Un poeta en Chiapas: Gustavo Peñalosa Castro (1959-2026)
- Carlos Gutiérrez Alfonzo - Saturday, 18 Jul 2026 22:13
La vida de Gustavo Peñalosa Castro, en San Cristóbal de las Casas, dio inicio en 2013, cuando un domingo de octubre tuvo frente a sí el cerro de Santa Cruz y para no acrecentar el desconcierto se detuvo en una fonda de La Almolonga en la que se anunciaba “caldo de gallina de rancho”. Habría tiempo de saber, aunque se acercara la noche, adónde iría. ¿Cómo localizar a quien debía ser su contacto para ubicarlo en la ciudad?
No era necesario preguntarle para que soltara esos momentos, sin más, como cuando en el pasillo, en el descanso de alguna actividad académica, lanzaba en voz baja, para quien quisiera oírlo, una que otra sentencia, como si fuera una broma, sabedor de que la ironía puede horadar muros. Y volvía a retraerse en su fervor, como si tuviera la impresión de que podía pasar inadvertido. Su actitud no quería hacer evidente que a cada momento descubría una estrechez de pensamiento, que prefería que se le viera inmerso en una desorientación que lejos estaba de ser real. Lírico sumido en la burocracia, con su juego que quizá era su vía, era su día, para la revelación.
Su pasión se fincaba en la poesía, eje a partir del cual escudriñaba las voces que tenía frente a sí. Había ocasión para ensayar los albures que lo conectaban con su ciudad natal. Sabía bien quién habría de estar presto a aventarse al ruedo. La actualidad siempre era llevada al terreno de las palabras, en el que tenía ocasión de citar los fantasmas que lo acompañaban, como Cástula, mujer dada a armar expresiones certeras: “No te la creas tan prácticamente”.
Era un juego de palabras el que con toda seguridad botaría en cualquier oportunidad. Le había atraído la manera en que dos mujeres jóvenes hablantes de zoque habían resuelto un pasaje de un texto que debía ser traducido. Había descubierto cómo con aparente naturalidad la maniobra de las jóvenes había dado un resultado asombroso. Esa labor con ellas le hizo constatar que una característica del español que se habla en Chiapas está en relación con la anáfora, repetición para crear ritmo y sentido, una marca de oralidad que quizá también le mostraba que no se estaba seguro de aquello que se deseaba expresar.
Era la poesía en él, la que se imponía cuando estaba obligado a comunicar los resultados de su tarea, la que desarrolló en Chiapas en el segundo tramo de su vida, de acuerdo con la propia definición de su existencia, la cual comparó con la del caballero andante: la aventura de llegar a una tierra de la que tenía pocas imágenes que le permitieran arraigarse, un sitio en el que debía desfacer entuertos. Llegó a San Cristóbal de las Casas para hacer el único oficio que había aprendido, lo dijo él, en su pueblo. Se asumía como provinciano de Ciudad de México.
Su dicción citadina se dejaba contagiar por la que quizá le dio la posibilidad de encontrar no imágenes, sino expresiones que paladeaba cada vez que las descubría, una muestra que su tesón no era partidario de la ampulosidad, la formalidad y la altivez. Toda voz merecía su atención. Las voces eran el sonido con el que construía su mundo, en el que no pasaba un día en que no trajera alguna figura literaria que confrontaba con su cotidiano accionar.
Fascinación por la palabra
Reacio a dar a conocer lo que escribía, prefería hablar de los otros. Su fascinación por Efrén Hernández. Su atención en Tirso de Molina. Se entusiasmó con jóvenes autoras argentinas, de quienes supo en un curso en línea ofrecido por la UNAM en el que estuvo inscrito. Lamentaba que no se hubiera publicado la obra del poeta Manuel Andrade. Seguía en el Facebook los poemas de Beatriz Novaro. Andrade y Novaro, conexiones con su mundo. Si bien, como dijo en febrero de 2024, no tenía una imagen que lo acercara a Chiapas, debieron haber estado en él, al momento de enfilarse hacia estas tierras, los cuentos de Jornada sentimental, de César López Tiana, cuya edición estuvo a su cargo en 1990.
En los dos últimos años de su vida se mostró, de acuerdo con la sentencia de Óscar Wilde: “Contar algo podía ser interesante sólo si era algo personal.” Su inscripción en la maestría en Apreciación y Creación Literaria le había dado la posibilidad de, como lo definió, capacitarse “en el terreno de la escritura”. La atracción por ese suelo escritural se produjo cuando tomó conciencia de quiénes estaban a su alrededor, cuando niño, en su círculo cercano: “Personas raras que hablaban de cosas que yo no entendía”. La cotidianidad de esa familia estaba regida por la manera en que juntaban las palabras, no un simple juego, sino lo crucial en
sus vidas.
Esa fascinación por unir palabras que le había sido contagiada se hizo palpable con Ruinas del humo, poemario publicado en 1988. Se trata de poemas breves, atisbos para atrapar esas ruinas de algo evanescente, sin el ánimo de ir hacia afuera, sino con el propósito de quedarse atrás del muro, con la duda sobre si alguien más lo acompaña. Y estaría el deseo de que pudiera tenerse cobijo irrefutable sólo con viento, fuego, agua, suelo. Sería deseable. No es así: harían falta los matices que la luz da a la cuchara, al cascarón, un reflejo que contagia al instante que se vive: “Amanecer dormido”, cuyo trayecto habrá de tener una sola morada: la del deseo. A un lado, las herramientas, en el descanso habrá de encontrarse lo que
se persigue.
Afuera, el aire; la ola; el mar que también duerme; el rabioso aire. Adentro, detrás de la ventana, el “lejano observador”, quien presupone que el dolor está lejos. Un lejano observador, como lo anunció Baudelaire para decir que él, ahí, en un cuarto, también hacía posible una forja, una imaginación con un paso adentro, como un paso adentro, para capturar la vibración del aire.
Es una actitud contemplativa la que está en el poemario. La mirada se desplaza por los objetos, que quedan intactos, ante el surgimiento de un pensamiento nuevo, el cual “surge, baja, se derrama por los canales estrictos”. Tal vez anide alguna obsesión en los objetos, de los que está ausente toda luz y en los que ese silencio que se ha apoderado de ellos permite que no desfallezcan “las soledades de una voz”. Ausencia de luz, silencio y una voz presa de soledades.
Es lo inexistente lo que puebla a quien espera: “Nos hace hablar a solas con las ruinas”. Y en esas ruinas, el humo, las estatuas que en la arena se tragan sus palabras. Es la imposibilidad, lo que aún no acontece y lo que pudo haber quedado, que se desea existente, por lo menos, en su vaho, vano esfuerzo que se dilata, que va tras el silencio. Sí, está el potencial, partir, aunque la piedra incandescente sea una ilusión.
En el apego a aquello que no se puede decir, existe una constatación: “Sólo la vida puede ser como la vida,/ aun dormida.” Y para que se acceda a esa vida, lo posible: “La palabra en la pluma/ contenida.” La conjunción entre lo que se ha advertido y lo que se tiene al alcance se expresa mediante un nosotros en el que está incluido ese deseo de que la palabra acuda para darles existencia a los escribanos con los que el poeta ha construido su casa.
Cuando todo parecía indicar que la pluma estaba a punto de soltar la palabra, ocurrió, el 8 de enero de 2026, la interrupción de una vida que había tomado para sí las lecciones de su maestra: “Hay que otear. No casarse con un perfil. Ser agradecido. No perder la perspectiva. Y reír.”