La otra escena / El diccionario, apuesta escénica sobre la libertad personal
- Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx - Saturday, 20 Jun 2026 23:11
Para Ainhoa y Aitana, libres.
Asombra la permanencia y poder de un montaje, El diccionario, que concluye este fin de semana en el Cenart tras de una década de colocar la congruencia, la entereza, la grandísima modestia de la bibliotecaria y lexicógrafa María Moliner, autora del Diccionario del uso del español, en la mirada del dramaturgo español Manuel Calzada López y la dirección de Enrique Singer.
Traza con hondura el sentido de lo político una historia de los matices que articulan la subjetividad personal con
la historia del autoritarismo franquista que pasa frente del balcón de la casa. Historia de unos vecinos amenazantes, al modo de Alex de la Iglesia y Pedro Almodóvar, que parodian esas rémoras inmortales del franquismo.
Mucho humor sobre la salud mental de quien insiste e insiste en concluir una obra ambiciosa y enorme y, al mismo tiempo, reconocer que la creación de un Diccionario... como el de María Moliner conduce a una escritura infinita que revisa, reinventa y reescribe sobre sus propios pasos, más allá y por encima del tiempo, y claro, de la familia, de la edad que avanza y que recuerda anecdóticamente cómo empezó toda esa avalancha de lucidez desafiante (delirante, dice el psiquiatra) sobre nuestra lengua.
El trazo extraordinario de Enrique Singer sobre un conjunto de actores que cuenta con el máximo reconocimiento de sus pares, del público y de quienes han seguido estas trayectorias luminosas, que no podrían ser mejores para encarnar el espíritu poderoso, sensible y apasionado de Moliner. Luisa Huertas, cada vez más poderosa actriz, más profunda y autora ya de una poética actoral deslumbrante sobre la escena, va con dos grandes actores, Óscar Narváez y Arturo Ríos, con una enorme serenidad para sostener con su presencia el transcurso de una obra y una vida que fluye con ellos a bordo, soportando grandes dosis de silencio y espera. Sólo quien ha vivido décadas sobre un escenario sabe en qué consiste esa espera graduada por un director, arquitecto, pintor, historiador. (De ninguna manera la grandeza del trío que enumero le quita mérito a Roldán Ramírez.)
Enrique Singer sabe cómo el tiempo modela la existencia del actor/personaje, conoce por anticipado su puerto de llegada, pero la compasión del director por sus creaturas convierte ese tránsito en un viaje que reedita al sujeto en ese diálogo de transformación y autotransformación.
Se trata de la congruencia que Singer ha puesto en sus personajes, para que lo irremediable que recorre la obra no amenace el flujo emocional que deberá recorrer el espectador. Quien mira desde la butaca pueda saber o no dónde termina esta vida ejemplar que a lo largo del montaje está a la deriva, con los flujos temporales que la llevan de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás en múltiples tiempos históricos y personales.
Singer logra que, para quienes están del lado de los espectadores como para quienes habitan ese mundo que han construido Auda Caraza y Atenea Chávez, el espacio tenga una dimensión orgánica muy intensa, con todo y que el consultorio es un dispositivo en el que el dramaturgo ha creado una especie de burbuja de un tiempo íntimo, como al que invitan o conducen las enfermedades irreversibles. Entre ellas el delirio poético que han vivido seres afines a María Moliner, como Nietzsche, Novalis, Hölderlin.
En un orden distinto a la arquitectura escenográfica, el vestuario de Estela Fagoaga y la luz de Víctor Zapatero, le permiten al conjunto actoral inmortalizar eso que Singer coloca en el corazón de la puesta, como les sucede a las plantas que, sin saber que florecerán, aceptan el presentimiento de la floración. Es su esperanza. Su libertad, que queda como sello de este montaje: “Libertad: Facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es
responsable.”
Qué emocionante, la penúltima
función. La última será una sorpresa mayúscula.