Un reino vacío y huraño: la poesía de A Alvarez
- Hermann Bellinghausen - Sunday, 24 May 2026 02:07
Alfred Alvarez (1929-2019), conocido por la inicial A, o como Al, fue un importante crítico y reseñista inglés de origen sefardita. A él se debe una muy popular antología moderna de lengua inglesa, The New Poetry (1962, revisada en 1989), apasionada y parcial como debe ser (la primera edición sólo consideró a dos poetas estadunidenses dignos de figurar en ella). Punto de referencia ineludible, su obra crítica incluye The Shaping Spirit, The School of Donne, Beyond All This Fiddle y un estudio sobre Samuel Beckett. En español se le conoce por El dios salvaje (obra de 1971), profunda indagación sobre el suicidio, marcada por la muerte de Sylvia Plath. Escribió entretenidas novelas: Hers y Hunt. Con el tiempo le dio por libros documentales sobre el poker, la natación, el montañismo y otros intereses suyos
no literarios.
Crítico-poeta más que poeta-crítico, la mayor parte de su obra es prosa. Su poesía fue parca y de escasa circulación. En 1978 publicó Autumn to Autumn and Selected Poems 1953-1976, donde recogía Lost y Apparition, y en 2002 New & Selected Poems.
El poeta jamaiquino Edward Lucie-Smith, en su antología British Poetry since 1945, lo incluyó dentro del grupo de los expresionistas, junto con Ted Hughes, Sylvia Plath, Francis Berry y Jon Silkin. La teoría de Alvarez sobre el arte “extremista” es fundamental para entender a los expresionistas ingleses, en particular a Plath (“Es un arte como el del corredor de autos: el arte de mantener un control preciso sobre algo que, para el observador, parece más allá de todo control.”) Los poetas de este grupo, él en menor medida que los otros, fueron influenciados por los expresionistas alemanes Georg Trakl y Jakob van Hoddis. Alvarez habría de convertirse en promotor de los “confesionales” estadunidenses (Robert Lowell, John Berryman y otra vez Plath).
La poesía de Alvarez no opta por la poderosa ira de Hughes ni la despiadada sinceridad de Lowell y Plath. La certeza de la muerte y la inaccesibilidad del amor dan pie a una poesía reflexiva y mesurada. La evocación del padre muerto es, como en Jaime Sabines, una dolorosa obsesión que define su sobria sensibilidad poética. Para Alvarez lo confesional se refleja en el desnudamiento de la vida domestica, entrañable pero banal ante la evidencia del envejecimiento y la muerte.
Robert Lowell escribió: “Sentimos a la máquina huir de nuestras manos,/ como si alguien más la condujera./ Si vemos una luz al fin del túnel/ es la luz de otro tren que se aproxima.”Tal vez la máquina no huye de nuestras manos, pero el tren que se aproxima es algo que no podemos controlar.
Un otoño tras otro
A. Alvarez
La pesadilla y la fotografía
Tu sombra me contempla incluso cuando duermo,
tu susurro atraviesa el dormitorio
como si te desplazaras entre seda ¿Para qué seguir
tratando?
Nada regresará tu rostro al mediodía.
Me engaño con dolores que no puedes sentir.
Otra rueda te retuerce y atormenta.
Algún mal te acecha. Fino como el agua,
tu grito tensa en uno mi dolor y mi aliento.
Todo se orilla a una pausa. Te desvaneces
y yo quizá bostece al descubrir tu ausencia.
Pero despierto y eso me basta para saber
que no dormirás,
espiando a través del frío ocaso.
¿Para qué? Nunca cesará tu trance insomne,
tu sonrisa nunca te salvará de la noche
ni mi soledad, por conocerte, será menor.
(1956)
Un cementerio en Nuevo México
para Alfred Alvarez, muerto, 1957
En el atardecer, los muertos se conmueven
suavemente.
Sobre ellos el suelo yace ligero y el viento
recorre la tierra como si la tierra fuese pinos.
En una pesada muerte septentrional, mi propia
sangre
duerme con lluvia y barro y tiniebla, densos
arbustos
donde el espíritu lucha por movilidad como
por aliento.
Pero entre estos pinos las cruces emergen
como helechos,
frágil bosque brotante, y lisas piedras veteadas,
el viento pasa, y entre sombras pasa el sol.
Delicada luz, el aire, un hálito
reúne a deudos y muertos en un sueño ligero:
yo veo como si fuese un ciego que duerme.
Y recuerdo el día en que sogas crujientes
dejaron caer
en su tumba el pesado cuerpo de mi abuelo
y la lluvia cayó mientras arrojábamos tierra
sobre la tapa.
Definitivos y severos, los terrones cayeron
como un soplo
en el viento
mientras los dolientes se empujaban contra
la lluvia.
Había oradores hebreos que yo no comprendía.
Honorable, opulento, postrado, inconmovible
y remoto
él vive su tiempo en el cementerio de Willesden
y sobre su cabeza está grabado mi propio nombre.
Una y otra vez la cosa comienza:
ahora el llanto de mi hijo nos irrita en la noche
cuando sobre su cuna la oscuridad apoya
el mismo rostro.
Y sin embargo en esta clara tarde
los muertos se mueven como viento entre pinos:
rozan mi boca, su espiral recorre mi espina.
Me aguardan. ¿Por qué no dirán mi nombre?
(1958)
La puerta
Sé que estuvo en la puerta
y yo debí haberme abalanzado hacia ella
y abrir la puerta en el diluvio
y el campo fluyendo hacia el torrente.
Pero no pude. El agua corrió,
ella se fue a sus asuntos
ansiosa, desconcertada, oscura.
Cuando abrí la puerta se había ido.
Se secaron los campos y el sol
estrelló sus extensiones como vidrio.
Rota, azogada, derribada
yace la puerta que no pude cruzar.
“Ven a mí más tarde, donde sea.”
Su voz suspira como lluvia en los pinos.
“Recorren aquí nuestros pastizales el alce
el oso, el lince, el puercoespín.”
(1959)
Nocturno
Como un sonido desde la profundidad
de tu garganta
comenzó una canción no entonada para mí,
gutural, suplicante, ciega como si doliese. Cantas
tú misma:
voz arrojada sobre voces, un llamado anhelante
fuera del abismo del cuerpo, mientras sin prisa
emerge el dios. Tras él la oscuridad cierne
su cabellera.
Se mueve como de ola en ola; entre ellas,
inmovilidad.
Vacilante como el agua, como la marea firme,
tu voz corre también y debajo corre el sueño.
El dios doméstico se posa al pie de tu cama,
espesa oscuridad contra las sombras vacilantes
y no hace seña alguna. No agitaría una pluma
aunque afuera el viento corra salvaje entre
los árboles.
Así, mientras yo duermo tú miras. Con lamentos
en la oscuridad
cambias mis sueños,
hasta que el letargo se hace árido, intranquilo
y temeroso
como tu canción.
(1960)
El sobreviviente
Esta calavera entre mis manos es la de mi vida. Me
mira
fijamente. Mi hijo atisba por sus cuencas,
los labios
de mi esposa se mueven
a través del hueso pulido donde sus labios
deben estar.
Su cabello es suave en la coronilla y arde de amor.
Estamos sujetos a una sola muerte individual:
hijo, esposo, esposa,
mezclada sangre, sentimientos mezclados, dedos
mezclados y mentes
que arden en una sola llama a través de
nuestras vidas
y estoy abandonado con una tierna calavera
entre mis manos.
Es extraño que un hueso pueda llamear como
sumergido en brea,
extrañamente intenso en la muerte, con una
extraña ternura
en la sangre que alguna vez fluyó hacia una
mejilla hoy impávida
a mi roce. La muerte las estrecha hueso a hueso contra su seno.
Sólo queda la calavera, la última evidencia
que gira en mis manos, en mi sangre, bajo mi piel,
paseando mi vida como un viajero que golpea
la tierra y grita “madre querida, déjame entrar”.
(1960)
Duelo y melancolia
Su rostro era azul, había entre sus dedos
manchas verdes. Pensé
“este es mi padre”. Torpe y rígido
clavó los ojos fuera de mi letargo. La camarera
sonrió con su cadáver desde el lecho
sus agrietados labios tenues y acogedores.
En el cuarto contiguo su hijo albino
seguía gritando. Tuve que callarlo
como a un cachorro ciego. “Muerto de
estrangulamiento
por personas conocidas”. Guardé el retazo
en mi bolsillo, donde arde y arde
hundido en mi piel como fósforo.
Despierto agitado y silencioso,
hay una luz submarina y un tordo solitario
canta. Tú duermes, el niño duerme,
la ciudad está muerta. Hay zorras en el barrio;
olfatean el aire como cuchillos.
Un halcón rodea Highgate, esperando.
Esta es la vida oculta de Londres. Salvaje.
El cadáver de mi padre fue incinerado hace
tres años,
sus cenizas dispersas. Ahora lo respiro
con el gris aire matinal, dentro y fuera.
Dentro fuera. Mi corazón bombea
invariablemente
sin placer. El aire se satura de ceniza.
Dentro fuera. Estoy frío y desvalido. Su rostro
aún se incrusta tristemente en el mío. Se ve
molesto.
Lo he abandonado, dice. Ahora estoy frío como él.
Frió e indómito. Tendrán que callarme.
(1968)
Nature morte
En las estrechas calles sopla el viento. Se levantan
sombras secas.
El tránsito una voz rota, un corazón claudicante.
Las hojas se descortezan como secretos. Las luces
tiritan
agitadas. Mis pasos no producen sonido alguno.
Enmarcada por una ventana, una naturaleza
muerta.
La oscura madera resplandece. Luz de lámpara
y luz de fuego. Los paños infiltran el ámbar, un
reloj late.
Late. Nadie está aquí. Nadie es. Sólo el viento.
Y en marco plateado, sobre la mesa de un extraño,
el rostro de una muchacha.
Tan extraño como mi propia juventud. Hermosa
boca,
una sonrisa y el trazo de una pena. No puedo
recordar
los nombres, los pechos, los aromas o al hombre
que los vio.
En el marco el rostro está radiante. Me sonríe
a través del cuarto silencioso, hacia la noche.
Fulgura despreocupado. ¿Qué hacía yo?
Se desvanece. ¿Qué he hecho? ¿Qué he perdido?
(1973)
Estival
Luz. Los colores cambian. La luz
filtra a través de las hojas, finas nubes, fino aire,
fina sangre y distancia, siempre distancia.
¿Envejecer es esto? Finura y espacio,
todo se desvanece. Los pesados árboles
se esparcen, esparcen su riqueza:
bermejo y oro en el verde y destellos de flama.
Se desparraman con ambas manos, pródigos,
indolentes, los últimos grandes manirrotos.
Como cabezas peludas
los sauces se comban sobre el estanque
y ondulan y se tambalean.
Las nubes se acumulan hacia el este, un viento
súbito se extiende .
Se avecina un tiempo frío, querida. Los árboles
deshilan su tejido, susurrando “¿a quién
le importa, le importa, le importa?”
Delirantes, cada vez más aturdidos, con las
mentes extraviadas.
Sobre nosotros un peregrino, curvado y tenso
como una
hoja, se desliza en el viento y espera.
Los hermosos espacios son suyos, los veteados
árboles y los campos que oscurecen
disminuyen bajo él, las canas heladas sobre
él mudan.
Un reino vacío y huraño. ¿Qué tenemos?
Tenemos los espacios interiores, oscureciendo,
creciendo,
como un ojo que se dilata con temor,
como un corazón que se rinde.
(1974-1975)
Versiones del inglés de Hermann Bellinghausen.