Palabra de arquitecto: un texto olvidado de Jesús T. Acevedo
- Xavier Guzmán Urbiola - Saturday, 18 Jul 2026 22:26
Para Gabriel Rosenzweig (1957-2024)
Entre los estudiosos de la cultura mexicana del siglo XX y, sobre todo, entre los interesados en el Ateneo de la Juventud, así como en la cultura arquitectónica, existe una figura tan discordante como enigmática. Se trata de Jesús T. Acevedo (1882-1918). Intriga su trabajo como arquitecto, sobre el cual hay escasas referencias. También quisiéramos saber más sobre su vida, pues hay pistas insuficientes; incluso episodios concretos perturban porque, siendo un culto profesional, se colocó en situaciones controvertidas. Aceptó ser director general de Correos de la Secretaría de Comunicaciones bajo la presidencia de Victoriano Huerta, aunque podría argumentarse que fue asimismo maderista, ya que proyectó un monumento a Aquiles Serdán y presenció la colocación de la primera piedra por parte de Francisco I. Madero. Asesinado el presidente legítimo por órdenes del mismo Huerta, entre 1913 y 1914, desde aquella posición de poder está confirmada la triste labor de Acevedo como violador de correspondencias privadas, aunque sería ingenuo pensar que las facciones revolucionarias carecían de servicios de espionaje. Y todo esto porque, lo poco que sabemos de su pensamiento, reunido en un único y pequeño libro póstumo, Disertaciones de un arquitecto (1920), editado por su amigo y colega Federico Mariscal, deja ver a un hombre visionario que contribuyó a actualizar el pensamiento no sólo de su profesión, sino de los estudios sobre lo clásico en las artes plásticas. Fue uno de los pioneros en la valoración de la arquitectura colonial mexicana.
Arquitecto y periodista
Acevedo fue un simple ser humano; su personalidad conjuntó alturas y bajezas que, al inicio de la segunda década del siglo XX, estaban aún presentes. No había la serenidad para valorarlo. Al contratar a Federico Gamboa en la Secretaría de Educación Pública, José Vasconcelos inició la reconciliación entre los intelectuales revolucionarios y sus antagonistas. En la correspondencia entre Alfonso Reyes y Genaro Estrada, así como en la que sostuvo el mismo regiomontano con Torri desde 1914, hay referencias sobre lo que Reyes consideró intentos compartidos para rehabilitar al querido amigo común. Diez años más tarde, el 28 de marzo de 1925, muerto Acevedo, Reyes urgía a Estrada para que le diera noticias sobre un proyecto a la postre frustrado: “¿Qué pasó con el libro de Acevedo que formamos entre Julio Torri y yo?”
Durante su exilio en España (1914 a 1917), Acevedo escribió y publicó en periódicos y revistas una serie de artículos sobre diversos temas. Reyes tenía bien fundamentadas sus opiniones sobre dichos textos, pues no sólo los leyó, sino que recortó algunos con afecto y los pegó en un álbum. En aquella época, Reyes, Martín Luis Guzmán y Acevedo padecían tal pobreza que, siendo vecinos, se disfrazaban para reproducir los cuadros de El Prado y entretener así los domingos a sus familias. Por entonces, Acevedo y Diego Rivera, su viejo compañero en la Academia de San Carlos, paseaban, pintaban el paisaje castellano y el último hizo el famoso retrato cubista del primero, El arquitecto, integrado hoy a la colección del Museo Carrillo Gil, mientras Acevedo al ver esos raros óleos le confiaba a Pedro Henríquez Ureña: “No creo que tal manera de pintar prospere.”
Tres de aquellos artículos de Acevedo aparecieron en junio de 1915 en El Fígaro, gracias al mismo Henríquez Ureña, aunque desconozco la fecha exacta. He querido exhumar uno más, porque creo, como Reyes, Estrada y Torri, que ayudará a entender la compleja personalidad y múltiples intereses de Acevedo. (Los dos primeros se publicaron en los números 1499 y 1554 de este suplemento.)
El presente se llama “Paisaje del Este: En torno de la Plaza de Toros” y la primera parte de su título parece haber sido el nombre de la columna. Es un texto “descriptivo”, así coincidían Reyes y Estrada al calificarlo. Trata sobre la antigua plaza de toros de la Fuente del Berro en Madrid, que se hallaba sobre la carretera de Aragón, hoy Alcalá, en la confluencia con la actual avenida Felipe II. De estilo neoárabe, era espectacular. Se construyó entre enero de 1873 y septiembre de 1874, cuando se inauguró. Sus arquitectos fueron Emilio Rodríguez Ayuso y Lorenzo Álvarez Capra. Se resolvió en planta baja y dos niveles, el segundo tendido se techó con teja, poseía una estructura metálica en sus graderías y la fachada presumía decoraciones abstractas realizadas en finos tejidos de tabique. Hoy no existe; el edificio completo fue demolido en 1934. En su lugar se encuentra el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid.
Arquitecto y paisajista
Del texto de Acevedo llama la atención el ambiente sonoro y visual que el autor recrea: en su barrio, una mañana, al entrar el invierno, se escuchan los golpes metálicos de los carniceros, la entrega matutina de los cántaros de leche, el paleo de los carboneros, un perro que ladra, el vaho de la ciudad que despierta se mezcla con el humo de chimeneas levantando papeles arrojados en la acera. Se escucha a lo lejos el ruido del tráfico metropolitano. Acevedo hace crípticas referencias de arquitecto a la sección de cilindro de la plaza y su cono invertido interior que dialogan con los altos y angulares tejados vecinos. Describe los materiales terrosos del edificio y, sensible a la arquitectura que surge de su entorno, el paisaje pardo del lomerío madrileño de donde nació este edificio. No solamente: ve en el coso taurino una ciudad de miniatura, pues toda buena arquitectura contiene en ciernes un urbanismo. Las lejanas casitas blancas, donde se distingue a galope un caballo negro, “un soldado azul”, así como los pinos que “azulean” parecen brochazos impresionistas y simbolistas que reflejan el melancólico estado de ánimo de su autor.
Con el mismo tema, Diego Rivera pintó al inicio del mismo año Plaza de toros en Madrid, otro de sus famosos cuadros cubistas de gran textura escultórica, pero éste de colores más ocres, si se lo compara con El arquitecto. Rivera incluyó como guiño un inconfundible arco polilobulado de mezquita, los tejados vecinos y hasta el paisaje. El asunto se explica al saber que el artista fue vecino temporal de Acevedo, Martín Luis, así como de Reyes, y el último afirmó incluso que Rivera pintó su cuadro por influencia de Acevedo, luego de leer el texto que aquí se exhuma. El óleo de Rivera fue exhibido en la exposición de los “pintores íntegros” que se abrió en la Galería Arte Moderno de Madrid entre el 5 y el 15 de marzo. Fue la primera en mostrar algo de las expresiones entonces actuales en pintura. La reacción del público fue de tal desconcierto e incomodidad, que la policía debió solicitar al dueño retirara de su vitrina el retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna, uno de los organizadores, también pintado por Rivera.
El 10 de marzo de 1955, Reyes escribió a Torri sin haber olvidado su proyecto conjunto: “tengo tres cosas (sic) más de Acevedo, todas de ese mismo momento, Madrid, 1915, breves y preciosas”. Nadie hasta ahora las ha reunido con el corpus de documentos que conocemos del arquitecto. Este es mi pequeño aporte dirigido a ello.
Quede aquí constancia del homenaje al trabajo y a la compleja personalidad de Jesús T. Acevedo para entenderlo, estudiarlo de manera seria y olvidar lugares comunes, pues vale la pena, de modo que no lo condenemos por una filiación política pasajera, o por violar el acuerdo sagrado de respeto a la privacidad al ordenar abrir correspondencias ajenas.