Con todo en contra: literatura escrita por mujeres
- Evelina Gil - Saturday, 20 Jun 2026 21:35
En días previos a la conclusión del primer borrador de un libro sobre autoras invisibilizadas del Boom Latinoamericano, sostuve una suerte de diálogo espiritual con la narradora y ensayista estadunidense Tillie Olsen (1912-2007), que expuso dicha problemática desde su experiencia personal. La forma en que está organizada la sociedad, y que ha variado de manera un tanto forzada hasta la fecha, es la principal causa del destierro histórico sufrido por las mujeres, no sólo en la literatura sino en cualquier ámbito (arte, ciencia, política, deporte), refiriéndome concretamente a la sociedad occidental de los llamados “tiempos modernos”. La base de dicha organización es biologicista. La propia Olsen, quien redactó sus ponencias “Silencios” y “Una de doce: mujeres y escritoras en el siglo XX” a principios de la década de los setenta, pone en duda afirmaciones respecto a la discordancia evolutiva entre hombres y mujeres y la presunta inferioridad física e intelectual de las últimas, y hoy, dichas conjeturas han sido invalidadas gracias a nuevas tecnologías, como la aplicación del ADN, que han propiciado revisiones de axiomas de orden arqueológico y antropológico, como se señala en el libro El hombre preshistórico también es una mujer. Una historia de la invisibilidad de las mujeres, de Maryléne Pathou- Mathis.
Las mujeres prehistóricas, lejos de permanecer ocultas en cuevas, haciéndose cargo de su prole, como se sigue pregonando, formaron equipo con los hombres e incluso asumieron una posición nuclear en algunas de aquellas sociedades. Se ha descubierto, además, que mucho del arte pictórico y escultórico milenario floreció de manos femeninas. Patou-Mathis, especialista en el comportamiento de los Neandertales, rechaza el determinismo biológico y refuerza la teoría de otras feministas respecto a que la cultura impacta mucho más en la aquilatación de conductas atribuidas a ancestrales roles de género. La neurobióloga Catherine Vidal concluye que hombres y mujeres adoptan conductas estereotipadas debido a huellas culturales fijadas mediante la plasticidad del cerebro.
El estudio de la prehistoria es bastante reciente, se remonta a mediados del siglo XIX y se rigió a través de una visión androcéntrica y poco imaginativa, pues el modelo propuesto de familia prehistórica es idéntico al de la familia prototípica. Los procedimientos recientes que permitieron identificar con certeza el sexo de algunas osamentas a las que equívocamente se clasificó como masculinas, arrojan descubrimientos contundentes: algunas osamentas femeninas ostentan fisuras y lesiones claramente producidas por la exposición rutinaria a armas de cacería y ejercicios físicos, equiparables a las de los varones. Y si bien la ciencia actual pareciera contribuir a la anulación de mitos y estereotipos de inferioridad física, intelectual, incluso moral de las mujeres, la misoginia surgida de la llamada “machosfera” no sólo desvirtúa las conclusiones de expertos contemporáneos sino que citan como vigentes aquellas presunciones de supremacía masculina. Previo a un patriarcado milenario que, se cree, se desarrolló a partir del Neolítico, existieron hordas de guerreras y mujeres autosuficientes y, como reitera Patou-Mathis a través de su investigación que trasciende la prehistoria, abundan ejemplos de mujeres, a través de todos los tiempos, que demostraron ser tan capaces como los hombres en múltiples funciones. Tillie Olsen, en 1971, dice: [“Algunos] claramente ignoran o bien descartan el hecho de que, durante los siglos de la prehistoria, la biología no impidió la contribución igualitaria: no la biología, sino el distinto pasado de las mujeres. Cada ser humano debería llevar en su conciencia esta distinción, sobre todo las mujeres, tal y como cada persona negra lleva en la suya los cuatrocientos años de esclavitud, colonialismo y servidumbre.”
Maternidad vs. literatura
Cuando Olsen clasifica a las pocas autoras anglosajonas que adquirieron genuina notoriedad en la literatura entre los siglos XIX y XX se topa con un dato para nada casual: cerca de ochenta por ciento de dichas autoras, es decir, una mayoría abrumadora, prescindieron, voluntaria o involuntariamente, de la maternidad. Del veinte por ciento restante, al menos la mitad contaba con una posición lo bastante desahogada para contar con servidumbre que se hiciera cargo del cuidado de los niños y los quehaceres domésticos. Ya entrado el siglo XXI podría escribir nombres de mujeres muy próximas a mí que incursionaron con gran calidad y éxito en la literatura, y cuyos nombres se han ido desdibujando tanto del panorama literario como referencial. ¿La razón? Les ha sido imposible alternar la escritura con la maternidad. Me queda claro que no todas las mujeres corresponden a ese ideal casi imposible, como todos los que nos imponen, de criaturas fabulosas, casi monstruosas con cuatro brazos y seis piernas, que pueden con absolutamente todo y al mismo tiempo. Y con “todo” no me refiero específicamente a trabajar, criar hijos y realizar labores domésticas, sino mucho más: hacer compras, mantenernos en forma, maquillarnos, acudir a la peluquería a que nos escondan las canas, fungir de buena anfitriona y mostrar siempre nuestra mejor cara aunque nuestro único deseo sea echarnos a dormir. Y contra las exigencias de la maternidad la vocación literaria poco tiene que hacer. A menos que inviertas las prioridades y te conviertas en una mala madre, en una pésima anfitriona, en un desastre con tu arreglo personal y un ama de casa deficiente para volcarte cuanto sea posible en la literatura.
Siguiendo un poco la línea de Olsen, y tomando a las autoras de mi personal protoboom como referencia específica, tenemos que de veinte autoras, nueve no tuvieron hijos: Dulce María Loynaz, Silvina Ocampo, Josefina Vicens, Armonía Somers, Aurora Venturini, María Luisa Mendoza, Nélida Piñón, Albalucía Ángel y Cristina Peri Rossi, es decir, la mitad. Entre las que fueron madres, sólo califican como supermujeres dos de ellas que pudieron con el paquete completo sin ayuda externa: Luisa Josefina Hernández y Marta Traba. Clarice Lispector y Elena Poniatowska contaron con asistentes domésticas. Las restantes llegaron a ser tildadas de “malas madres” por descuidar a su prole por “la maldita escritura” e incluso padecieron violencia intrafamiliar por dicha causa: María Luisa Bombal, Elena Garro, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Rosario Ferré, Luisa Valenzuela y Marvel Moreno. Contrario a la lista presentada por Tillie Olsen de autoras con hijos versus autoras sin hijos, aquí se incrementa sensiblemente el número de mujeres que no sólo logran alternar la escritura con la crianza y una vida azarosa, sino que pagan un precio muy elevado por sobreponer la realización vocacional a un presunto dictado biológico. El que las obras de Bombal, Arredondo y Moreno, más en concreto, sea más bien breve, como de hecho lo fue la de la propia Olsen, es reflejo de sus adversas circunstancias.
Autoría femenina contaminada
Pero hay mucho más en juego, como bien señala la autora neoyorquina Joanna Russ (1937-2011) en su hoy canónico ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres, originalmente publicado en 1983 y traducido al castellano treinta y cinco años después (nunca demasiado tarde). Entre muchas otras cosas, escribe sobre la contaminación de la autoría femenina; los múltiples recursos de los que se han valido los críticos (no necesariamente varones, ojo) para alejar a los lectores de las obras escritas por mujeres. Uno de esos recursos es disminuir moralmente a las autoras. Russ ha nombrado esta mala fe como “untermeyerismo”, en directa alusión al crítico y también poeta neoyorquino Louis Untermeyer, cuya historia personal, pletórica de divorcios, re-casamientos y traiciones maritales, o bien expone su misoginia, o justifica su impericia para establecerse emocionalmente. Esto no deja de ser humano, pero un crítico no debería impregnar su labor de prejuicios de cualquier tipo:
¿qué escritor varón ha sido transformado por los críticos en un Solterón, Triste, Ermitaño y Tímido (por la mera razón de no estar casado) o Marido Devoto y Sumiso (mostrado como figura ejemplar)? T.S. Eliot no se convirtió en el Empleado del Banco en lugar del Poeta (...) es importante destacar que la imagen pública masculina está dirigida hacia la actividad del mundo exterior, mientras que la femenina (con la excitante pero aún así condenable excepción de la Puta) no lo está [...] Sería agradable pensar que el untermeyerismo ‒reclasificar a las autoras en estereotipos sexistas, en las feministas en antifemeninas, a las poetas lesbianas en remilgadas, a las filósofas (como H.D.) en no sé qué, a los esclavos negros en niños intuitivos‒ ha llegado a su fin.
Malas noticias para Joanna: los untermeyeristas están más vivos que nunca. En México tenemos espléndidos ejemplares fosilizados que porfían en denostar a Elena Garro y a Rosario Castellanos, en defensa de sus célebres esposos.
Olsen menciona un número ingente de autoras sajonas que merecen ser más leídas y ni siquiera han sido traducidas a nuestra lengua, cuyos nombres leí por primera vez asomándome a estas ponencias. Las únicas que no sólo reconocí, sino además he leído con devoción, son Jean Rhys y Kate Chopin. Exactamente lo mismo ocurre con las latinoamericanas: la mayoría de las autoras de mi protoboom carecen de traducción a una lengua tan básica como el inglés, y con seguridad resulten exóticas a cualquier extranjero que acceda a estas líneas. Al respecto, y a manera de remate, dejo estas líneas angustiadas y conmovedoras de Olsen:
Vosotras que enseñáis, leed a las escritoras. Hay toda una literatura pendiente de reevaluar y reestimar. Algunas de sus obras se revelarán mortales, como las vidas de sus autoras, humanas al fin y al cabo, pues se atendrán únicamente a su época. Otras, hoy en día olvidadas, oscurecidas e ignoradas, revivirán para nosotras (Silencios)