Zona Centro? Sí, por supuesto. Pero, ¿cómo, cuándo, dónde y, sobre todo, por qué?

Las mayores necesidades de la entidad las padecían las bandas de viento, las danzas autóctonas, el teatro campesino, las artesanías, las leyendas, las casas de cultura, los museos comunitarios, las bibliotecas públicas y demás sedes locales. Satisfacerlas no significó suprimir apoyos ni reconocimientos a tal o cual “creador de reconocida trayectoria”, sino distribuirlos en los 84 municipios y no sólo en la capital (la prensa nativa y algún corresponsal lo registraron en sentido inverso: a más servicios culturales, menos información y peor insidia). Uno de muchos ejemplos de la aplicación de esa política fue algo que ni siquiera la mafia mediática pudo ignorar.

Cada 16 de diciembre de los años 1994 a 1998, la Plaza Juárez de Pachuca se llenó cinco veces cinco sin acarreados. ¿Con qué? Con el acreedor de las mejores manifestaciones del arte internacional, nacional, estatal y municipal: un público que asaltó la calle para renovar y enriquecer una tradición. Eso y más se consiguió con un presupuesto que, en vez de incremento, sufrió un severo recorte que el gobierno dinosaurio destinó a un consejo estatal de ecología, efímero e inútil pero eficaz para tener tranquilo al cacicazgo arriba mencionado.

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