Anécdotas / La visa turística del sha de Irán (I de II)

- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 20 Jun 2026 23:02 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Ha venido a mi memoria el “asilo” que México le dio al sha de Irán Mohammad Reza Pahlaví. Y, revisando algunos documentos viejos, hasta ahora una viene a enterarse de que el gobierno de José López Portillo remarcó que era una visa turística para él y su familia. ¿Cómo es que Su Majestad Imperial vacacionaba en nuestro país en plena “revolución islámica”?

Tengo mucho que contarle, doña Clofis. Éramos jovencitas, algo recordamos, eso es seguro. Un amigo
a quien le comenté sobre estas notitas que le preparo me dijo, sonrojado, que lo que más le viene a la cabeza sobre aquel episodio fue la descomunal belleza de la esposa del sha, Farah Diba. Sin embargo, hubo más de esta historia a partir de reportes secretos que fui a consultar al Archivo General de la Nación. Los papeles viejos son en apariencia “basura” (“archivo muerto”) pero revelan mucho más de lo que cualquiera supondría saber.

Desde el 4 de junio de 1979, al menos, ya se tenía un primer domicilio que lo albergaría: Vergel núm. 21, en Cuernavaca. Esta casa la visitaron el jefe de seguridad del sha, el coronel Kiomara Jahanbani y su secretario particular Robert Armao, acompañado de su asistente Tim Desmond. Su dueño era el conde italiano Corrado Agusta. (Firma estos reportes confidenciales nada más y nada menos que el temible Miguel Nazar Haro.) Sin embargo, el señor Agusta desertó de arrendar porque, según otro informe, trabajaba para una empresa italiana, país al cual Irán le proveía petróleo, y si consumaba ese contrato se crearía “un problema político a nivel internacional”. Los mismos señores localizaron otra casa, ésta, de la señora “Roland, viuda de Riveroll” en la colonia Internado Palmira, en la misma ciudad.

El sha arribó a las 15:15 horas, procedente de Miami, el 10 de junio de 1979. Un periodista pudo hacerle preguntas y respondió así: “Me siento contento de estar en México.” Le preguntó cuánto estaría en el país: “Una temporada, junto con mi familia, como turistas.” Según la nota, los “turistas” eran el sha, de cincuenta y ocho años; su esposa Farah, de cuarenta años; su hijo Reza, de dieciocho años; cuatro iraníes y un estadunidense. A las 17:15 llegaban al nuevo hogar después de descender de un Lebaron modelo 1979. Aparte había arribado su madre Tadj ol-Molouk y la gemela del emperador, Ashraf.

La colonia de Cuernavaca donde “turisteaba” personaje tan ruidoso se convirtió en un nido de periodistas, policías y curiosos. Alrededor de estos convidados también se tejió cualquier cantidad de tramas, ardides, chismes y reportes. La dirección Federal de Seguridad generó a diario un informe de todas sus actividades. Se puede saber que varias veces comió en el restaurante Las Mañanitas, o que fue al Cuernavaca Raquet Club, a la Quinta La Serena (ahí se quedaba su particular, Arnao), al Club Hípico de Ahuatepec… ¿Con quiénes se veía? Juzgue usted: el industrial Bruno Pagliai, los banqueros Manuel Espinosa Iglesias, José Carral, José Pintado Rivero, Melchor Ferrusquía, Luis Reyna y su esposa, la princesa María Beatriz de Saboya. Hubo incluso un viaje de Reza hijo a Ciudad de México, en helicóptero, con el fin de buscar “algunos aviones en renta”. Este joven quería estudiar aviación. Otro día, doña Beatriz y doña Farah se trasladaron a Ciudad de México: pararon en la Mueblería Rattan, comieron en Polanco y, por último, ingresaron a una joyería en la Zona Rosa.

Estaba en su apogeo la Revolución Islámica y el ayatolá Jomeini (Khomeini) se alzaba como supremo líder. Éste firmó una orden ejecutoria para dar muerte al sha dondequiera que estuviese y dijo, según la prensa de Teherán, que quien lo lograra se haría acreedor a “un viaje a La Meca en avión”. Le mando otra carta en próximos días. Traigo prisa. (Continuará.)

Archivo General de la Nación.

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