Carta a Lilia Prado (hallazgo epistolar en el aniversario de su nacimiento)

- Héctor Palacio - Sunday, 26 Jul 2026 02:37 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

El hallazgo de mi amigo

Lilia Prado nació en Sahuayo, Michoacán, un 30 de marzo de 1928 (Leticia Lilia Amezcua Prado, Las Piernas Más Bonitas de México). Es decir, acaba de cumplir noventa y ocho años y en dos más celebrará el centenario. Y no llamarían mi atención esas fechas si no fuera porque a finales del año pasado me buscó un excompañero de la universidad para revelarme, a cambio de unas cervezas, un hallazgo relacionado con la artista. Él, un experto en el cine de horror en México que incluso se tituló con una investigación en esa materia dirigida por el crítico cinematográfico Gustavo García, conoce mi obsesión por el cine de Lilia Prado y mi casi pasión por ella (pasión necrofílica, se burla mi amigo).

Me citó en su propio bar, que ha instalado en algún punto de la Calzada México Tacuba; ahí me contó su hallazgo. Resulta que, además del cine de horror e historias igualmente fantásticas y terroríficas, y como varios compañeros de nuestra generación, tiene un gusto indeclinable por el cine mexicano del siglo XX. Así que ha continuado viendo, indagando, estudiando ese cine. En visita a una librería de viejo de la legendaria calle Donceles del Centro Histórico (donde Carlos Fuentes ubica la fantasmal casa de Aura, a la que entra Felipe Montero para no salir más), mientras hojeaba un ajado volumen de la Historia documental del cine mexicano, de Emilio García Riera, dio con un papel amarillento que medio revisó en el momento y que sustrajo del libro y de la librería sin ningún sobresalto.

Cuando iba en el Metro sacó la hoja, la leyó y descubrió que se trataba de una carta que un admirador dirigía a Lilia Prado.
No lo podía creer; naturalmente, pensó en mí y en extorsionarme de inmediato a cambio de ella. Incluso, observó que la hoja había sido insertada justo donde García Riera hace el registro de Subida al cielo, la película de Luis Buñuel que había convertido a Prado en un símbolo sexual para su tiempo, y los posteriores, pienso.

Después de tres cervezas me mostró la carta sin dejar que la tocara: papel ambarino, semiarrugado, manuscrito, en el que alcancé a primera vista: “Estimada señorita Prado”; dos cervezas más y me dejó leerla completa. La acepté sin dudar: carta respetuosa, en el estilo de la época, un tanto ingenua quizá, de un cinéfilo enamorado. El güey le puso precio, no muy alto, por ser amigos, le hice la transferencia bancaria y me la entregó en un folder.

Está en mi poder. No sé qué valor tenga o si sea auténtica en el sentido de que haya sido en verdad la carta de un admirador de los años cincuenta del siglo XX (que la escribe como seguimiento a una respuesta que Prado había enviado a su vez ante una primera carta del sujeto). ¿Y quién la metió en ese libro, a quién había pertenecido ese libro, cómo había obtenido esa carta?; ¿y si todo ha sido invento de mi amigo?

Pensando en qué hacer con ella, he considerado realizar algunas pesquisas a partir de esas dudas y preguntas; ya solicité una cita con el librero de Donceles. Por lo pronto, he decidido dar a conocer la misiva en el medio en que publico cada fin de semana. Con ese propósito, busqué alguna fecha de celebración, vida o muerte, homenaje o aniversario, y llegué a la conclusión que lo mejor sería publicarla el 30 de marzo de 2028, cuando la artista cumple cien gloriosos años. ¡Pero tantas cosas pueden suceder en dos años! Por ejemplo, que no tenga ya un espacio donde publicar; o cualquier incidente vital intempestivo. Así que me precipito y la ofrezco de una buena vez, mientras continúo mis estudios sobre la vida y obra de tan descomunal artista. He borrado el nombre de quien firma la carta, veremos qué se ha avanzado de aquí a un par de años por delante.

Carta a Lilia Prado

Ciudad de México, domingo 16 de agosto de 1953

Estimada señorita Prado, le saludo con gusto al tiempo que reitero mi más profunda admiración por usted y, naturalmente, su arte, Lilia.

Le agradezco la atención de responder a mi anterior y que haga posible esta comunicación que tanto interés y delectación me produce.

Escribo en ocasión del estreno de su más reciente película, Subida al cielo, dirigida por el insigne maestro Luis Buñuel. Deseo que esta sea la primera de una serie de colaboraciones entre dos personalidades tan destacadas y de altísima excelencia artística.

En la película, su personaje Raquel me ha parecido encantador. Ha sabido usted, Lilia, entre una serie de simpáticos caracteres desempeñados por un elenco de actores magníficos, dar brillo a la mujer seductora, “perversa”, por así decir. El maestro Buñuel ha logrado exaltar y explotar sus sorprendentes cualidades de actriz y subrayar asimismo, con perdón y permiso de usted, la hermosura con que la naturaleza le ha prodigado.

Habiendo filmado Buñuel en 1952 Una mujer sin amor, que no ha sido muy afortunada, me ha maravillado reencontrar en la nueva cinta al director de El perro andaluz, La edad de oro, El gran calavera y, sobre todo, Los olvidados, de 1950. ¡Y cómo me habría gustado verle a usted en el rol protagónico de Susana!, de 1951. Aunque su compañera Rosita Quintana está muy bien en el papel, habría usted sido magistral, ¡era para usted!

No cabe duda que Subida al cielo, la película número 18 en su catálogo, es hoy el culmine de su carrera cinematográfica. Lamento muchísimo y me quejo amargamente de que no haya sido considerada como Mejor Actriz en la pasada entrega de los Premios Ariel; una injusticia. Injusticia en general para este filme que obtuvo el año pasado el Premio de la Crítica a la mejor película de vanguardia del Festival de Cannes, y en México, sólo seis nominaciones y ningún premio. ¡Qué se le va a hacer!

Me despido con la admiración de siempre en espera de sus nuevas aportaciones al cine nacional e internacional, y con el deseo de convertir en realidad la ilusión de conocerle personalmente algún día, pues si fuera yo un atrevido o un osado le confesaría algunas de las emociones que su arte y su figura encienden en mí; mas quedo en este plano de admiración por el momento, pero no sin esperanza.

Cordialmente, su encantado admirador.

Versión PDF