“Muerte sin fin de una obstinada muerte”

- Vilma Fuentes - Saturday, 20 Jun 2026 21:32 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
A partir del enorme poema de José Gorostiza, “Muerte sin fin”, este artículo reflexiona sobre la propia muerte, con una suerte de resignación inevitable y cierta melancolía, pero mirándola de frente.

Al igual que casi todo mundo en esta Tierra de peligros a la vuelta de la esquina, donde con la edad se aprende a vivir lo efímero como si su duración fuera eterna, he alcanzado esa sabiduría que dan los años: disfrutar de cada instante como si fuera el último… porque acaso lo es y esto no lo sabremos nunca: sólo podemos saber que no hemos vivido ese último momento, puesto que seguimos en vida.

¡Ah!, cómo gozaría esos segundos si supiera a ciencia cierta que no habrá otros.

–Se equivoca usted –me interrumpe el condenado a muerte desde la antesala de la ejecución–. Llevo tres años esperando y desesperando. Algunos de esos anocheceres cargados de melancolía, sólo deseo morir cuanto antes, cesar de esperar, de esperar no sé si la muerte o seguir vivo sólo para seguir esta espera interminable. Esta espera desesperada, “aquí donde la esperanza cesa”, lee Dante a la entrada del Infierno.

Su desesperación me impone el silencio. ¿Qué puede decirse a una persona encerrada en la antesala de la muerte? Y, sin embargo, todos y cada uno estamos en esa antesala, simplemente preferimos olvidarlo para seguir vivos, para no pensar en la propia desaparición, idea de todos modos imposible de concebir: “y sueña que su sueño se repite,/ muerte sin fin de una obstinada muerte,/ ¡Oh, inteligencia, soledad en llamas,/ Que todo lo concibe sin crearlo! (Muerte sin fin, José Gorostiza)

Y, sin embargo, la propia muerte no se concibe. Para concebirla se necesitaría vivirla y, ya sin vida, cesamos de concebir cualquier idea, cualquier sueño, cualquier ráfaga de luz hundida en el cielo como un puñal que desangra el firmamento. Llueve, entonces, la sangre que circula en la venas de un cielo que se eterniza: “…me descubro/ en la imagen atónita del agua, que tan sólo es un tumbo inmarcesible, un desplome de ángeles caídos/ a la delicia intacta de su peso,/ que nada tiene/ sino la cara en blanco…”

Pensarse a sí mismo es ya difícil, pensarse desaparecer es una nueva vuelta de tuerca del pensamiento. Las ideas se disparan como los chorros que brotan de un géiser en llamas de fuego y agua. Van de un lado a otro, rebotando contra los muros invisibles que encierran al soñador.

Las ideas se vuelven imágenes y escapan de la palabra. Todo es visión y sueño. El mundo circula alrededor del durmiente girando sin cesar como gira la Tierra alrededor del sol. El universo entero se pulveriza en mosaicos donde se escribe la Historia que se precipita hacia el precipicio de un futuro inimaginable porque no posee límites que lo contengan: “¡Oh inteligencia, soledad en llamas!/ que lo consume todo hasta el silencio,/ sí, como una semilla enamorada/ que pudiera soñarse germinando…/ ¡Oh inteligencia, páramo de espejos!/ Helada emanación de rosas pétreas/ en la cumbre de un tiempo paralítico…”

El tiempo cesa de pasar y de ser tiempo, consumido por las llamas de la inteligencia. Pero las llamaradas siguen reflejándose en las superficies pulidas del espejo donde en vano nos buscamos, sin poder vernos en nuestra imagen, extraviados en el fondo infinito de los espejos que se reflejan, unos a otros, en la eternidad desertada por el tiempo hecho de segundos al ritmo del tictac de las manecillas.

Busco en el espejo la mirada que me mira sin poder encontrarla, perdida acaso en el fondo de los reflejos que se repercuten unos a otros al infinito. Me miro sin mirarme, invisible, extraviada a mis ojos, caída en el lugar sin regreso del olvido. Trato de existir, de probarme que existo, tocando mi piel, saboreando una fruta, buscando los aromas que el viento pasea en su vuelo: “Sabe la muerte a tierra,/ la angustia a hiel/ Este morir a gotas/ Me sabe a miel./ Ay, pero el agua,/ Ay, si no sabe a nada./ Pobrecilla del agua;/ ay, que no tiene nada/ ay, amor, que se ahoga,/ ay, en un vaso de agua.”

Esa agua que toma la forma del vaso, en donde nada es ni nada está. El agua que escapa entre los dedos de la mano, incontenible y escurridiza. El vaso donde anida el alma del ser.

José Gorostiza persigue la muerte como si ésta fuera un prófugo sin percatarse, o quizás para olvidarlo, que el prófugo es él. Muerte sin fin, uno de los más grandes y bellos poemas de la lengua española de México, es la narración de la lucha épica contra la muerte, dando otro giro para ser nosotros los perseguidores cuando somos los perseguidos por esa muerte que nos acecha al pie de un campanario, frente al infinito panorama del mar y el cielo, en un confesionario, en un instante de distracción. Para Gorostiza, la muerte no es vencida, pero tampoco sale victoriosa. “¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el diablo…/ Desde mis ojos insomnes/ Mi muerte me está acechando,/ Me acecha, sí, me enamora/ con su ojo lánguido.”

Antes del escupitajo final que cierra el inolvidable poema de José Gorostiza: “¡Anda putilla del rubor helado,/ Anda, vámonos al diablo!”

La muerte no sale victoriosa de esta lucha, pero tampoco es vencida: queda de pie en espera de sus víctimas que no pueden dejar de llegar pues no hay caminos que no conduzcan a ella. Anda, adelante, anda, vámonos al diablo.

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