Hablan las masas: la revuelta y sus variantes
- Alejandro Badillo - Sunday, 26 Jul 2026 02:39
Venganza, caos y mano dura
En una secuencia de la película Joker (2019), dirigida por Todd Phillips y protagonizada por Joaquin Phoenix, un nutrido grupo de manifestantes toma las calles de Ciudad Gótica. Los rebeldes no son, en absoluto, una masa organizada y con peticiones concretas. Encabezados por Arthur Fleck –el nombre real del personaje– ponen en jaque, al menos por un tiempo, a la gran urbe. Algunos símbolos de la élite rica son sacrificados. El Joker no es un villano tradicional, pues el filme lo presenta como una víctima del sistema. Los recortes a la seguridad social lo dejan sin las medicinas para controlar sus episodios de psicosis o algún trastorno mental similar. La venganza de Fleck tiene una razón de ser y en varios momentos el espectador desea que el grupo de oligarcas que domina Ciudad Gótica reciba su merecido. Sin embargo, el filme no explora la revuelta más allá del caos y conduce a un camino determinista: el enfrentamiento con el héroe y la justificación de la mano dura policial. Es preferible una sociedad disfuncional que una revancha que se sale de control y amenaza con una purga sin fin.
La imagen de la revuelta mostrada en Joker es común en gran parte de la narrativa reciente. Inadaptados sociales, masas enfurecidas, turbas irracionales, entre otros, son presentadas como parte del menú distópico de un futuro que se adelantó. En el filme del director mexicano Michel Franco, Nuevo orden (2020), la revuelta de las víctimas de la desigualdad toma como rehén a la clase rica por medio de una dictadura militar. Sin embargo, estas historias no dialogan con la evidencia histórica de las rebeliones populares y parten del prejuicio.
Demandas y demandantes
Este año el Fondo de Cultura Económica publicó ¡A las armas! Levantamientos populares en la Edad Media, del historiador italiano Alessandro Barbero. Por medio de cuatro ejemplos, ocurridos durante la segunda mitad del siglo XIV, el autor derriba varios mitos asociados a la revuelta de la población sometida. En Francia, Italia e Inglaterra, la gente del pueblo se rebeló contra los nobles y terratenientes. Los hechos en su gran mayoría fueron registrados por cronistas –sacerdotes, principalmente– que miraban con recelo al pueblo y sus acciones contra el poder. A pesar de este prejuicio de clase, describieron movimientos organizados que tenían demandas concretas: abolición de leyes que los afectaban, reparto más justo de tierras, fin de la servidumbre o alivio en los impuestos que condenaban sus vidas a una pobreza perpetua. Las en apariencia masas irracionales incluso lograron, aunque fuera de manera provisional, modificar o escribir leyes que los beneficiaran cuando arrinconaron a reyes y nobles.
No todos los participantes en las revueltas –contrario a la creencia común– eran el pueblo llano. Las revueltas convocaban a pequeños comerciantes, artesanos e, incluso, a miembros de la Iglesia que estaban en contacto directo con la gente. En The Peasant’s Revolt (La revuelta de los campesinos) –desarrollada en Inglaterra en 1831– destacó el sacerdote católico John Ball, que se unió a la insurrección como líder ideológico. Ball decía a sus feligreses: “que las cosas no van bien en Inglaterra, y que mejorarán hasta que todo sea común, y ya no haya más villanos ni gentilhombres, sino que todos estemos unidos, y que los señores ya no sean patrones”. El sacerdote, como suele suceder, fue juzgado y ejecutado cuando la revuelta acabó. Los movimientos populares que retrata Barbero no tuvieron éxito inmediato y el statu quo pareció triunfar, aunque se sembraron ideas que triunfarían décadas y siglos después. De forma paradójica, los años trágicos de la peste y la hambruna que marcaron la Edad Media –con la consecuente disminución de siervos– logró que la gente exigiera mayores retribuciones económicas y este bienestar condujo a demandas más ambiciosas.
Las revueltas del nuevo siglo
La revuelta en el siglo XXI –enmarcada en un contexto social dominado por internet, la postverdad y relaciones sociales fragmentadas por el capitalismo tardío– tiene múltiples claroscuros. El periodista estadunidense Vicent Bevins analiza, en particular, las dinámicas de las insurrecciones en los años recientes. En Si ardemos. La década de las protestas masivas y la revolución que no fue (Capitán Swing, 2025) describe los movimientos sociales que ocurrieron entre 2010 y 2020, fenómenos que empezaron en diciembre del 2010 en Túnez y que dieron forma a la llamada “Primavera árabe”, una frase construida por los medios occidentales que ignoraban el contexto y el origen de la inconformidad en países del norte de África y Medio Oriente. Después del chispazo inicial –la utopía y la resistencia contra gobiernos autoritarios que lograron unir a diferentes estratos sociales–, el vacío de poder fue ocupado por organizaciones políticas que promovieron diferentes versiones de integrismo religioso musulmán, sin echar para atrás las reformas neoliberales como en el caso de Egipto, quizás uno de los epicentros más famosos de las manifestaciones gracias a la renuncia de Hosni Mubarak, quien llevaba gobernando desde 1981.
Las revueltas del nuevo siglo, sin embargo, han sido muy diferentes a las del siglo XX, principalmente porque las generaciones que nacieron y crecieron en el mundo posterior a la Guerra Fría son escépticas de la organización política tradicional y muchas veces rechazan instituciones que dirigen
la vida cotidiana de la gente. La crisis de representatividad política, por otro lado, logró que movimientos de ultraderecha conquistaran el poder disfrazándose de outsiders sólo para acelerar el proceso de desigualdad endémico en muchos países. Bevins describe, en la conclusión de su libro, que la revolución en nuestros años –la capacidad de cambiar de forma radical un sistema político-económico en decadencia, pero profundamente arraigado en la sociedad– es un proceso de largo plazo y con muchos altibajos. Una vez que se puso en jaque a los gobiernos no hubo estrategias para conducir y darle cause a las expectativas de las masas. Las nuevas rebeliones, influenciadas por la efímera cultura digital, se unieron gracias a la indignación, pero perdieron homogeneidad cuando llegó el momento de dar el siguiente paso.
La instagramización de la protesta
Otro elemento para tomar en cuenta en el análisis de las nuevas revueltas es la instagramización de la protesta, su transformación en un hecho estético para compartir en redes sociales o su despolitización al volverla un objeto de consumo más, como ocurrió después de los años sesenta con la contracultura y el movimiento jipi. Una sociedad regida por la abstracción y lo performático asume que la rebelión es sólo un acto emocional que apenas interactúa con la realidad. En Hipernormalización, documental de Adam Curtis emitido por la BBC en 2016, se analiza cómo el fin del mundo bipolar y el triunfo del libre mercado construyeron una simulación dirigida por las corporaciones aliadas con los gobiernos, una suerte de continuación del “There is no alternative” del Thatcherismo de los años ochenta. En esta simulación todo tiene cabida dentro de los límites bien marcados del capital y su oferta de experiencias. La década de los noventa consolidó, de esta manera, los fracasos de las rebeliones fallidas del pasado y enseñó a los jóvenes de aquellos años que la insurrección podía reducirse a un estilo de vida hedonista que interpelara al conservadurismo social de antaño.
Hipervigilancia y censura
Todo se valía siempre y cuando no se pusiera en duda la sociedad de consumo. Revistas como Vice –emblema de la contracultura estadunidense de fin de siglo y transformada, con la masificación de internet, en una exitosa plataforma audiovisual– globalizaron lo “políticamente incorrecto” para derrumbar los últimos tabúes de la época. Sin embargo, la búsqueda de adrenalina, de experiencias extremas, volvió a muchos rebeldes –como Gavin McInnes, cofundador de Vice y posterior fundador de los Proud Boys, grupo neofascista ligado a Donald Trump– miembros útiles para la terapia de choque usada por la ultraderecha global y su propaganda impulsada por los algoritmos. Por otro lado, la revuelta asociada a la izquierda y su agenda progresista parece concentrarse –al menos en el ecosistema mediático– en figuras como Luigi Mangione, famoso por haber asesinado a Brian Thompson, director ejecutivo de UnitedHealthcare. Si Theodore Kaczynski –el famoso Unabomber– escribió un manifiesto contra la sociedad tecnológica, Mangione es sólo un video de unos pocos segundos, una cacería ampliamente difundida en los medios y una avalancha de memes reivindicando al personaje. Los justicieros solitarios sumados a la demonización de la protesta son aprovechados por una élite que usa el miedo como una nueva forma de dominio. De esta manera se erige un Estado policial en el que la hipervigilancia y la censura pretenden consolidar un muro difícil de sortear para las revueltas de ahora y del futuro inmediato.