La flor de la palabra / Las procesiones: amor y memoria

- Irma Pineda Santiago - Saturday, 18 Jul 2026 22:35 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

En la infancia algo que era divertido era acompañar a mi bisabuela Inés, junto con cientos de personas del pueblo y un numeroso grupo de niñas y niños, a las peregrinaciones, unas largas procesiones a los sitios sagrados, llevando ofrendas de flores, copal y alimentos a las deidades de nuestra cultura. Caminábamos bajo el ardiente sol, levantando el polvo del camino de terracería, con machete en mano para cortar las ramas que se desparramaban sobre los senderos. Cada cierto tiempo nos deteníamos en alguna cabaña donde nos daban “posada”, que consistía en brindar a los peregrinos agua, café o atole y algún bocado para continuar. Lo que para los adultos era un sacrificio, para los pequeños era pretexto para jugar con todo lo que encontrábamos en esa marcha: árboles, flores, piedras, pequeños animales y mucha imaginación. Fue mucho después que surgió en mí una pregunta: ¿Qué motiva a la gente a recorrer esos incómodos caminos para honrar a sus dioses?

Con el tiempo, y preguntando a algunas personas ancianas, entendí que las procesiones son una lucha por sostener la memoria y el amor, y para que no olvidemos que no somos los dueños de los bienes que hay en el mundo, como el agua, el aire y todo lo que crece sobre la tierra, porque ella es como una madre que no abandona a sus hijos, que les dará alimentos y prosperidad si la cuidan y le dan cariño, a ella y a los seres sagrados que crearon la vida. Por eso de vez en cuando hay que hacerles ofrendas, para recordarles el amor, ya que si no amamos la tierra, el sol, el aire y el agua que nos dan los alimentos, no seremos capaces de cuidarlos, sin olvidar que el cuidado implica también defenderlos de quienes quieran hacerles daño. Por eso, al olvidar el amor la gente deja de preocuparse por las cosas buenas en el mundo, su corazón ya no entiende que es necesario esforzarse para evitar que ocurran las cosas que lastiman la vida y el territorio.

Los pobladores de varias comunidades indígenas aún hacen procesiones para visitar y honrar a los espíritus de los seres sagrados. Caminan con sus cantos y sus oraciones, para pedirle al viento que no deje de soplar, porque necesitan su aliento y su ayuda para repartir las semillas que hacen reverdecer el mundo; le cantan al agua y le ofrendan el dolor de sus pies para recordarle que siga humedeciendo el suelo que engendra los granos, las plantas y las hierbas y que sacie la sed de las personas y de los animales; le piden al sol que no deje de brillar, porque con su luz florece la vida. Caminan, cantan, rezan, preparan viandas para compartir, porque así también es el lenguaje de amor.

Aunque en estos tiempos esos ritos no logran ablandar la piedra que hay en el corazón de quienes se sienten dueños de la tierra y creen que todo se puede vender y comprar, como ha sucedido con la selva en los estados de la península mexicana, o con el viento en el Istmo, o con el mar en la Bahía de Ohuira en Sinaloa. Los que ofrecen dinero por los bienes que hay en la tierra nunca comprenderán cuando algunos les responden que no pueden vender a la madre. Los empresarios no entienden la cosmovisión de los pueblos indígenas e ignoran la profunda conexión que existe entre la tierra y las personas. Ellos llegan con sus proyectos disfrazados de beneficios, que en su lenguaje es ganar mucho dinero, sin reconocer la violencia que generan, envician a los jóvenes o se los llevan para trabajos forzados, destruyen lugares sagrados, desplazan a las comunidades y se apropian de su territorio y de toda la riqueza que hay encima y debajo de la tierra. Por eso para los pueblos las procesiones son importantes, para recordar de dónde venimos, para no olvidar que somos hijos de la tierra y del agua, del aire y del fuego, que las rocas pusieron su firmeza en nuestros corazones, que las fieras nos obsequiaron su valentía y que los árboles con su gallardía nos enseñan a soñar con las alturas del cielo sin soltar nuestra raíz.

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