La quemadura y la revelación

- Vilma Fuentes - Sunday, 26 Jul 2026 02:45 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Ante el enigma de la muerte, tan impenetrabe como presente, esta reflexión remite a Xavier Villaurrutia, al Dante, a Paul Valéry y a Juan Rulfo, y parece concluir: “Para las personas cuya curiosidad es una manera de pensar y ver el mundo, sin los misterios que se encuentran a cada instante no habría pensamiento ni imaginación. La vida sería, entonces, un desierto sin atractivo alguno: arena y arena, sólo arena.”

Existen los lugares donde la noche refresca después de las horas tórridas de un día extenuante de calor. El cuerpo suspira y descansa respirando las brisas de aire fresco que le ofrecen las horas nocturnas, de donde los rayos del sol desaparecen liberando de su ardor. Oasis de frescura que deja respirar ese aire fresco que se recibe como se bebe el agua de manantial surgida de las profundidades de un pozo, como también puede caer como una cascada con la fuerza de un torrente.

Pero existen también los desiertos y otros lugares donde los días ardientes continúan su imperio extendiéndose implacables durante la horas nocturnas como sobre las diurnas. Agotados por el calor, los hombres se preguntan cómo escapar del brasero donde han caído. Les duelen las quemaduras de la piel sin que puedan recordar los versos que se han vuelto ecos incomprensibles de cantos ancestrales. Y no, al parecer no existe escapatoria ni salida alguna de ese cráter donde la lava hierve sin matarlos de una vez con sus quemaduras.

“Y mi voz que madura/ Y mi voz quemadura/ Y mi bosque madura/ Y mi voz quema dura.” Versos de Xavier Villaurrutia que extienden sus quemaduras con las llamas del ardor de sus palabras. La pasión del poeta no es, en este caso tan particular, por una mujer, sino por los versos mismos con que la evoca y la invoca, pues convocarla no puede. Ella no responderá a su llamado, un llamado que sólo puede alejarla. Tal es el boomerang de la respuesta al grito desesperado que busca expulsar su carga de angustia amorosa, binomio sin esperanza porque en sus orillas muere cualquier futuro.

Esa desesperanza reina en Comala, lugar a donde se accede descendiendo. Ahí donde termina la esperanza, lee Dante al llegar al umbral del infierno. Todo es silencio: los muertos no tienen voz. Juan Preciado camina por las calles vacías de la ciudad fantasma. Pero no puede encontrar a nadie con vida. Y tampoco puede escapar del horno donde ha caído.

Las llamas del fuego lamen la piel del infortunado que osó cruzar el umbral prohibido. El
caminante se extravía buscando un camino para salir del laberinto donde da vueltas y vuelve siempre al mismo lugar, ése donde no hay puertas. Atrapado, camina hacia el fondo del corredor interminable, pero el corredor se extiende siempre alejando la salida.

La vida se le ha vuelto insoportable. Desea terminar de una vez por todas, pero la parálisis inmoviliza su cuerpo, ese cuerpo que lo aprisiona, del que no puede salir ni muerto.

En su “Introducción al método de Leonardo da Vinci”, Paul Valéry se atreve a narrar el eterno momento en que el alma se separa del cuerpo.
El alma siente una tristeza infinita al abandonar ese cuerpo donde vivió tantos años. Años sin tiempo cuando el alma se eleva hacia la profundidad tan angustiante del cielo.

“No hay revelaciones para Leonardo. Ningún abismo abierto a su derecha. Un abismo lo haría soñar un puente. Un abismo podría servir a los ensayos de algún gran pájaro mecánico.”

Leonardo profundiza esta mecánica que él
llamaba el paraíso de las ciencias. En la última página de estas notas, exclama: “El gran pájaro emprenderá su primer vuelo montado sobre su gran cisne; y desbordando el universo de estupor, desbordando con su gloria todas las escrituras, alabanza eterna al nido donde nació.”

Frases cargadas de misterio como tantas otras frases de Paul Valéry cuando da la palabra a Leonardo da Vinci. Pero no puede ser de otra manera cuando se habla por la boca de otro. Sobre todo si ese otro es Leonardo.

Pero donde el misterio se revela antes de volver a velarse es en el momento de la separación del cuerpo y su alma. Nada más doloroso que esa ruptura. Nada más enigmático que la muerte, si así puede llamarse a ese momento en que se deja la vida como el alma deja su cuerpo.

¿Cómo comprender este misterio? Acaso es imposible. De lo contrario, no sería un enigma. Una sabiduría que guardan las pitonisas de
Delfos. Un asomo del conocimiento del que sólo alcanzamos a ver, sin comprender, algunas luces relampagueantes.

Sin duda, para las personas cuya curiosidad es una manera de pensar y ver el mundo, sin los misterios que se encuentran a cada instante no habría pensamiento ni imaginación. La vida sería, entonces, un desierto sin atractivo alguno: arena y arena, sólo arena. Nada que ver con la arena de los relojes que cae segundo tras segundo, arena que marca el tiempo y nos recuerda que somos nosotros los que pasamos y no las cosas ni el presente los que pasan.

Toparse con lo misterioso es ya una forma de asomarse a lo enigmático. Una manera de aprender a pensar, una manera de pensar. Sin descifrar lo que se ofrece como un arcano, el pensamiento quedaría trunco, incompleto. Aprender a pensar
es ir descifrando enigmas. Ir excavando lo recóndito de las cosas y los seres hasta obtener una
revelación.

Revelación de una verdad hasta entonces secreta. Tal es la meta del pensamiento y su verdadero triunfo. ¿Qué placer más intenso sino descubrir la cara oculta de las cosas? ¿El perfil secreto de
los seres?

Tal es acaso la búsqueda eterna del pensamiento humano: alcanzar la revelación.

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