Cinexcusas / Quién como usted, doña Elsa Aguirre

- Luis Tovar @luistovars - Sunday, 26 Jul 2026 02:55 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Doña Elsa:

Con toda seguridad, lo más difícil a la hora de dirigirse a usted es decirle algo que jamás haya escuchado: que fue y siempre será una grandísima estrella de cine –cuando esa definición de verdad tenía sentido–, diva de belleza singular, icono de lo que se conoce como época de oro del cine mexicano… Con cualquiera de estas definiciones uno acertaría, pero a costa de cierto reduccionismo que dejaría fuera mucho de usted que no aparece en la pantalla. Por eso, ahora que a sus noventa y cinco años de edad ha concluido su presencia física en el mundo, quisiera hablarle no sólo de algunas de sus películas sino también mencionar al menos un par de hechos y rasgos suyos que, como es evidente para cualquiera que mire con la debida atención, se reflejan de muchas maneras en cada uno de los papeles que interpretó.

Por supuesto, el primero de esos hechos es la precocidad: no cualquiera comienza apenas a los dieciséis años de edad, y menos con una notoriedad como la suya, tras haber obtenido el primer lugar en un concurso de belleza –donde le ganó también a Hilda y Alma Rosa, sus dos hermanas mayores–, y en aquel mismo 1946 participa en tres producciones. De igual modo, no cualquiera se mantiene en la memoria del público durante la friolera de ocho décadas, menos aún si, como usted, declinó de la pantalla grande cuando comenzaban los años ochenta y su última aparición actuando en pantalla –la de televisión– fue a mediados de los dos miles. A su memorabilidad y su prestigio no le hicieron mella –un hecho atípico más– que no fueran buenas la primera ni la última de sus películas: desde El sexo fuerte (1946), esa comedia fantasiosa sin mucha miga que digamos, donde tuvo un papel secundario, hasta Albur de amor (1980), esa cosa hecha sólo para el imposible lucimiento de Antonio Aguilar, con frecuencia sucedió que la trama escasa, el cliché genérico y los convencionalismos del cine de aquellos tiempos no opacaran su presencia, siempre notable.

Quién como usted, en esos tiempos y en estos, habría podido darse lujos impensables para otros –y aquí se me viene a la mente, usted sabe bien la razón, el nombre de María Félix–; por ejemplo, haber cortado su breve noviazgo con Jorge Negrete sencillamente porque dejó de interesarle, siendo él en aquel entonces, y como sabe todo el mundo, el soltero más codiciado; ser posiblemente la única mujer, actriz o no, que no sólo encajaría mal un beso dado por Pedro Infante, sino la única que lo abofeteó por habérselo robado cuando filmaban Cuidado con el amor (1954); haber rechazado de plano los apremios amorosos de Ignacio López Tarso, otro divo cinematográfico poco habituado a las negativas; negarse rotundamente a posar para Diego Rivera, quien la solicitó escasa de prendas y usted le mandó decir que la propuesta le parecía una inmoralidad y una impudicia.

Quién como usted habría dejado de pisar los sets de cine como lo hizo a finales de los años cincuenta, precisamente cuando su carrera estaba en lo más alto, para contraer matrimonio y dedicarse –son sus palabras– a “una vida normal”; que su marido resultara pésimo y le trajera un sinfín de sinsabores ya es otro cuento, lo mismo que sus dos posteriores casamientos y respectivos divorcios, en los sesenta y los setenta; aquí lo que importa decir es que, tres años después, absolutamente nadie se había olvidado de usted, como lo confirmó Casa de mujeres (1966), ese buen drama donde compartió créditos con Dolores del Río y otras actrices.

Quién como usted, doña Elsa Aguirre, y para decirlo con una frase ad hoc de aquellos ayeres, tuvo el mundo entero a sus pies pero siempre antepuso su
bienestar físico y espiritual –y entonces el yoga, el budismo, el taoísmo a los
que dedicó tanto y de los que tanto recibió–, de manera que su larga y fecunda vida, dentro y fuera del cine, hizo de usted una de las figuras más queridas de la cultura popular de este país que la vio nacer hace noventa y cinco años y que, bien mirado, nunca la verá morir.

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