Cuento / Peso muerto

- Ricardo A. Linares - Saturday, 20 Jun 2026 22:03 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Rogelio exhaló su último aliento ahí, en la misma cama donde él y Estela pasaron toda su vida haciendo el amor, leyendo antes de dormir, discutiendo y, a veces, cuando él amanecía de muy buen humor, desayunando también.

¿Ahora qué iba a ser de Estela sin él, su único amor, su compañero, su proveedor, su esposo, su todo? Rogelio la había elegido
a ella.

Hace tantos años, en esa fiesta, de entre tantas otras mujeres que pudo haber escogido, la escogió a ella. Qué giro que dio su vida desde ese momento, cuando la invitó a bailar esa noche. De no haber sido por él, Estela se dijo siempre, a partir de ese momento, seguiría en el pueblo, viviendo la misma miserable vida que sus padres y sus hermanos.

Después de llorarle, rogarle a ese cuerpo inerte que volviera, reclamarle por dejarla sola en el mundo, después de todo eso, cuando por fin pudo calmarse un poco, se juró que, incluso muerto, Rogelio no sería de nadie más, más que de ella. Bajo sus estrictas órdenes, una funeraria se llevó el cuerpo para prepararlo muy temprano al día siguiente. Estela lo velaría sola.

No le diría absolutamente a nadie que su esposo había muerto. No permitiría que las condolencias artificiales y cínicas de los que la conocían ‒y lo conocieron‒ le quitaran esos últimos momentos a solas con él, con su cuerpo aún tibio, con su alma, quizás, todavía no completamente fuera.

Nadie lo quiso como yo, nadie, se repetía una y otra vez.

Lo enterró sola.

Sólo estuvieron presentes ella y los cuatro hombres que cavaron el hoyo y luego lo depositaron bajo tierra, al compás de su llanto.

El mundo se enteró de su deceso por otros medios, como el periódico y la televisión, pero muy tarde, cuando a Estela ya no le importaba el qué dirán.

La familia de Rogelio nunca la había querido, desde que la conocieron la despreciaron, y cuando se enteraron de que no podía darle hijos se alegraron. Qué demonios le importaba entonces lo que su familia pudiera pensar ahora de ella. Todos eran unos malditos monstruos comedinero.

‒Que se jodan todos ‒le dijo al notario cuando éste le comunicó que Rogelio la había nombrado heredera única de su patrimonio‒. Y asegúrate de que se enteren.

Con el dinero de la herencia, Estela se mudó a Xalapa.

Pensó que haciendo esto, seguiría honrando la memoria de su Rogelio, quien siempre hablaba de la capital con nostalgia. “Ahí nacieron y murieron mis padres, Estela. Ahí nací yo. Algún día me gustaría volver… antes de que sea muy tarde.”

Estela compró una hermosa casa colonial cerca del centro. Un tanto desgastada y húmeda, pero sin lugar a dudas bella y fastuosa. Dispuso de todas las habitaciones, salvo la de ella, para las pertenencias que quería conservar de Rogelio. Y, como pieza principal de este santuario, colocaría una estatua.

‒La quiero de bronce. De cuerpo completo. Estas son las medidas. Y me la manda a esta dirección cuanto antes ‒le explicó al escultor a la par que le entregaba un papel con dichas especificaciones.

‒Quedará muy pesada, señora ‒le advirtió el artista‒. Es posible que el piso no soporte y se venga abajo.

‒Sólo haga lo que le estoy pidiendo,
por favor.

Tiempo después, en una calurosa noche de verano en su nueva casa, Estela despertó abruptamente. Desasosegada por el calor, se paró y, sin pensarlo, salió descalza de su habitación.

El bronce del cuerpo de Rogelio estaba frío al tacto. Lo acarició con sus dedos por unos segundos y luego pegó su mejilla contra él. ¡Qué delicia!

Se despojó de su camisón y en la oscuridad de su casa quedó desnuda frente a un Rogelio imperturbable. Lo rodeó con sus brazos y luego, como cuando eran jóvenes y salían a beber y bailar y ella era feliz, brincó encima de él y lo rodeó también con sus piernas.

Besó sus pétreos y fríos labios y dejó escapar un leve gemido de placer.

Luego, un crujido, como si el propio Rogelio se desperezara de su estática postura. Cuando Estela entendió qué estaba pasando, Rogelio ya se abalanzaba sobre ella. Perdió el aire al momento del impacto y por poco también el conocimiento. El insufrible peso de Rogelio la sofocaba.

‒Rogelio, me ahogo…

El lunes por la mañana, Chabela, la señora que hacía la limpieza una vez por semana, encontró el cuerpo inerte y descolorido de Estela bajo la estatua de Rogelio.

Si la señora hubiese sido más amable con ella, pensó Chabela, tal vez se habría puesto triste. En cambio, sólo la miró con desdén por unos momentos y luego fue hacia la recámara. Del ropero sacó una sábana blanca que tendió sobre los bellos durmientes. Y, como cualquier otro lunes, comenzó a sacudir el polvo de los muebles. Empezando, esta vez, por el joyero l

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