El mago de las seis cuerdas
- Hermann Bellinghausen - Sunday, 26 Jul 2026 02:35
Eric Clapton nunca fue Dios, bien lo supo Jack Bruce desde el principio pero, como suele ocurrir con los dioses, basta que un cierto número de gente crea que lo son para que lo sean. En fin. La cosa es que al finalizar la década de los años sesenta, Clapton ya ostentaba el atributo divino, después de cursar brillantemente todas las materias de blues disponibles en Gran Bretaña como pupilo de Alexis Korner, John Mayall y Graham Bond, de haber sido
útil para los míticos Yardbirds y del fugaz esplendor de Cream, uno de los fracasos más admirables del rock. Como de rayo atravesó la experiencia de Blind Faith, el “primer supergrupo”, se suele decir (Cream+Traffic+Family). A la sazón, aplaudido
y divinizado, Clapton no tenía obra propia. Dependía de Jack Bruce y Steve Winwood para incendiar sus requintos. Y sobre todo de la pléyade de bluseros originarios que le dan sentido a su vida musical. Siendo intérprete ante todo, batalló para ganar valía como autor.
Asumiendo su condición de virtuoso, ingresó a la década siguiente en abundancia de fama, dinero, chismes, sexo, drogas y rocanrol, como tantos pares suyos. Entonces inició el que me parece su mejor período, considerando el conjunto de seis décadas y media en la escena y los estudios de grabación. Se trasladó a Estados Unidos en busca del Delta Blues y lo encontró a su anglosajona manera, cada día más abierto a los negros, sensible al country y completamente impermeable a la psicodelia. Algo parecido experimentaron los Rolling Stones durante el mismo período, también el de sus mejores grabaciones. Sólo que los Stones, ladrones y todo, siempre fueron grandes compositores, y la guitarra de Mick Taylor fue una bendición adicional. En 1975, David Bowie se lanzó al ruedo gabacho con Young Americans, aunque en pos del sonido Motown.
Creador y re-creador
Eric Clapton alcanzó tal maestría y buen tino que aseguró su sitio como uno de los intérpretes más afortunados del blues, que ya suma más de un siglo, y el rock que anda setentón. Tan sólo en 1970 realizó tres discos imborrables: su aventura caminera con Delaney & Boney (On Tour with Eric Clapton), su muy apreciado Layla & Other Assorted Love Songs y el homónimo que incluye After Midnight, primero de muchos álbumes suyos-suyos.
Vista en conjunto, la discografía americana (como diría la crítica inglesa) de Clapton entre 1970 y1980 es unitaria y abierta al magisterio de los padres fundadores. Una y otra vez recrea a Robert Johnson, Muddy Waters, Willie Dixon, Howlin’ Wolf y otros. Por entonces “descubre” a J.J. Cale y Bob Marley. Con esa “mano suave” que alegra el corazón del escucha grabó 461 Ocean Boulevard en 1974 (donde el blues coquetea con el reggae), There’s One in Every Crowd y No Reason To Cry en 1975. En 1977, su definitorio Slowhand. En 1978, Backless, y despidió la década con Just One Night, en vivo.
Después se abriría a los batacazos electrónicos de los ochentas, rozando el mal gusto con Phil Collins como productor, pero siempre fiel a su sonido pulcro y clásico. La fidelidad a los maestros lo llevaría a grabar álbumes de repertorio para su dios (si de dioses hablamos) Robert Johnson, sus maestros B.B. King y J.J. Cale, incluso una incursión al jazz académico con Wynton Marsalis. Todo muy bien, extarordinario incluso. Pero la nitidez de su música setentera, cuando además colaboró íntimamente con los exBeatles John Lennon y George Harrison, resulta irrepetible. En el año de gracia de 1976 arrimó a Bob Dylan y The Band en su bello álbum No Reason To Cry y otros palomazos (destacadamente The
Last Waltz).
Palomazos y otras virtudes
Buena parte de su genio reside en la capacidad de reunir virtuosos y sonar con ellos dando vuelo a toda a su propia virtud en las cuerdas, y a la vez dejarlos sonar y cantar. Equivale a lo hecho en jazz por Duke Ellington, Miles Davis y Wayne Shorter. El período setentero también se caracteriza por las voces dulces y soulfull de Rita Coolidge (a quien escatimó el crédito en Layla), la irlandesa-japonesa nacida en Hawai, Yvonne Elliman (la célebre María Magdalena de Jesus Christ Superstar) y la maravillosa Marcella Detroit (Marcy Levy), además de Bonnie Bramlett. Sus palomazos de los setentas transitaron de los Beatles mencionados a otros guitarristas de oro como Carlos Santana, Pete Townshend, Stephen Stills, Robbie Robertson, Rick Danko, Levon Helm, Ron Wood, Albert Lee y su fiel acompañante George Terry.
En ese período definitivo perfeccionó su guitarra hasta lo incomparable. Aportó al blues blanco y al rock lo que Andrés Segovia a la música clásica, Django Reinhardt al jazz o Paco de Lucía al flamenco: buen gusto y perfección. De entonces data los más reconocible e intemporal del repertorio claptoniano. También se considera su peor época en materia de alcohol, heroína, cocaína y mujeres.
Nunca un hombre de vanguardia, en las antípodas de Jimmy Page y Frank Zappa, Eric Clapton es un tradicionalista que ha puesto todo su genio creativo en interpretar y recrear. Dio seriedad y precisión al rock. En el sentido amplio de la palabra, es un clásico.