Zona de contención

- Allen Zeesman - Saturday, 18 Jul 2026 22:40 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Trabajaba en coordinación, lo que significaba que la mayor parte de lo que hacía no podía señalarse después. El título en su gafete había cambiado dos veces en cinco años, pero el trabajo seguía siendo el mismo: organizar traspasos, suavizar transiciones, revisar rutas, asegurarse de que ciertas responsabilidades avanzaran cuando debían hacerlo y se detuvieran cuando no. Pertenecía a una parte del Estado encargada de gestionar problemas que ya no tenían solución, sólo contención. No era ejecución. Tampoco era política pública. Se situaba en algún punto intermedio, donde el lenguaje importaba más que la autoridad.

Esa mañana se detuvo en el OXXO camino al trabajo y pagó el café en efectivo, aunque la máquina aceptaba tarjeta. El recibo salió de todos modos. Lo dobló una vez y se lo guardó en el bolsillo, sabiendo que lo tiraría más tarde. En la oficina, el aire acondicionado iba atrasado respecto al calor. Alguien había abierto una ventana en el pasillo, lo cual no estaba permitido, pero ocurría. Saludó a dos personas por su nombre y a una más por costumbre. Nadie preguntó por el fin de semana. Eso estaba entendido. En su escritorio había una carpeta más delgada de lo esperado, sin logotipo ni
membrete, sólo una pestaña de color y una fecha que ya
había pasado. La leyó una vez y luego otra con más cuidado. No había nada nuevo: una secuencia ajustada, una responsabilidad reclasificada, un asunto ahora considerado resuelto, pendiente de una confirmación que llegaría por otro canal. Puso sus iniciales donde se le pedía y colocó la carpeta en la bandeja de salida. Para cuando saliera del edificio, ya pertenecería a otra persona.

Esa noche, en casa, dejó el teléfono boca arriba sobre la barra de la cocina, como hacía cuando no quería perder una llamada pero tampoco esperaba recibirla. Su esposa picaba cebolla y la radio estaba encendida a bajo volumen; una voz hablaba del tráfico más al norte. Ella le preguntó si había sido un día largo y él respondió que normal. Habían aprendido a usar esa palabra con cuidado. Su hija estaba sentada a la mesa, resolviendo ejercicios de matemáticas, borrando más de lo que escribía. Él miró su trabajo y no dijo nada; la precisión tomaba tiempo. Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, el teléfono vibró una sola vez. No era una llamada, sino un mensaje preguntando si estaría disponible para hablar al día siguiente. Respondió que sí y dejó el teléfono donde estaba. Afuera, un coche pasó despacio y siguió de largo. El portón aguantaba. El pestillo encajó. Lavó la taza del café y la colocó boca abajo para que se secara. El día siguiente requeriría atención, no urgencia, sólo atención, y apagó la luz para irse a dormir.

El documento llegó a media mañana, marcado como rutinario. Lo abrió entre correos, leyéndolo sin concentración al principio.
El lenguaje le resultaba familiar, neutro y procedimental, resuelto incluso antes de llegar a sus manos. Se trataba de un ajuste menor en el alcance, una aclaración de responsabilidades; su nombre aparecía mencionado y luego acotado. Volvió a leerlo con más atención. Había una frase en la que antes se habría detenido, no porque fuera incorrecta, sino porque desplazaba algo: movía una carga de resguardo que antes recaía en otro lugar y convertía una pregunta en una suposición. Dejó el cursor suspendido. En algún punto de la oficina alguien se rió; el sonido cruzó el espacio y se diluyó entre teclados y el zumbido constante del edificio. Nada a su alrededor indicaba que hiciera falta detenerse. Pensó en el portón, en el pestillo, en cómo las cosas se mantenían si uno no las forzaba demasiado. Firmó, no con prisa ni con resistencia, sino con eficiencia, como se firma cuando ya se sabe dónde la fricción dejó de valer la pena. El sistema aceptó el documento y siguió adelante.

Esa noche, su esposa ya estaba en casa. Había quitado el imán con forma de granada del refrigerador y limpiado la marca que había dejado. Le dijo que habían cambiado el horario en la escuela: entradas más temprano y otra ruta. Él preguntó si eso era un problema y ella respondió que no, sólo distinto. Su hija comía en silencio, concentrada en cortar la comida de manera pareja, y cuando terminó llevó su plato al fregadero sin que nadie se lo pidiera. Más tarde, ya sentados, su esposa apoyó la cabeza en su hombro unos segundos y luego la levantó para decirle que estaba más callado, no como reproche sino como observación. Él dijo que estaba cansado y ella asintió; habían aprendido a no interpretar de más cuando la precisión era suficiente.

Esa noche le costó más trabajo dormir. No estaba inquieto, sólo atento, con esa atención que aparece cuando algo ya se ha asentado. Repasó la mañana, no el contenido del documento, sino el momento en sí, la facilidad, la ausencia de resistencia. Pensó, sin sorpresa, que antes habría hecho una pregunta, no porque fuera a cambiar algo, sino porque preguntar formaba parte de cómo entendía su trabajo, y ahora la pregunta ni siquiera se había formulado.

El día siguiente transcurrió con normalidad. No dejó mensajes sin contestar, no faltó a ninguna reunión, no se cerró ninguna puerta de manera visible. Semanas después, se dio cuenta de que ya no podía decir con claridad qué protegía su trabajo, sólo lo que mantenía. Eso no se sintió como fracaso. Se sintió peor: como descanso. Una tarde, mientras cerraba el portón, notó que el pestillo ya no encajaba al primer intento; el metal se había desgastado lo suficiente como para exigir presión. Lo ajustó, probando hasta que quedó firme. Dentro, la casa estaba encendida, su familia estaba ahí y la rutina seguía. Se quedó un momento más de lo necesario, con la mano todavía sobre el portón, y entendió que lo que había cambiado no era lo que hacía, sino el momento en que había dejado de decidir si hacerlo o no. Cerró el portón con llave y entró.

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