Cuento / El último día de Melito

- Roberto Bernal - Sunday, 24 May 2026 02:12 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

A la memoria de Sergio Huidobro

Cada vez que visitaba a mi abuela Julia Cebrero me interesaba verificar si el cuarto de mi tío Melito Bernal continuaba igual desde la última vez que entré ahí. Inquietud sin sentido, porque el cuarto no había sufrido ninguna alteración desde el día que lo mataron, y eso ocurrió mucho antes de mi nacimiento. La extrema cautela con la que revisaba cuadernos y libros guardaba relación con que mi abuela nos advirtió a sus nietos que nadie podía entrar en el cuarto. Pero a mí me interesaba cómo esas libretas, con sólo abrirlas, echaban a andar las reflexiones de alguien que, sin importar el paso del tiempo, tenía permanentemente la edad de catorce años, y que, dada la limpieza y la pulcritud con la que estaba doblada su ropa, con el uniforme de secundaria bien planchado, generaba la impresión de que solamente se había ausentado durante la mañana para ir a clases, permitiéndome husmear entre sus cosas, y las letras en los cuadernos construían las horas de estudio en el aula, también en el comedor, seguramente también en el cuarto, con la misma luz que incursionaba en esos momentos en círculos a través de la celosía, intensificando el color verde oliva de la máquina de escribir que nunca me atreví a teclear, porque revelaría mi intrusión en el cuarto. Mi silencio entonces se inundaba con el tono de los apuntes, con las largas frases sin comas, y el sonido de las palabras iban por mi cabeza como el avance de la luz de la mañana sobre las sábanas intachables de la cama.

Mi abuela cocinaba y bebía cerveza desde muy temprano hasta entrada la tarde, con una progresiva alegría en la conversación que contrastaba con la triste quietud de las hamacas en los corredores, y con la infinidad de retratos de mi tío Melito que colgaban en las paredes.

Muchas veces, durante mis caminatas, recreaba cómo fue ese último trayecto de mi tío Melito desde San Luis la Loma hasta San Luis San Pedro, siempre basándome en lo que decían aquellos que tenían disposición para responder a mis preguntas, aunque fueron pocos los testimonios presenciales. La última vez que lo vio su maestro albañil, Marcos Sosa, dijo que lo vio lavarse en el tambo de agua la cara y los cabellos y los brazos salpicados con mezcla de cemento. Cuando ya estaba lejos, me llamó para decirme que recordó que mi tío pidió permiso para llegar tarde porque tenía prácticas en el taller agropecuario.

‒Estaba emocionado porque iba a aprender a cosechar miel ‒dijo.

Los último rayos del sol habían creado una marea naranja en el agua del río cuando mi tío se detuvo a mitad del puente y se sostuvo del pasamanos para escupir al vacío y ver caer su saliva en el agua. Fue en ese momento cuando Amelia Serrano y otras muchachas de la secundaria lo saludaron desde la batea de la camioneta y le dijeron ¡adiós, Melito, adiós!, y él sonrió avergonzado porque su saliva escurría por el mentón.

‒La camioneta se detuvo y se echó de reversa ‒dijo Amelia Serrano‒. Le dijimos ¡súbete, súbete!, pero él dijo que quería ir caminando. Nos reímos cuando le señalamos la baba en la barbilla y él se limpió con la mano y se quedó mirándola.

En realidad mi tío no subió a la batea porque su plan era cenar en el crucero de San Luis San Pedro. Atrás del foco de la taquería todavía clareaba entre palmeras la última luz de la tarde cuando sonaron los primeros disparos. La gente se preguntó si las detonaciones ocurrieron en San Luis la Loma o en el puente. Sonaron más disparos y un auto derrapó frente a ellos, echando polvo sobre la taquería, para después perderse en las calles de San Luis San Pedro. Atrás venía una patrulla, echando balazos. Cuando desapareció detrás del otro auto, la gente volvió a sus asientos, y fue en ese momento cuando vieron a mi tío tirado en el suelo, tratando de tocarse la espalda. Levantaron la playera. Había un pequeño orificio, apenas un punto negro en medio de una hematoma que se había tornado carmesí.

Mi madre recuerda que se fue la luz un poco antes del anochecer, y las velas continuaron encendidas cuando la luz regresó, porque ni ella ni mi padre quisieron estirarse desde la hamaca para soplarlas. Todavía seguían acostados cuando escucharon que Beto Bernal gritó desde la calle que habían matado a mi tío.

Mi padre miró desconcertado a mi madre.

‒¿Qué dijo ese pendejo? ‒preguntó.

Pero Beto Bernal volvió a gritar:

‒¡Tía Julia, tía Julia, mataron a Melito!

Mi abuela soltó un alarido horrible antes de desmayarse.

Mi abuelo Melitón Bernal, tirado en la cama desde hacía semanas, flaco como estaba porque no podía tragar a causa del cáncer en el cuello que padeció y que después lo mató, tomó el machete y fue furioso por el camino del canal, con todos los hijos detrás diciéndole ¡espérese, apá!

Cuando llegaron al crucero, Mi tío todavía trataba de tocarse la parte media de la espalda.

‒Mamacita, me duele ‒dijo.

Después dijo que tenía mucho frío. Después dijo que quería morir en su casa.

Aquí los testimonios difieren. Algunos dijeron que fue mi abuelo quien lo cargó; otros, entre ellos mi madre, afirmaron que fue la gente quien llevó a mi tío Melito a casa; en todo caso, ya estaba muerto cuando cruzaron el puente del canal l

Versión PDF