Bemol sostenido / Oda al boleto impreso

- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 20 Jun 2026 23:12 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

Durante años, de manera más o menos constante, guardamos boletos. Cientos. De todo tipo. Los que más nos importaban, claro, eran los de conciertos. Luego estaban los de teatro, danza, museos y deportivos. También guardamos de aviones (pases de abordar). Pensábamos, lectora, lector, que su cúmulo serviría para crear una obra plástica o una instalación; una huella hecha de huellas. Nos decíamos que un día valdría la pena verlos como collage en nuestro estudio, o en un bar o restorán, allí donde dieran ganas de acercarse para distinguir un nombre sobre papel envejecido.

La idea surgió visitando Super Sound, la tienda de discos ubicada frente al teatro Ángela Peralta, en Polanco. Terminaban los años ochenta. Ellos tenían memorabilia y, precisamente, boletos de conciertos. Organizaban viajes musicales ‒nos enteramos después de que cerraron‒ para los pocos que podían pagarlos. Era cuando no existían ni Ocesa ni Ticketmaster. Cuando nadie pensaba en tarifas dinámicas sujetas a la oferta y la demanda. ¿Por qué hablamos de esto?

Hace unos días compramos entradas para un concierto. La transacción fue en línea. Seguimos cansinas instrucciones hasta que, finalmente y tras vericuetos de insondable sometimiento, pudimos verlas en el teléfono, animadas por el código de barras cambiante que impide fotografiarlas, fijarlas, tenerlas de verdad. Como siempre, fantaseamos con que perdíamos el celular llegado el día. Imaginamos que no había red arribando al foro. Que los policías se impacientaban y nos quedábamos fuera. ¡Cuándo permitimos esto! Lo fácil y bello era el papel impreso, caray.

Expectativa, promesa, identidad, pertenencia. Al principio de barro o de metal (en Roma), luego impreso, el boleto nunca fue solamente un recibo. Inicialmente era una forma de invitación más que un derecho comprado. Administraba experiencias. Tenerlo reflejaba una validación que se formalizó en Europa hasta el siglo XVIII. Allí nacieron sistemas para asegurarse un sitio en el teatro o la ópera con antelación. Inglaterra fue pionera en la aparición de agencias especializadas. Ya no se trataba de la sola autorización para ingresar a un recinto; era una transacción, un documento de cumplimiento futuro.

¿Quién lo diría? El billete que hoy se nos aparece en las páginas de un libro, vuelto separador, es reliquia en construcción, prueba material de una asistencia irrepetible. Es constancia del paréntesis con que le robamos un tramo a la normalidad. “Estuvimos allí”, nos decimos con certeza cuando lo vemos, recordando el esfuerzo que implicó conseguirlo (a veces enorme). Porque sí, en la mano los boletos rememoran eventos específicos pero también contextos, personas, momentos de valor acumulado.

Finalmente, hay que decirlo, también están las entradas del concierto cancelado o al que no llegamos, o cuya fecha tergiversamos (nos pasó con Van Halen). “Qué idiotas fuimos”, decimos riendo mientras levantamos los que han caído de un sobre roto. Allí están los boletos para las primeras visitas a México de Billy Joel, Pink Floyd, U2, Soda Stereo, Rolling Stones, Metallica, King Crimson, Peter Gabriel, Marillion, David Bowie, Rush, Sting… Este último, en 1991 y según se alcanza a leer, costó 160 mil pesos. ¿Éramos ricos? No. Los precios eran otros. Nadie sospechaba el negocio que representarían los conciertos. Los abusos que engendrarían. Estamos sometidos. Y lo permitimos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

Versión PDF