Del Tianguis del Chopo a La Lagunilla
- Omar López Monroy - Saturday, 18 Jul 2026 22:12
Comunidades urbanas
Sábado ‒Distrito Federal‒ al mediodía. Sales del Metro Buenavista y de inmediato verás decenas de puestos que se extienden en las
inmediaciones de la Biblioteca Vasconcelos, pero desde 1989 el verdadero Tianguis Cultural del Chopo se ubica unos metros más adelante, a lo largo de la calle Aldama. En la década de los años ochenta del siglo anterior parecía inimaginable el poder de convocatoria de este tianguis, el cual tuvo su germen en la I Feria de la Música en 1980, convocada por los hermanos Pantoja (encabezados por Jorge), al interior del Museo Universitario del Chopo, y respaldada por su entonces directora, Ángeles Mastretta.
El Tianguis del Chopo es un fenómeno contracultural chilango vigente centrado en la música, pues continúa la oferta de conciertos gratuitos y, aunque hay variedad de estilos musicales, el rock sigue reinando en estos lares. La venta de parafernalia musical es boyante en la mayoría de los puestos, y en el traspatio del tianguis aún se puede intercambiar o comprar álbumes icónicos, devedés y audiocasets.
Chelas y ajolotes
¿El tianguis dominical de La Lagunilla es una muestra de la ruta de la mentada gentrificación que vive la ciudad? Apenas salen del Oxxo que está en Matamoros esquina con Paseo de la Reforma, las y los asistentes a este tianguis de pulgas destapan sus cervezas de lata sin mayor contratiempo; el aumento de chelerías ambulantes y puestos de comida parece devorar paulatinamente los puestos de objetos antiguos, verdaderos tesoros culturales, de los marchantes que fundaron este emblemático lugar.
Hoy, ir a La Lagunilla significa llegar a un espacio con sus propias reglas y que cada visitante interpreta a su conveniencia. La idea de lo que es el barrio se romantiza in extenso cada domingo en esta zona que ha vivido del comercio desde hace siglos, en tanto en redes sociales se cuestionan algunas decisiones del gobierno capitalino como la pinta de ajolotes, o la reivindicación de algunas prácticas culturales comunitarias, lo cual ensombrece la crítica legítima y necesaria al respecto. ¿Será que varias de las personas que disfrutan visitar La Lagunilla buscan vivir una experiencia “distinta” (un bañito de pueblo sin tantos filtros e inteligencia artificial) un domingo de primavera, y entre semana se quejan de la
iztapalapización de la ciudad, lo cual tiene un nauseabundo tufo de clasismo y ninguna reflexión crítica?
Tiempos híbridos
Eme aquí diría el máster Mario Santiago Papasquiaro, en El Chopo, que está a unos diez minutos de la entelequia llamada Tepito, un sábado al mediodía, y ni por asomo uno puede consumir con desparpajo una cerveza para mitigar el sofocante calor. Un fenómeno que sí comparten ambos espacios culturales (La Lagunilla & El Chopo) es que se vuelven sets para generar diversos productos audiovisuales para redes sociales: crisoles que ofrecen interesantes lecturas sociológicas en torno a la identidad chilanga.
El Chopo tiene también su aire de boutique con decenas de puestos de ropa; y como pequeños oasis todavía hay vendedores de libros y vinilos de colección –aunque los precios te pueden asombrar–, o una película de ésas que pueden cambiar tu forma de ver la vida, diría Juan Heladio, el Greñas, gran maestro de la cinefilia y chopero. Este ambiente de diversidad ha sido clave para la existencia del tianguis y crucial para que hoy sea considerado patrimonio cultural intangible de Ciudad de México.
La leyenda cuenta que el Tianguis de la Música duró dos años dentro del Museo Universitario del Chopo, y un lapso similar en las inmediaciones del mismo. En esa coyuntura de saberse descobijados la organización brotó; las y los choperos (vendedores, intercambiadores, asistentes constantes: quienes dieron y dan vida al Chopo) durante varios años apoyaron de diversas formas la realización del tianguis cada sábado en distintos espacios capitalinos, hasta dar con su actual sede. La clave fue que la banda respaldó el proyecto asentado en la necesidad colectiva por tener un espacio propio en torno al rock y géneros musicales cercanos. Comunalidad en estado puro.
Biúdifol pípol
La vida tianguista se rige por el clima, La Lagunilla lo sabe y se previene porque ha comenzado la temporada de lluvias. Los primeros en retirarse son los mercaderes de artículos maravillosos: radios de bulbos y cámaras fotográficas antiquísimas, cosas bizarras como cascos de guerra, sin faltar los diversos artilugios de latón. Gracias a esta oferta el tianguis guarda esa esencia que le dio origen. Los paseantes más pendencieros se resguardan en bares improvisados en la periferia del tianguis, algunos realizan uno que otro zafarrancho antes de partir o quitar su auto estacionado hasta en triple fila, y a uno que otro de repente se le olvida dónde lo dejó.
Vasos con chelas a medio terminar pululan en las calles, parece haber una fascinación en los paseantes lagunilleros por la cerveza tibia: se les ve, ya entrada la noche, caminar sobre Paseo de la Reforma apretando fuerte su vaso como algo realmente preciado. Decenas de ellos es lo único que vinieron a comprar, no se les ve cargar ningún objeto; quizás el gran atractivo para ellos es la experiencia de haber estado en el barrio y tener varias imágenes que lo certifican. ¿Será que algunos de estos flaneurs chilang@s mañana se quejen por la contaminación citadina, por el maldito tráfico, al tiempo que la cruda realidad les dificultará el inicio de la semana?
¿Demasiada tolerancia?
El Chopo es un espacio de tolerancia por antonomasia. Los choperos –muchas veces a riesgo de su integridad física– no han dejado de luchar
por erradicar a los narcomenudistas de este espacio, en aras de reivindicar que la vocación del lugar es la cultura musical y anexas. La tolerancia en La Lagunilla es extensa y de agandalle. Quizá también esto nos habla de una forma de la chilanguez (y si me apuran, de la mexicanidad): tolerancia salpicada aún con deslices moralinos. ¿Será que aprovechamos el fin de semana para experimentar un poco de todo… pero entre semana la cordura regresa y con ello nuestro espíritu crítico que nos pide mesura y recato?
Lo importante sería concientizar nuestros consumos culturales y participación en procesos comunitarios, porque esta ciudad ha sido vanguardia en términos de acción política y conciencia social. Ambos espacios son una suerte de ventanas históricas en torno al quehacer cultural chilango, que ojalá no sean devorados por las chelerías o puestos de comida y pierdan su esencia disruptiva l