Música y contracultura

- Omar López Monro - Saturday, 18 Jul 2026 22:08 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En este ensayo se describe una rama importante de la contracultura en nuestro país ligada a la música, a través de la obra y las distintas facetas de desarrollo del compositor, artista sonoro, multiinstrumentista y precursosr de formas no convencionales del arte, Roberto Jiménez Álvarez, para quien, por ejemplo, el performance es “un acto de poder estético colectivo”, concepto que en mucho lo define.

 

Contracultura chilanga

La música estuvo presente desde los primeros años en la vida de Roberto Jiménez Álvarez, en parte porque sus padres eran melómanos. De pequeño conoció referentes importantes en torno a la cultura musical de Ciudad de México: Hip 70, Discos Aquarius, Sala Margolín, y el Tianguis Cultural del Chopo. Este último espacio tuvo su origen en la I Feria de la Música organizada al interior del Museo Universitario del Chopo en 1980, el cual cumplió una función emancipadora para las juventudes interesadas en el rock y géneros musicales derivados o emparentados con éste. Hoy El Chopo (nombre con el cual se identifica al tianguis hoy a nivel internacional) es patrimonio cultural intangible de Ciudad de México.

La experiencia primigenia que Roberto recuerda haber tenido en este tianguis sabatino fue el intercambio de discos y, por ende, de saberes musicales. Nos dice el maese José Agustín que la contracultura bien pueden ser esas “manifestaciones culturales que en su esencia rechazan, trascienden, se oponen o se marginan de la cultura dominante”. Hoy El Chopo ya no es marginal pero tampoco es del todo parte del llamado mainstream.

Vinieron del norte

La contracultura en México no se explicaría sin el arribo de los norteños pachucos (José Agustín dixit). La vida fronteriza en algunas partes de México y Estados Unidos tiene sus propias reglas. Esa (contra)cultura fronteriza permeaba en Matamoros, Tamaulipas, a donde arribó Roberto antes del fatídico temblor de 1985; y ese mismo año surgió la banda Unterm Rad (Bajo la rueda) nombre que eligió el poeta matamorense Fernando Sánchez Esquivel, inspirado en la novela homónima junto a Roberto, quien en ese Matamoros querido tuvo sus primeros encuentros con la música electrónica y lecturas en torno a la estética y filosofía que cambiaron su forma de ver el mundo.

A través del mismo Fernando conoció la revista La Regla Rota, publicación desenfadada que reclamaba un espacio para esas otras expresiones culturales antes marginales como el rock, el performance y la fotografía. En sus páginas aparecía un anuncio del Disco Bar 9, el El Nueve, como era popularmente conocido el lugar propiedad del francés Henri Donnadieu.

Identidad en acción

De regreso a Ciudad de México (1988) Roberto acudió al Nueve; justo ese día vio un performance del Sindicato del Terror, a cargo de Roberto Escobar, y se integró de inmediato a este legendario Colectivo de Performance. Le fascinó la música que se tocaba en este lugar, en su mayoría hard techno, acid house, industrial, new romantic y punk.

La contracultura en México es como una suerte de caja china: El Nueve funcionó entre 1974 y 1989 en la Zona Rosa de Ciudad de México, articulando una propuesta disidente. A su vez, este bar entraña otra historia: la de una ciudad nocturna con una libertad en un sentido amplio, alejada de lo que contaban los medios hegemónicos de comunicación, y que enarbolaba la puritana sociedad mexicana: ahí, en la noche chilanga, los performances, la música electrónica, la diversidad sexual...

En esos extraños años noventa Roberto y otros jóvenes encontraron en el performance su lenguaje y, sobre todo, un medio para crear y cuestionar. El Sindicato del terror, “El ministerio de propaganda”, “El taller de la Tía Queteria”, “Vreuk Viflo”, “Los invasores”, son colectivos donde Roberto derivó y se forjó una identidad multidisciplinar y enfocada en la acción.

Por azares buscados y no siempre felizmente encontrados, según sus propias palabras, Roberto logró tener una estancia intermitente (entre 1989 y 1994) en la October Gallery en Londres, considerada como un recinto transcultural y vanguardista de la época, dirigida por el curador y escritor José Ferez Kuri, a quien reconoce como su mentor. Durante ese viaje afianzó sus ideas en torno al arte sonoro; compuso la pieza minimalista “Fade” para piano y grabadora multicanal, usando de manera inconsciente los característicos tonos del Big Ben; participó en un aprendizaje sobre museografía y curaduría por parte de Férez Kuri al involucrarse en la consecución de exposiciones sobre Francis Bacon, Samuel Beckett y William Burroughs que se montaron en dicha galería.

Arte expandido

Para Roberto el performance es “un acto de poder estético colectivo”. Él fue parte de esa generación de fin de siglo que impulsó la apertura y reivindicación de fenómenos culturales, como el performance y el arte sonoro, como expresiones artísticas que tuvieron como puntos de encuentro: La Quiñonera, El Epicentro u Obra Negra. De ese tiempo (1993) data la creación del Museo Ex Teresa Arte Actual, recinto donde Roberto impartió talleres sobre arte sonoro, que incorporó fenómenos artísticos como el performance. ¿Será que lo contracultural siempre termina por ser asimilado por el sistema o es una necesaria interacción y eventual validación?

Jiménez Álvarez fue parte del colectivo Out Fenómenos que se presentó en el Túnel de los Milenios, organizado en el Palacio de los Deportes en 2000 y también como parte del Vive Latino en 2001. Este Festival, creado en 1998, capitalizó para bien o para mal la urgencia de conciertos masivos de rock y
ritmos cercanos en nuestro país, instrumentalizando así la esencia contracultural rockera, acompañado de una serie de actividades artísticas multidisciplinarias.

En ese mismo año Roberto y Helios Beltrán impulsaron el surgimiento de una suerte no de colectivo, pero sí de colectividad: Sociedad Ultraestética De No Pertenencia o La Liga Tecnoplástica. Este proyecto era la continuidad de esa búsqueda iniciada en el performance y el sonido como componentes clave de un todo conceptual, que engloba arte sonoro en una idea de metamusicalidad, performatividad, diseño, bajo la premisa creativa de generar piezas multimodales e interdisciplinarias a partir de la reflexión del propio Roberto: “todo evento estético derivado de objetos, ideas, tecnología u obras previamente realizadas, se considera un evento ultraestético”.

Su acto de presentación fue el Museo de Arte Rufino Tamayo en 2003; posteriormente, a partir de 2005 en el Museo Carrillo Gil inicia el proyecto Torneo Escuderías, una idea de Roberto redefinida junto a Helios, pensada como un juego ultraestético (un más allá de la mera experiencia estética). Insertar este proyecto en tres entidades culturales hasta cierto punto disímbolas: Centro Cultural España, Centro Cultural Universitario Tlatelolco y Centro Multimedia (CENART) para la IV edición
de
este torneo, fue un destacado logro. Otras
sedes de este serial fueron el Museo Experimental El Eco en 2006 y el Museo Universitario Arte Contemporáneo. La Liga Tecnoplástica suspendió actividades en 2016 después de realizar el evento internacional Corales Concretos en Las Islas de CiudadUniversitaria

Performatividad sonora

En las postrimerías del siglo XX Roberto fundó el Estudio Isla Zafiro, focalizado en el techno, trance y electrónica experimental, con la premisa del registro fonográfico como un “contenedor cultural”. En éste se crearon sus primeros dos discos, ambos de un techno rugoso y potente, y toda su discografía posterior. La mayoría de la música que se realizó en La Liga Tecnoplástica ha surgido de Isla Zafiro o ha sido grabada o remasterizada allí. Hoy el archivo de este estudio contiene más de cien producciones fonográficas, radiofónicas y audiovisuales; actualmente Roberto busca poner a disposición de un público cada vez más amplio este acervo, donde figura el álbum inédito de Unterm Rad.

Roberto Jiménez Álvarez tiene una suerte de avatares a través de los cuales difunde su música: IIIIIIJ (Seis Jupiters) con el cual toca low tech, techno y electropop; Galaqtor, que da salida a un estilo enfocado en el arte sonoro y la electroacústica o dream punk; Un Hombre Baila: DJ Selector, en quien se desdobla como pinchador en torno a sus filias musicales; y es parte del proyecto MiSoMa, que impulsa la escena underground de la música electrónica en Ciudad de México.

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