Anécdotas / El diario Sinaia, 1939

- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 06 Jun 2026 22:18 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

A Emilio

¿Cómo sería un viaje en altamar con pasajeros que van sin boleto de vuelta? ¿Cómo convivir en estrechos pasillos, con alimento limitado, lavar la escasa ropa y entretenerse? ¿Cómo llevar a cabo una paciente espera y soñar, al mismo tiempo, que un día se podrá regresar a la patria?

Fueron mil 800 los navegantes del Sinaia. Bueno, fueron al final mil 802, ya le contaré qué pasó, doña Clofis. Usted me platicaba de un abuelo o familiar que llegó exiliado de España, ¿verdad? ¿No habrá sido en el Sinaia?

Durante diecisiete días de navegación se dio a conocer un periódico de lo más peculiar: edición única, a máquina, en hojas sueltas, con encabezados escritos a mano sobre el original. Hay ilustraciones, dibujos y rayas con plumones que buscaban, pienso, parecer un impreso de rotativa. Le removería el corazón conocer el diario Sinaia.

Pienso, querida amiga, que detrás de todo exilio-asilo hay tristeza. El asilado lo es por pensar diferente, por su ideología. Ha sobrevivido a la persecución y otro país le abre las puertas. Francisco Franco era incompasivo, matón, tirano. Entre esos mil 800 había republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, demócratas y ciudadanos sin filiación política, pero antifalangistas.

Aquella Guerra Civil española (1936-1939) fue un horror. Pero, por este Sinaia, podemos saber hasta dónde la esperanza y la creatividad pueden convertirse en gentil sobrevivencia. Esas páginas revelan la fuerza interna que explota porque lo exigen las circunstancias críticas y brota nuestra densa oscuridad o nuestra claridad más destellada. Sinaia se publicó desde el 26 de mayo de 1939 y sus últimos pliegos, el 12 de julio, la víspera de la llegada a Veracruz.

El singular periódico contenía noticias, introducía a los futuros residentes de México detalles del país que los esperaba, qué trabajos estarían disponibles para ellos, y una de las secciones más bellas, para mí, fue la de actividades recreativas y culturales.

A bordo se organizaron conciertos a cargo del maestro Oropeza; uno fue con piezas de Soutullo y Bort y Jiménez. Se oían pasodobles, suites españolas y serenatas. Se realizó un concurso de “poesía libre” y un recital a cargo de Luis Iniesta, en el cual se leyeron piezas de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico García Lorca y hasta unos versos titulados “Traidor Franco” de Benjamín. Se formó la Agrupación Musical Española que deleitó a los pasajeros con obras de Giner, Schubert, Cristóbal Oudrid, Strauss y Usandizaga; en otra ocasión, de Rimski-Kórsakov o de Bizet. Un día cantó Amparo Arriaga.

El Sinaia también revelaba de manera discreta las tensiones en altamar. Se recomendaba no desperdiciar el agua, no subirse a las lonas de las lanchas-salvamento a tomar el sol, no arrojar cáscaras de fruta y recoger cabellos tras el corte de pelo. Se aconsejaba “no discutir, razonar; no vociferar, aconsejar”. Se pudo saber que una pareja durmió al aire libre y, por descuido, el afanador del barco los mojó. Hasta nació una niña que llamaron Susana Sinaia del Mar Caparrós Cruz, apodada la niña “polizón”, y días después otro bebé.

En el último número expresaban su profundo sentimiento de “libertad antifascista” y la promesa de contribuir con todo su talento para el bien de México. Se reportó que en la “despedida” los mil 800, más dos pasajeritos nuevos, bailaron, cantaron, declamaron, gritaron.

Las guerras damnifican, sobre todo, a los de abajo. Una nación que cobija a sus hermanos en desgracia es compasiva, aunque, por más que bendito sea el asilo, el corazón quedará contrito. La tierruca es la tierruca l

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