Incensurable, de Luna Miguel: contra la nueva censura y el pensamiento reaccionario
- Evelina Gil - Sunday, 24 May 2026 02:10
En pleno 2026 se habla cada vez menos de “libertad de expresión”. Como si no hiciera falta invocarla o, más aún, fuera la norma. Desde el preciso instante en que “la libertad” queda sujeta a “condiciones” y se vuelve maleable, cualquier inocente apreciación genera auténticas revueltas mediáticas (“funa”, le dicen), como cuando la cantante Rosalía expresó su aprecio estético por Picasso sin considerar que, en vida, el pintor fue un esposo y amante abusivo, y la rama más infantiloide del “feminismo radical” arremetió contra ella. Para quienes crecimos en medio de una refriega contra la corrección política, ese miedo atávico a palabras distintas a las hoy temidas, la ultracorrección en tiempos de internet se ha convertido en una forma de censura, más sofisticada. Resulta aberrante que literatos “progresistas” (porque hasta las palabras mutan de significado) insistan en “pulir” grandes obras clásicas de adjetivos que actualmente se perciben como “discriminatorios”. ¿Qué pasa con aquellas que, casi en su totalidad, no corresponden con la imposición de esta “nueva moralidad”, que no tolera la exposición de desviaciones o conductas aberrantes, como si éstas no formaran parte de la realidad humana que es, mayormente, de donde se abastece el arte? Luna Miguel pertenece a la generación que inició esta poda expresiva, y por lo mismo resulta fascinante que no se deje arrastrar por la corriente. Que lo haga sin miedo a la “funa”.
Feminista y todo, no se calla que una de las novelas más trascendentes en su formación como narradora es Lolita, de Vladimir Nabokov que es, asimismo, una de las más problemáticas en cuestión de esta, reitero, nueva moralidad que, como siempre que la “moral” marcha por delante, no se arriesga a combatir frontalmente los dilemas, sino que los barre bajo la alfombra. En su más reciente libro, Incensurable (Almadía, México, 2024), Miguel no se restringe a exponernos su amor por esta obra, va mucho más allá al elaborar un “ensayo novelado”, narrado por un alter ego futurista, Lectrice Santos, que tuvo oportunidad de leer, releer y estudiar la citada obra antes de que fuera relegada a un index prohibitorum que, en tiempos tecnologizados, correspondería a algo menos físico que una etiqueta, un depósito o una hoguera. ¿Qué tal “un apagón”? La maestra Lectrice, que debe ser una mujer en sus cincuenta, que conoció libros físicos, alude a un “apagón”, relacionado con la censura de libros, lo que nos permite concluir que las lecturas del momento se efectúan a través de aparatos electrónicos, capaces de modificar obras antiguas e, incluso, bloquear aquellas que resulten incómodas. Pero Lectrice, que conserva pruebas tangibles de la obra de su obsesión, se propone “iniciar” a sus alumnas en el mundo de Lolita, un poco al modo de la profesora iraní Azar Nafisi que hace de la susodicha novela centro de un club de lectura en el espléndido libro Lolita en Teherán, al que Miguel le brinda debida mención. Para Nafisi, con todo y su educación como mujer musulmana, así como para sus alumnas que se retiran los hijabs apenas llegar a su casa y exponen prendas occidentales y cómodas, la obra de Nabokov resulta liberadora… sin importar que, en un resumen bruto, aborde la relación entre un pedófilo y su hijastra de doce años a la cual secuestra.
El ensayo arranca con la doctora Santos exponiendo a un grupo de alumnas selectas la obra de la que sólo han escuchado hablar como una leyenda urbana. Al cabo de un tiempo empiezan las deserciones hasta reducirse a un corro de fieles acólitas en el que la profesora deposita toda su confianza. Existen múltiples razones por las que una obra llega a marcarnos, y el ensayo narrativo es campo fértil para permitir la introducción de circunstancias personales que nos llevan a una lectura en particular, o el importante cambio que se produce dentro de nosotros durante la misma. Una de las cosas que Lectrice afirma haber entendido tras su relectura, tanto de Lolita como de la obra de Nabokov en general, es que nuestra relación con los textos se vincula, inevitablemente, con la que mantenemos con el arte en general, el sexo y la lengua: “Al habernos mirado bien por dentro, podemos explicar en sentido de nuestra angustia, en vez de escandalizarnos por ella”, y cita a la filósofa Anne Dufourmantelle cuando afirma que si una obra de arte escandaliza, es porque inventa lenguajes nuevos. Lo nuevo espanta. La aparente ausencia de censura, pese a estarla sufriendo como nunca, dice Miguel, “no es más que la máscara de una época reaccionaria”.
Más allá del pánico moral
Incensurable es mezcla de muchos asuntos, apasionantes todos. Está la labor de arqueología literaria; la indagación dentro de una misma para explicar (y explicarse) su obsesión por la obra protagónica; las relaciones humanas y eróticas generadas por el gusto y la búsqueda de un significado decisivo de Lolita, la historia del propio Vladimir Nabokov, en la que no puede faltar su fiel esposa Vera y, por si no bastara, una zambullida en el escabroso tema de la pedofilia, dejando de lado el pánico moral que ha impedido determinar con calma y mente abierta posibles causas y soluciones. Sobre esto último Miguel, o Lectrice, hace alusión a un caso literario, pero real, que hace que Lolita palidezca en su calidad de censurable. El caso de Vanessa Springora (1972), que no hace mucho publicó su memoria, El consentimiento, donde expone, paso a paso, no sólo la violación sino, más enfáticamente, el grooming sufrido a manos del escritor Gabriel Matneff, contando ella catorce y él cuarenta y nueve años. Necesariamente, el relato de la víctima resulta más crudo y pornográfico que el del victimario (como en el caso de Christine Angot, que ha escrito sobre su vínculo incestuoso con su padre, también escritor, que empezó a abusar de ella a los catorce), porque el dolor y la indignación soliviantan la nitidez del recuerdo traumático. Springora no fue la única “musa” de Matneff, quien era lo que hoy llamaríamos “un depredador”. Naturalmente, la época es abundante en narraciones que, de ser publicadas actualmente, incurrirían en un tópico criminal, pero no es posible borrar de la literatura asuntos derivados de la realidad/permisividad del momento en que fue redactada. Se alude, asimismo, a la jovencísima esposa de Alain Robbe-Grillet, Catherine, también escritora, sometida, por contrato nupcial, a una serie de humillaciones sexuales. Catherine, por cierto, dedicó su obra novelística a detallar el mundo del BDSM bajo el pseudónimo masculino de Jean de Berg, que al poco modificó a Jeanne.
La literatura es nuestro espejo; distorsionado si se quiere, pero (lamentablemente) fidedigno. Refiriéndose concretamente a Humbert, el metaautor de Lolita, y a lo que ella denomina “amor macho” (el amor narrado desde la perspectiva de los hombres, “la mirada masculina” del “amor”, que es más bien sexo), y sacando a relucir el título de la obra de Miguel anterior a ésta, nos dice Lectrice: “La literatura, sin distancia, es peligrosa; la escritura, sin mediación, se somatiza, y al final leer mata, pues hasta el más listo de los hombres puede quedarse sin aire, enmarañado en sus metáforas” (cursivas mías, Leer mata, Almadía, 2023).
Regresando al caso de Matneff, y un poco como curiosidad, se analiza también cómo el caso de éste incitó a respetabilísimos intelectuales, entre ellos Barthes, Cioran, Sartre y Simone de Beauvoir (la más señalada actualmente, en su calidad de feminista) a firmar, en 1977, una carta para Le Monde exigiendo la despenalización de las relaciones entre menores y adultos, lo cual, por abominable que resulte, nos fuerza a colocar sobre la mesa de disección esa pugna tan contemporánea de separar al creador de la persona y que, por desgracia, ha inclinado la balanza por el juicio sumario al individuo.
Lectrice Santos privilegia la calidad literaria de Lolita sobre lo narrado. El erotismo que de ella emana, como sabemos, se localiza más en la estética nabokoviana que en lo descriptivo. Pero para Lectrice Santos, como para Luna Miguel, el erotismo está íntimamente vinculado a la estética propia e impregna su estudio, pues, además “desea” a sus jóvenes alumnas (aunque no se involucre con ninguna). La obra revela una relación anómala con su padre, tatuador de oficio (no periodista y escritor como el de Luna Miguel, Antonio J. Rodríguez), lo que podría explicar, en cierta medida, otra faceta de su fascinación por la citada novela.
Luna Miguel publicó su primer libro, el poemario Estar enfermo, a los diecinueve años y, pese a su juventud, tiene en su haber una docena de obras, la mayoría en el género ensayístico, aunque ha incursionado en la dramaturgia y en la novela, una de ellas alusiva a la obra que nos ocupa, El funeral de Lolita, y ha participado como actriz en teatro y cine. Se hace hincapié en su participación como “extra” en una película titulada Xconfessions 3, pero la realidad es que Luna se limita a presenciar la filmación de la directora de porno feminista/humanista Erica Lust en calidad de investigadora de campo del territorio del erotismo femenino, que marca de manera importante su escritura.