Cinexcusas / Una de esas películas

- Luis Tovar @luistovars - Saturday, 18 Jul 2026 22:31 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Un hombre por semana (Marco Polo Constandse-Ana de la Reguera, México, 2025) es una de esas películas cuyo aspecto general hace dudar si, al hacerla, sus hacedores la pensaron para ser estrenada en cines o en alguna plataforma streaming. Por momentos, algo de su formato recuerda con viveza ciertos tics muy recurrentes en el cine que no fue originalmente concebido para la pantalla grande, particularmente en el rubro del montaje, aunque cada vez que cae se recupera y es entonces que surge la duda. En este caso hubo una suerte de solución salomónica: si bien los recursos económicos provinieron sobre todo de Vix, el negocio streaming propiedad de Televisa, por lo cual era obvio que iría a parar ahí junto a La rosa de Guadalupe y demás miasmas, la película tuvo corrida comercial en salas a principios de este año.

Un hombre por semana es una de esas películas que para el espectador son lo que un hueso de carnaza para un cánido: están hechas para entretener, donde el término se aplica, si bien disfrazado de “pasársela bien”, “divertirse” y otros eufemismos, como no pensar y punto. Así lo evidencia el guión a cuatro manos, autoría de Adriana Pelusi e Iztel Lara, munífico en planteamientos generales y situaciones particulares cuyo denominador común es el convencimiento de que priva la unanimidad perceptiva respecto de ciertos hechos y circunstancias, en este caso concreto y como punto de partida, los que corresponden a una ruptura matrimonial a causa de la infidelidad y, a continuación –en lo cual consiste prácticamente la película entera–, el proceder de la parte femenina de la separación: la infidelidad corre a cargo del ente masculino y el derrumbamiento de su mundo, al ente femenino; la capacidad de pasar a otra cosa sin problema alguno es de él y las reticencias son de ella; la reacción inicial e inmediatamente posterior de él es como un vuelo de crucero por lo terso, mientras la de ella está llena de turbulencias.

Un hombre por semana es una de esas películas que, habiendo dado por hecho todo lo anterior precisamente porque sabe que, efectivamente, no la totalidad pero sí la mayoría del público al que va destinada piensa así, sabe que su historia funcionará bien: impelida por sus bienintencionadas amigas de toda la vida, a sus cuarenta y pocos años, divorciada y con la soledad en perspectiva, Mónica (Ana de la Reguera) crea un perfil en una aplicación digital de citas, resuelta a conocer/salir/coger con un hombre por semana –de ahí el título, por supuesto–, con resultados variopintos, desde el más infumable de los petardos hasta el más convencional de los príncipes azules: guapo, soltero, inteligente, sensible, afectuoso, partidario de la exclusividad sexual, de los que precisamente no crean perfiles en apps de citas.

Un hombre por semana es una de esas películas que para acceder a su previsible final feliz se salta todas las trancas argumentales y recurre a más de un atajo: por ejemplo, la introducción de un personaje –bien ejecutado por Martín Altomaro, sin duda el mejor del reparto– cuya función era espejear a Mónica, aunque no lo consigue por pura tacañería del guión, pero sobre todo un encuentro fortuito entre ella y quien a fin de cuentas, y como era recontrasabido desde su primera aparición, será su nueva pareja-para-siempre en el que, postdiegéticamente, será su regreso al redil erótico-amoroso.

Un hombre por semana es una de esas películas que, no obstante sus diversos convencionalismos, ideas preconcebidas, posturas tácitas, así sea de manera parcial consigue desmarcarse del típico ever after de rigor en el género de la comedia romántica al que pertenece. A lograrlo ayuda la narradora en off, una Amanda Miguel –“no sé quién de los dos es el que está perdiendo más...”– que de tanto en tanto rubrica con ironía ligera lo que va sucediendo en la trama, y el tono desabrochado, sin tremendismo alguno, que Constandse y De la Reguera le imprimieron a la historia.

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